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Columna

Japón: de la longevidad al suicidio

“Seguramente Colombia no alcance a competir en longevidad con Japón, pero sí podríamos intentar eliminar las ausencias y la violencia intrafamiliar, para que nadie envejezca en abandono...”.

HENRY VERGARA SAGBINI

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Sobrevivientes de bombas atómicas, Hiroshima y Nagasaki (agosto de 1945), donde murieron 246.000 personas; sin embargo Japón logró reponerse a una de las peores tragedias de la humanidad, convirtiéndose en desarrollada nación que actualmente suma 99.763 personas centenarias, proeza de la ciencia médica, alimentación balanceada, hábitos de vida y cultura milenaria que cuida a sus mayores, aunque enfrenta una dolorosa paradoja: 529 suicidios entre niños y adolescentes, y uno se pregunta: ¿Cómo es posible prolongar la vida humana y, simultáneamente malograr niños y jóvenes en la flor de su existencia? Agregaron años a la vida humana sin sumarle vida a los años.

Haría bien a los japoneses escuchar el canto profundo de Mercedes Sossa: “Gracias a la vida que me ha dado tanto. Me dio dos luceros que, cuando los abro, perfecto distingo lo negro del blanco y en el alto cielo, su fondo estrellado, me ha dado el oído en todo su ancho y la voz tierna de mi bien amado”. En Colombia el suicidio varía significativamente según el ciclo vital, concretando el mayor volumen en jóvenes y adultos mayores: cada año alrededor de 3.000 personas recurren al suicidio, 6 a 8 cada día, convirtiéndose en la tercera causa de mortalidad entre los 15 a 29 años, soledad y olvido sus detonantes, obligándonos a replantear la encrucijada de salvar vidas o construir hogares equilibrados donde los ciudadanos sean longevos, pero no invisibles abandonados en esta época del ipso facto y consumismo, ofreciéndole tiempo innegociable a las familias no solo en número de horas, también en calidad de sentimientos a niños, jóvenes y abuelos, con la certeza de que estaremos a su lado cuando la vida se torne dolorosa y de puertas cerradas.

Seguramente Colombia no alcance a competir en longevidad con Japón, pero sí podríamos intentar eliminar las ausencias y la violencia intrafamiliar, para que nadie envejezca en abandono y a ningún niño le castren el derecho fundamental a la sonrisa, jamás vivir y morir sintiéndose invisible, ofreciéndoles tiempo en cantidad y calidad tanto en hogares y escuelas, formando ciudadanos justos y felices. Soñar no cuesta nada: retornar a los afectos quintuplicando espacios para el contacto humanizado, colocándole filtro a los adictivos medios de comunicación, asegurándole a nuestra camada que, cuando la vida se torne lúgubre, los mantendremos a salvo, y si aparecen heridas en el alma, musitándole al oído: “Quédate con nosotros ¡Ni te imaginas cuanto te extrañamos!”, vacuna eficientísima contra la depresión, manteniendo a raya los demonios del suicidio, pues nadie debería marcharse con heridas mortales propiciadas con la daga de la soledad y el abandono.

Japón, cultura milenaria, imparable desarrollo tecnológico, nos enseña a prolongar la vida, Colombia, a pesar de tragedias añejas y cotidianas, rendimos tributos a los afectos. Manos y palabras realizan milagros espantando demonios que acechan en acantilados del suicidio. Haría mucho bien a japoneses y al mundo entero escuchar cada mañana al poeta-cantor, Alberto Cortez, proclamando a los cuatro vientos: “¡Que suerte he tenido de nacer! para estrechar la mano de un amigo y poder asistir, como testigo, al milagro de cada amanecer”.

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