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Columna

La atención secuestrada

Desde que Facebook descubrió cómo la minería de datos tenía el potencial de influir en los procesos democráticos, con pica y pala comenzó la carrera por nuestra información, que aún continúa, y ya nunca cesará.

Miguel A. Montes Curi

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Últimamente me parece inverosímil, por no decir falso, cuando alguien me habla de un suceso sobre el que leyó en un periódico. Es más, ya la frase suena hasta a anacronismo. Está claro que en la gran mayoría de los casos extraemos las noticias directamente de nuestra red social de preferencia. Y es apenas sensato que, si ya estamos revisando constantemente Instagram, Facebook, X o TikTok, en nuestra incesante y desesperada búsqueda de atención, terminemos extrayendo de ahí los acontecimientos del día.

Nos mentimos pensando que es lo mismo que recurrir directamente a los diarios (incluso sus páginas web), que la información más inmediata de los pasquines virtuales es fidedigna, que toda noticia debe ir acompañada de un video (ojalá vergonzoso, violento o chistoso), o que los comentarios de los posts nos darán el contexto suficiente que quedó exento de la descripción de 30 palabras. Nos creemos los más informados porque navegamos superficialmente por decenas de noticias simplificadas al máximo e ignoramos la sesgada y estrecha realidad que nos revelan los algoritmos.

Desde que Facebook descubrió cómo la minería de datos tenía el potencial de influir en los procesos democráticos, con pica y pala comenzó la carrera por nuestra información, que aún continúa, y ya nunca cesará. Nosotros, ingenuos Aurelianos Buendía, nunca nos preguntamos por qué estás plataformas son gratuitas, si nada se regala en esta vida. Lo que la empresa técnicamente denomina «preferencias» es, desde el punto de vista del usuario, una amplificación de sus principales intereses. Una vez te conoce, el algoritmo predice tus gustos, la plataforma moldea tus preferencias y eso luego se traduce en tus comportamientos. Si a Juan le gusta el tenis y su tendencia política es de derecha, solo verá eso. Si a María le gusta el maquillaje y la izquierda, solo tendrá acceso a ese nicho. Juan nunca verá a Iván Cepeda, María nunca verá a Paloma Valencia. ¿Es eso libertad de pensamiento? O al menos, ¿acceso libre a la información?

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