Los resultados de PISA 2025 deberían producir en Colombia algo más que titulares, comparaciones y preocupación durante unos cuantos días. Deberían llevarnos a formular una pregunta mucho más incómoda: ¿qué estamos dispuestos a cambiar para que nuestros niños, niñas y jóvenes realmente aprendan?
Colombia obtuvo 414 puntos en ciencias, 399 en lectura y 381 en matemáticas. Los resultados son estadísticamente similares a los de 2022, de manera que no estamos ante un desplome reciente sino frente a algo quizás más preocupante: un problema estructural que no hemos logrado resolver.
Las cifras más reveladoras no son los puntajes sino los niveles de competencia. Apenas 29 de cada 100 estudiantes colombianos alcanzan el nivel básico de matemáticas; 46 de cada 100 lo consiguen en lectura y 50 de cada 100 en ciencias. En matemáticas, prácticamente ningún estudiante colombiano alcanza los niveles superiores 5 y 6, frente al 8% promedio de la OCDE.
Traducido a lenguaje cotidiano, demasiados jóvenes llegan a los 15 años teniendo dificultades para utilizar lo aprendido ante situaciones relativamente sencillas de la vida real.
Cartagena debe mirar estas cifras con especial atención.
Tenemos razones para reconocer avances. En 2025 el índice total de Saber 11 de la ciudad llegó a 68,3 puntos, frente a 65,8 en 2023, impulsado especialmente por las instituciones oficiales. Ocho de cada diez colegios mejoraron sus resultados. Y en 2025 once estudiantes de colegios oficiales superaron los 400 puntos en Saber 11, cuando en 2024 habían sido cuatro. La tasa de tránsito inmediato de bachilleres a la educación superior en Cartagena subió 1,5 puntos para ubicarse en un 56,1%.
Son logros que merecen reconocimiento.
Pero no deben conducirnos a la complacencia. Cartagena continúa entre las ciudades con resultados educativos más bajos del país, y persisten diferencias importantes entre colegios, sectores y territorios. El 43,9 % de los bachilleres de la ciudad aún no logra ingresas a la educación superior tras graduarse del colegio. La información distrital reconoce desigualdades significativas entre áreas del conocimiento y entre Unidades Comuneras de Gobierno.
Por eso propongo que Cartagena se fije una meta sencilla y movilizadora: que ningún niño o niña termine primaria sin comprender lo que lee y manejar las operaciones matemáticas fundamentales, y que ningún joven llegue a grado 11 arrastrando vacíos esenciales acumulados durante años. Pero la meta debe aspirar a mejorar más allá de un puntaje: educar es ayudar a cada persona a desplegar su inteligencia, su carácter, su libertad y su capacidad de servir. El aprendizaje fundamental es condición de esa libertad.
¿Cómo hacerlo?
Basado en las mejores prácticas globales, lo primero, aplicando diagnósticos breves de lectura y matemáticas al comienzo y durante el año escolar, especialmente en 1.º, 3.º, 5.º, 7.º y 9.º. No para elaborar rankings ni etiquetar estudiantes, sino para conocer mejor a cada uno: sus fortalezas, sus dificultades, su ritmo y las ayudas que necesita. La evaluación debe estar al servicio de la persona, no la persona al servicio de la evaluación.
Segundo, cada estudiante identificado debería recibir una intervención concreta y personalizada: tutoría individual o en pequeño grupo, refuerzo durante varias semanas, conversación con el estudiante y su familia, y posterior comprobación de si efectivamente aprendió. Acompañar es ofrecer a cada uno la ayuda adecuada para que pueda responder personalmente a una exigencia alta y alcanzable.
Tercero, cada institución debería disponer de un pequeño tablero de aprendizaje que responda cinco preguntas: ¿quién necesita apoyo?, ¿en qué competencia?, ¿qué intervención recibe?, ¿quién lo acompaña? y ¿está progresando? Detrás de cada dato hay un nombre, una historia, una familia y una vocación que apenas comienza a descubrirse.
Cuarto, Cartagena debería identificar las instituciones oficiales que, aun atendiendo poblaciones socialmente vulnerables, están consiguiendo resultados extraordinarios, premiarlas y estudiarlas. ¿Qué hacen sus rectores? ¿Cómo enseñan sus profesores? ¿Cómo manejan asistencia, disciplina, familias y refuerzo escolar?
Y después llevar esas prácticas a otros colegios.
El cambio educativo comienza mucho antes y demanda mucho mas que preparar mejor a los jóvenes para contestar PISA o Saber 11. Comienza cuando un maestro o una maestra descubren que un niño de siete años no está aprendiendo a leer y el sistema reacciona de inmediato. Comienza cuando un estudiante de sexto no entiende fracciones y, en lugar de permitir que continúe acumulando vacíos hasta grado once, alguien interviene.
Quizás la gran lección de PISA para Cartagena pueda resumirse en una frase: ningún niño invisible y ningún rezago sin respuesta. Y añadiría otras dos, coherentes con una educación verdaderamente personalizada y con la experiencia de Fundación Geniales: ningún talento sin descubrir y ninguna persona reducida a un puntaje o a una dificultad. Educar supone ayudar a cada estudiante a reconocer sus posibilidades, conectar el esfuerzo con un propósito y formar el carácter que le permita convertir capacidades en decisiones, hábitos y proyecto de vida.
Fuentes de referencia: OCDE PISA 2025; fuentes oficiales de los sistemas educativos citados; Alcaldía de Cartagena, Cartagena Cómo Vamos y El Universal, según corresponda.
