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Columna

Colombia ante el pasillo estrecho

“Quizá haya llegado el momento de superar el falso dilema entre autoridad y libertad, y por fin construir un Estado suficientemente fuerte para protegernos y lo suficientemente limitado para garantizar nuestros derechos y libertades”.

Yezid Carrillo De La Rosa

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Los colombianos hemos oscilado entre concepciones opuestas del Estado. Venimos de un gobierno cuya política de ‘Paz Total’ coincidió con una preocupante expansión de los grupos armados, algunos de los cuales ejercen en poblaciones y territorios la autoridad de facto. En las pasadas elecciones triunfó una propuesta diferente, que prometió recuperar la autoridad, fortalecer la Fuerza Pública y restablecer la presencia estatal.

Los primeros resultados muestran una intensa ofensiva contra esas organizaciones. Ese propósito responde a una función constitucional básica: ningún Estado puede garantizar derechos si carece de capacidad para imponerlos. Lo ocurrido esta semana en Santa Marta lo demuestra dramáticamente. Tras la muerte de alias ‘Cholo’, segundo cabecilla de las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada, la organización respondió decretando un paro armado en toda la ciudad: un poder de facto que decidió quién circula, quién trabaja y quién debe permanecer encerrado.

Es difícil encontrar una imagen más representativa de lo que significa la debilidad del Estado; sin embargo, un Estado fuerte no es sinónimo de autoritarismo. Significa algo más elemental para los ciudadanos: contar con un Estado legítimo capaz de proteger efectivamente sus derechos y libertades; pero justamente allí surge el dilema: ¿qué clase de Estado necesita Colombia?

Daron Acemoglu y James A. Robinson ofrecen, en ‘El pasillo estrecho’, una respuesta sugestiva. Sostienen que la libertad necesita un Estado lo suficientemente fuerte para imponer el derecho, garantizar seguridad y prestar servicios, pero a su vez, lo suficientemente controlado para que no se convierta en su principal amenaza. Retomando el símbolo que Thomas Hobbes usa para el Estado: el Leviatán, distinguen entonces entre el Leviatán ausente, allí donde los poderes de facto sustituyen al Estado; el Leviatán de papel, un Estado con instituciones formalmente existentes, pero absolutamente ineficaces; y el Leviatán despótico, suficientemente poderoso para dominar a una sociedad, que es, a su vez, demasiado débil para contenerlo.

Frente a estos modelos proponen el Leviatán encadenado: un Estado capaz y, simultáneamente, limitado. Sus cadenas se llaman Constitución, jueces independientes, Congreso, derechos fundamentales, prensa libre, oposición y sociedad civil, cuyas funciones no son impedir que el Gobierno gobierne, sino recordarle que su poder tiene límites. Ese justo medio entre la impotencia estatal y el despotismo es lo que Acemoglu y Robinson denominan “el pasillo estrecho”.

Colombia lleva demasiado tiempo intentando superar las consecuencias de un Estado débil, pero abandonar un Leviatán ausente o de papel no debería conducirnos hacia uno despótico. El actual gobierno tiene la oportunidad de fortalecer el Estado; precisamente por eso debe evitar romper sus cadenas.

La libertad solo sobrevive cuando Estado y sociedad se fortalecen simultáneamente: aquel, para protegerla; esta, para vigilarlo. Quizá haya llegado el momento de superar el falso dilema entre autoridad y libertad, y entrar, por fin, en el pasillo estrecho: construir un Estado suficientemente fuerte para protegernos y lo suficientemente limitado para garantizar nuestros derechos y libertades.

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