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Columna

El gato angora (5)

“En el dormitorio del internado todos duermen bajo la modorra de un mediodía preñado de nubes blancas y cambiantes. Menos Fernández y yo...”.

Eduardo García Martínez

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La mujer en la poltrona y el gato sobre el escaparate semejan una pintura antigua. Sus ojos miran infinitos diferentes mientras una vieja canción inunda de amor el aposento: “Cielo, estoy en el cielo/ de modo que difícilmente puedo hablar/ y parece que encuentro la felicidad que busco/ cuando estamos juntos...”. Ella se levanta, sonríe y con paso lento marcha hacia el rincón más apartado de la sala. Es esbelta, blanca cual lirio fresco, pelo revuelto, cuerpo delgado y firme. Coloca de nuevo la canción sobre el tornamesa y regresa danzando como libélula a su poltrona.

Se acomoda en la parte más abullonada, lee un pequeño libro por algunos minutos y luego lo tira con gesto artístico hacia el piso, cubierto con una alfombra azul marino. Posa la vista sobre la lámpara de cristal que cuelga del techo, alto, mudéjar. Está ataviada con una larga bata blanca, de encajes y botones en el centro.

En el dormitorio del internado todos duermen bajo la modorra de un mediodía preñado de nubes blancas y cambiantes. Menos Fernández y yo, que permanecemos con los ojos pegados a los calados, observando la casa del ensueño. “Pronto verás el prodigio. Mira y calla. Todos tenemos nuestros secretos”, dice. Respondo con silencio mientras las imágenes que tengo al frente conmocionan mi cerebro.

La mujer mira el mueble de madera recia que está a un costado de su poltrona, desabotona su bata y hace un chasquido con los dedos de su mano zurda. De inmediato el gato angora se levanta, estira su cuerpo aperezado hacia arriba, camina unos pasos con elegancia y vuela hacia su regazo. Lo toma con delicadeza entre sus brazos, acaricia el estilizado cuerpo lanudo, lo acomoda entre sus senos pequeños y acompasa la canción que endulza el momento: “Mi corazón palpita... difícilmente puedo hablar”. El gato y la mujer se convierten en un solo cuerpo que estremece de emoción. Ella deja ver su intimidad, pequeña ave revestida de azabache que acoge la tupida cola del angora con afectuosa complacencia. El suave roce inicial, guiado con mano experta, aumenta en intensidad a medida que transcurre el tiempo que parece eternizarse. Los muslos vigorosos convocados al festín aprisionan al invitado con ternura, mientras la mujer se va perdiendo en los dulces senderos de su solitaria y ardiente concupiscencia. Llega el éxtasis con cambiantes contorsiones. Libélula trasformada en vampiresa, entra en los universos tornasolados de la plenitud. Dichosa, se abandona por completo para que el gato angora se engolosine en la ambrosía de su panal fresco y lechoso. (Final).

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