Hoy quiero darle Gracias a Dios por su amor infinito. Es el regalo más grande que recibimos y creo que es de justicia reconocerlo e invitar a todos a abrir el corazón para recibirlo con la ayuda de su gracia. Son tantas las razones de gratitud que no alcanzan las palabras.
Nos hizo a su imagen y semejanza; nos dio un cuerpo, alma y espíritu; nos dotó de inteligencia, voluntad, memoria, sentimientos. Nos regaló la libertad para aprender a elegir el bien y amar. Nos confió un mundo maravilloso para cuidarlo y transformarlo con nuestro trabajo. Nos regaló una familia y una historia única.
A lo largo de la historia nos ha mostrado el camino. Llamó a Abraham, nos habló por medio de los profetas y, nos envió a su propio Hijo Jesús, quien compartió nuestra vida, nos enseñó a amar y se entregó por nosotros. Con su obediencia hasta la cruz nos abrió el camino hacia el Padre.
Su amor de Padre nos acompaña desde el comienzo de la vida: “Tú me has tejido en el seno materno” *. Somos su obra y sigue buscándonos, aun cuando nos alejamos de Él. Por medio del Espíritu Santo nos ofrece en los sacramentos de la Iglesia, su perdón, su misericordia y la fuerza para recomenzar. También vemos su acción en los santos y en personas corrientes que, al acoger su amor, se convierten en instrumentos de bien.
Ante el sufrimiento, nos invita a unirlo al de Cristo para que tenga valor redentor. Ante la maldad, nos anima a responder con el bien. Sana nuestras heridas y nos invita siempre a cambiar nuestros males por las virtudes contrarias. Necesitamos abrirle el corazón y dejar que su amor oriente nuestras decisiones y podamos discernir nuestros pensamientos, sentimientos, acciones y omisiones, que pueden estar influidos por nuestras debilidades, las modas del mundo o el maligno.
Dios nos invita a participar del Reino de los cielos y nos permite experimentar desde ahora algo de la alegría de su Reino. Ese gozo nos compromete con nuestra familia, con quienes sufren y con la sociedad que ayudamos a construir cada día. Dios cuenta con nuestras manos, palabras y trabajo para llevar su amor a los demás.
San Pablo nos recuerda lo grande que es el amor de Dios, que nada puede abarcarlo, y que nada “podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús”*. Nos invita a vivir unidos en el amor, buscar también el bien de los otros y tener los sentimientos de Cristo Jesús. Él, siendo de condición divina, se hizo servidor y se humilló por amor hasta la muerte en cruz.
Seguro encontrarás muchas más razones para agradecer y acoger el amor de Dios. “El Señor enseña sus caminos a los humildes”. Que nos regale la humildad para recibir y agradecer su amor.
Sal 139,13; Rm 8,38-39; Flp 2,1-11; Sal 24.
