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Columna

Ciclos

“La historia ofrece pruebas de sobra, porque terminaron imperios que parecían eternos, cayeron regímenes que se creían invencibles y se apagaron liderazgos cuya sola presencia movía multitudes...”.

Enrique Del Río González

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La vida está hecha de ciclos que se repiten, aunque cada generación crea estar estrenando el mundo, pues nacemos, crecemos, ocupamos por un tiempo algún lugar y al final dejamos espacio para que otros recorran una ruta parecida. Sísifo lo sabía mejor que nadie, condenado a empujar una enorme piedra hasta la cima para verla caer y comenzar otra vez, aunque nosotros solemos olvidar esa imagen justo cuando sentimos que una posición, una fortuna o un reconocimiento durarán para siempre.

El poder también cumple su ciclo y quizá por eso resulta ser un gran ejemplo, porque mientras está en su punto más alto parece sólido, atrae miradas y hace creer a quien lo ejerce que todo cuanto lo rodea le pertenece, pero basta un cambio de gobierno, una elección, un relevo institucional o un giro de la fortuna para que el escenario quede vacío. La sabiduría popular lo resume sin ceremonias al recordar que no hay chorro que no termine en gota, una verdad incómoda para quienes confunden la silla con su propio tamaño y descubren demasiado tarde que el cargo tenía más amigos que ellos.

Apenas alguien recibe una cuota de poder aparecen invitaciones, almuerzos, llamadas afectuosas y saludos que antes no existían, mientras a su alrededor crece esa fauna de sapos y lagartos que domina el arte de adivinar quién puede repartir favores. Se acercan con entusiasmo, celebran cualquier ocurrencia y juran una lealtad que parece inquebrantable, pero cuando el ciclo termina desaparecen con la misma rapidez, ya que nunca persiguieron al ser humano, sus afectos o su esencia, sino la firma, la influencia y la posibilidad de obtener algo.

Quien ha visto pasar varios directores, alcaldes, ministros o presidentes reconoce esa escena sin dificultad, pues cambian los nombres y los despachos, aunque la procesión de aduladores conserva los mismos gestos y hasta las mismas frases. Por eso ejercer una función con empatía y sentido del bien común no es solo una obligación ética, sino también una forma de atravesar con dignidad el inevitable ‘día después’, cuando ya no quedan escoltas ni antesalas y se descubre cuáles relaciones nacieron del respeto, cuáles del afecto y cuáles apenas estaban alquiladas por el poder.

La historia ofrece pruebas de sobra, porque terminaron imperios que parecían eternos, cayeron regímenes que se creían invencibles y se apagaron liderazgos cuya sola presencia movía multitudes, de manera que ningún poder local, por ruidoso que sea, debería sentirse a salvo de la rueda del tiempo. No se trata de mirar esa caída con nostalgia ni de esperar con resentimiento el turno de otros, sino de aceptar un hecho sencillo que siempre ha ocurrido y seguirá ocurriendo, pues todo poder pasa, los lagartos buscan otra sombra y la piedra vuelve al comienzo, así que conviene recordar la fórmula de mi abuelo y tener paciencia y... mucha resistencia.

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