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“Quizás este sea el momento de preguntarnos qué pasaría si esa solidaridad que hoy moviliza ayudas se convirtiera en una forma permanente de relacionarnos...”.

Elsy Domínguez De La Ossa

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En medio de la incertidumbre, el dolor y las pérdidas que han dejado los recientes desastres naturales en distintas regiones de Colombia, también ha emergido la imagen de miles de personas tendiendo la mano a quienes más lo necesitan. Más allá de las cifras, los daños materiales o las noticias que ocupan los titulares, hemos sido testigos de algo profundamente humano: la solidaridad.

Desde la psicología y, particularmente, desde el enfoque psicosocial, sabemos que los desastres no solo afectan viviendas, carreteras o cultivos. También impactan los proyectos de vida, la sensación de seguridad, las relaciones familiares y el bienestar emocional de las comunidades. Sin embargo, la investigación en psicología de los desastres ha demostrado que la recuperación no depende únicamente de la atención de los síntomas psicológicos, sino de la capacidad de las personas para reconstruir vínculos, fortalecer redes de apoyo y recuperar la esperanza colectiva. Stevan E. Hobfoll, psicólogo e investigador estadounidense, afirma que promover la conexión social, la confianza y la esperanza son elementos esenciales para la recuperación después de una tragedia.

Por eso resulta significativo observar cómo, en los momentos más difíciles, aparecen iniciativas espontáneas de ayuda, campañas de donaciones, voluntariados, gestos de vecindad y expresiones de empatía. Estas acciones no son simples actos de buena voluntad. Constituyen factores protectores que disminuyen el impacto emocional del desastre y fortalecen la resiliencia individual y comunitaria.

En un país que durante años ha estado marcado por la polarización, los conflictos y las profundas diferencias sociales y políticas, estos acontecimientos también nos dejan una lección. Cuando el sufrimiento toca la puerta de una comunidad, desaparecen por un instante las etiquetas que nos separan y emerge el reconocimiento del otro como ser humano.

Quizás este sea el momento de preguntarnos qué pasaría si esa solidaridad que hoy moviliza ayudas se convirtiera en una forma permanente de relacionarnos y si fuéramos capaces de llevar esa sensibilidad a la vida cotidiana, a las redes sociales, a los debates públicos y a nuestras comunidades.

Los desastres ponen a prueba nuestra vulnerabilidad, pero también revelan nuestras fortalezas. Hoy Colombia no solo necesita reconstruir caminos, viviendas y territorios, también la confianza. Que esta tragedia nos recuerde que somos más que nuestras diferencias y que, cuando nos unimos alrededor del cuidado mutuo, sale a flote la calidad humana como una de las mayores riquezas de nuestra nación.

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.

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