Columna

El cinismo del poder y el simulacro de lo popular

“Si no detenemos la arrogancia de imponer una sola voz y nos negamos a escuchar los silencios de los excluidos, habremos cedido el derecho a nuestra propia historia”.

MARTHA AMOR OLAYA

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La reciente renuncia de Bruce Mac Master a la presidencia de la ANDI, empujado por presiones indebidas del Ejecutivo es el síntoma de un problema estructural. Cuando el poder del Estado se desvía de su función institucional para convertirse en un garrote de venganzas personales, la democracia se desdibuja. Lo lamentable es que este autoritarismo persecutorio contra los detractores, lejos de ser un fenómeno exclusivo de las altas esferas centralistas, también se da en los escenarios locales, revelando un modus operandi donde el disenso en lugar de debatirse se castiga, y se fija un modelo autoritario donde todos obedecen y se callan, y el que no lo hace, se atiene a consecuencias injustas y desproporcionadas.

Slavoj Žižek ha insistido en que el capitalismo tardío ya no necesita convencer al ciudadano, sino imponer un cinismo institucional donde los poderosos actúan con desparpajo. Esta lógica se ve todos los días en las noticias, provengan de donde sea, y en lo local se vio reflejada nítidamente en las declaraciones sobre el desfile náutico: “Si hay para el whisky, hay para el hielo”. Detrás de la aparente ligereza del refrán hay una perversión política. El mandatario minimiza la preocupación por el costo descontrolado en el alquiler de embarcaciones, cuando las Fiestas de Independencia se financian con recursos públicos. Al privilegiar el acceso del turista de alto poder adquisitivo, el sistema gubernamental expropia el espacio público y lo mercantiliza, vaciando a unas festividades populares de su sentido identitario, local y colectivo. Lo real traumático, en términos lacanianos, es que la fiesta del pueblo ha sido secuestrada para convertirse en un parque temático para élites.

Esta misma maquinaria de asimilación opera en la cultura pop. El reciente lanzamiento del sencillo ‘Compa Coleto’, de Aria Vega, ha desatado una discusión pública por el mal uso de la palabra ‘coleto’. Siguiendo a Žižek, el sistema es experto en neutralizar la resistencia mediante la mercantilización de la otredad. La incomodidad y resistencia que ha generado la utilización del término en la canción radican en que se instrumentaliza el lenguaje urbano y los cuerpos de los sectores históricamente excluidos, para transformarlos en estética de consumo masivo, como lo fue en su momento el ‘costeñita core’. El sistema permite y explota esta apropiación porque despoja al término de su carga de marginalidad y conflicto de clase, haciendo todo más difícil para quienes verdaderamente habitan la exclusión cotidiana.

En ambos frentes, el político y el cultural, y en la sociedad en general, padecemos la misma patología. Convertimos la identidad y los derechos en bienes de consumo privados. Como sociedad, no nos podemos permitir validar este ‘sálvese quien pueda’, donde el poderoso asfixia al crítico y el mercado devora lo comunitario. Como bien advierte Byung-Chul Han, vivimos en la sociedad del cansancio y del hiperindividualismo, un entorno donde el ego desmedido nos impide construir una comunidad real. Si no detenemos la arrogancia de imponer una sola voz y nos negamos a escuchar los silencios de los excluidos, habremos cedido el derecho a nuestra propia historia.

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