Hay virtudes cuya desaparición produce escándalo. Cuando en una sociedad reinan la deshonestidad o la injusticia, denunciamos inmediatamente su presencia. Otras, en cambio, se marchan silenciosamente. Un día descubrimos que ya no forman parte de nuestros ideales, ni siquiera de nuestro lenguaje. Es lo que parece haber ocurrido con una vieja virtud política: la moderación.
Durante siglos, la moderación fue considerada indispensable para el buen gobierno. Desde Aristóteles hasta Montesquieu, y desde Madison hasta el constitucionalismo contemporáneo, distintas tradiciones comprendieron que una comunidad política libre necesita contener tanto los excesos del gobierno como de las pasiones. Comprendieron, además, que las sociedades podían ser destruidas no solamente por un enemigo externo, sino, también, por ciudadanos absolutamente convencidos de tener razón.
Hoy parecemos fomentar exactamente lo contrario. Vivimos una época enamorada de las certezas incuestionables. Nos seducen los liderazgos fuertes que parecen no dudar nunca y los discursos maximalistas que ofrecen soluciones simples para problemas complejos. Sumado a lo anterior, las redes sociales convirtieron la indignación en espectáculo y las campañas descubrieron que movilizar emocionalmente a los propios, puede resultar más eficaz que persuadir a los otros.
Basta mirar la intensa confrontación política e institucional por la que atraviesan Estados Unidos, Europa, América Latina o Colombia, donde cambió el gobierno y la ideología, pero buena parte de nuestra conversación pública continúa organizada alrededor de la misma lógica: los unos contra los otros. Las redes sociales hacen el resto. Cada controversia encuentra rápidamente culpables, traidores, fascistas, comunistas o enemigos de la patria.
Al moderado lo llamamos tibio. Conviene aclarar esto: la moderación no es una ideología, no supone renunciar a principios políticos ni equivale a situarse electoralmente en un punto equidistante entre izquierda y derecha. Es una virtud republicana con tres fundamentos. El primero es gnoseológico: somos falibles y debemos admitir la posibilidad de estar equivocados. El segundo es ético: quien piensa diferente conserva igual dignidad y no se convierte por ello en enemigo. El tercero es institucional: precisamente porque ningún gobernante, partido o mayoría posee toda la verdad, el poder necesita límites.
En consecuencia, si somos falibles, necesitamos escuchar; si ningún partido representa a toda la sociedad, necesitamos pluralismo; si ninguna mayoría posee toda la verdad, necesitamos oposición; y si ningún gobernante encarna toda la virtud, necesitamos sea controlado.
La democracia constitucional convirtió esa desconfianza en instituciones. Separación de poderes, jueces independientes, oposición y prensa libre expresan una misma intuición: somos demasiado falibles para entregar a alguien toda la autoridad, toda la razón y toda la virtud.
Colombia necesita recuperar esa tradición. La polarización no desaparecerá suprimiendo los desacuerdos: una sociedad plural siempre estará atravesada por ellos. El desafío consiste en impedir que se transformen en discrepancia irreconciliable; porque las democracias no comienzan a deteriorarse cuando sus ciudadanos discuten apasionadamente, sino cuando dejamos de tener adversarios con quiénes discutir y empezamos a necesitar enemigos a quiénes derrotar o aniquilar.
*Profesor Universitario.

