Hay personas a las que buscamos solo cuando necesitamos algo, porque conocen a alguien, pueden conseguirnos un puesto o tienen cómo sacarnos de un apuro y, a veces, lo que llamamos cercanía es apenas una forma amable de mantener disponible a quien nos resulta útil, sin preguntarnos qué siente, qué le preocupa o cuánto le está costando sostenernos.
Un fusible protege un circuito cuando la corriente supera ciertos límites, pues su elemento se funde e interrumpe el paso de la electricidad para evitar daños mayores, de modo que, una vez cumplida esa función, se reemplaza por otro y todo sigue andando, una solución razonable para los aparatos que se vuelve cruel cuando trasladamos esa lógica a las relaciones humanas y aceptamos que alguien se desgaste o se rompa para que los demás sigan intactos.
Así funciona una sociedad fusible, donde el sacrificio del otro entra en los cálculos como si fuera un costo menor, mientras se preservan un negocio, una posición o una estrategia que alguien decidió considerar más importantes que la persona puesta a responder por ellos. En este tipo de sociedades los otros son ‘cosas’ que utilizamos y sacrificamos cuando ya no sirven.

La lección de Adenauer para América Latina
Miguel Eduardo ArenasLo vemos en el empleado que carga los errores de sus superiores, en quien entrega años de trabajo y descubre, al enfermarse, que su lugar ya tiene reemplazo y también en gestos menos visibles, cuando dejamos de llamar a alguien porque perdió el cargo, cuando una amistad se enfría porque ya no abre puertas o cuando confundimos la lealtad con la obligación de aguantarlo todo, incluso aquello que nosotros no estaríamos dispuestos a soportar.
Detrás de esas conductas hay una manera de mirar qué reduce al otro a lo que puede dar, como si sus sentimientos, su historia y su vida espiritual fueran detalles sin importancia frente al servicio que presta, y así vamos haciendo fungibles las relaciones, tratando a las personas como piezas intercambiables cuya ausencia se resuelve buscando a otra que haga lo mismo, sin detenernos en la diferencia entre reemplazar una función y desconocer a quien la cumplía.
Necesitamos unos de otros y sería absurdo sospechar de toda ayuda o de cualquier interés compartido, pero una cosa es construir una relación en la que ambos cuentan y otra muy distinta es conservar a alguien mientras sirve, exigirle hasta agotarlo por completo y después apartarlo como quien cambia una pieza dañada, porque allí la gratitud se acaba justo donde empieza la necesidad del otro.
Tal vez la prueba más honesta esté en lo que hacemos cuando esa persona ya no puede ofrecernos nada, cuando deja de tener influencia, dinero o fuerzas para resolver nuestros problemas, pues si en ese momento desaparecemos, tendremos que reconocer que no estábamos a su lado, sino aprovechando su lugar en el circuito y que aquello que defendíamos al dejarla quemarse no era un fin superior, sino nuestra propia comodidad.
*Abogado.
