Cada mañana me despierto con la misma duda punzante: ¿será que a Colombia sí la compone alguien? A veces me cuestiono si soy demasiado romántica o ingenua al albergar el anhelo de un vuelco definitivo. Sin embargo, mi deseo de que las cosas cambien se empeña en desafiar la corriente, alimentando una ilusión creciente que se niega a claudicar. Me lo pregunto suspendida entre el desamparo de la realidad y la terca esperanza que compartimos tantos colombianos que aún nos resistimos a tirar la toalla. El reciente encuentro con William Ospina en el Festival Internacional del Libro del Tolima reavivó en mi interior una certeza profunda. Al evocar el impacto de su ensayo ‘Los románticos y el futuro’, obra imprescindible que compartí con mis alumnos de Filosofía, coincidimos en que sus tesis adquieren una vigencia estremecedora.
Ospina nos recuerda que el romanticismo no fue una simple escuela literaria, sino una actitud vital frente a la frialdad del racionalismo extremo y del positivismo utilitario que hoy asfixia al planeta. El mundo actual atraviesa un desajuste ético. Frente a esta realidad, los escritores tenemos la responsabilidad moral de rescatar la emoción, la espiritualidad y la pasión para seguir tocando el corazón de la humanidad, buscando conmover y sacudir las conciencias frente a la deshumanización técnica. Esta tarea requiere que los intelectuales dejen de lado el sectarismo político y el egocentrismo ideológico. Debemos ser objetivos con la realidad. Ningún pensador posee la verdad absoluta; el mundo es plural. El compromiso radica en ejercer una crítica asertiva que invite a la lectura y al análisis, lejos de la arrogancia de sentirnos superiores.
José Ortega y Gasset, ‘Yo soy yo y mi circunstancia’, adquiere una dimensión ética, salvar la circunstancia significa asumir el compromiso directo de transformar, de forma activa, nuestro entorno, desafiando la pasividad que el sistema nos impone. En una época de verdades a medias, rescatar la veracidad es la única vía para reconstruir los lazos sociales y devolver la confianza a las palabras. Buscamos la paz, pero cabe preguntarnos ¿de qué paz estamos hablando? La paz genuina no es la simple ausencia de conflicto; es una edificación cimentada en una escala de valores fundamentales que hoy se desmorona. Al extraviar las normas y la empatía, la paz se convierte en un concepto vacío. Escribir hoy es encender una llama en la penumbra. Inspirados en el aliento romántico que desafía al porvenir, debemos devolverle el alma a la palabra para que vuelva a ser herida, canto y trinchera. El arte despertará las conciencias dormidas y tejerá los lazos rotos de la empatía. Solo cuando el verbo recupere su sagrada veracidad, la paz dejará de ser una utopía.
*Escritora.
