Aspirar al Reino de los Cielos es vivir a plenitud la vida presente, buscando en todo la voluntad de Dios, la verdad, el bien y el amor. Jesús vino a derrotar a la mentira, al mal, a la muerte, y con su amor entregado por nosotros, nos devolvió la posibilidad de una vida con sentido pleno y eterna.
Un maestro de la ley le preguntó a Jesús qué debía hacer para heredar la vida eterna. Jesús le regresó la pregunta y lo puso a reflexionar en qué decían las escrituras, a lo que recordó el mandamiento de amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas y con toda la mente, y al prójimo como a uno mismo. Jesús confirmó que había respondido bien y lo invitó a ponerlo en práctica. También le enseña que quien actúa como prójimo es aquel que se compadece, se compromete y ayuda con su entrega y obras concretas a los demás.
El Reino de los Cielos se empieza a vivir desde este mundo cuando vamos aprendiendo del amor de Dios, nos llenamos de Él y lo compartimos con los demás.
Cada vez que alguien vuelve su corazón a Dios, acoge su perdón y luego perdona a su hermano, liberándose del rencor, se abre a la vida del Reino de los Cielos. Alguien que se compadece de un necesitado porque ve en él el rostro de Jesús, también empieza a vivir el Reino. Cada vez que alguien se arrepiente y vuelve su corazón a Dios, hay fiesta en el cielo, nos dijo Jesús.
También nos dijo que debemos hacernos como niños para entrar en el Reino de los Cielos. La confianza, la pureza, la alegría, la sencillez y la acogida son características de quienes lo reciben.
San Pablo nos dice que ni el ojo vio ni el oído escuchó lo que Dios tiene preparado para quienes lo aman. Con esa fe, podía expresar su deseo de partir para estar con Cristo, aunque reconocía que seguir viviendo era necesario para continuar sirviendo a los demás.
Isaías anuncia que Dios preparará un festín, destruirá la muerte para siempre y borrará las lágrimas de todos los rostros. Jesús nos relata una parábola en la que un rey invita a celebrar las bodas de su hijo. La invitación se extiende a todos, malos y buenos, pero se espera que los invitados lleven vestido de fiesta. Ese vestido representa la gracia de Dios que acogemos al responder a su invitación y dejarnos transformar el corazón por la verdad, el bien, la justicia y el amor que Él nos ofrece.
Que no desatendamos esa gran invitación que nos hace Dios a participar del banquete de su Hijo. En la Eucaristía pregustamos esa comunión y en los demás sacramentos recibimos la gracia que nos prepara para la gran boda en la vida celestial, donde, si somos dignos, viviremos eternamente en su presencia, con felicidad y armonía, junto con todos los ángeles y santos del cielo.
(Cf. 1 Co 2,9; Flp 1,23-24; Ls 25, 6-10; Mt 22, 1-10).
*Economista, orientadora familiar y coach personal y empresarial.
