Hay dolores que ninguna mujer debería conocer y miedos que ninguna persona tendría que cargar, mucho menos cuando ha llegado a una etapa de la vida en la que merece tranquilidad, respeto y cuidado. Los casos de mujeres mayores víctimas de presuntos abusos sexuales, conocidos en los últimos días, nos recuerdan una verdad que duele. Ni los años de una mujer la protegen de la violencia ni toda una vida de esfuerzos le garantiza la seguridad que merece. No hay edad para perder la dignidad, pero tampoco debería existir una edad en la que una mujer tenga que temer por ella.
Las cifras de Medicina Legal son una llamada de atención que no podemos ignorar. Entre enero y julio de 2026, se practicaron 92 exámenes médico-legales por presuntos delitos sexuales contra personas mayores de 60 años en Colombia, frente a 70 durante el mismo periodo de 2025. Son 22 valoraciones más, un incremento del 31,43 %. De esas 92 personas examinadas, 81 eran mujeres, es decir, cerca del 88 % de los casos registrados. Casi nueve de cada diez víctimas valoradas por esta causa eran mujeres mayores. Detrás de cada cifra hay una historia, una persona y una dignidad que merece ser protegida. Son datos que nos obligan a mirar una realidad que no puede seguir escondida detrás de la indiferencia.
Y el panorama es todavía más doloroso cuando se observa la violencia que afecta a esta población en otros ámbitos. Medicina Legal registró 7.467 exámenes por lesiones no fatales contra personas mayores de 60 años durante esos siete meses. Dentro de ese balance aparecen 3.207 casos de violencia interpersonal, 1.718 de violencia intrafamiliar y 648 valoraciones relacionadas con violencia de pareja. En esta última categoría, 466 de las víctimas fueron mujeres. No estamos hablando de hechos aislados que puedan despacharse con una expresión de indignación pasajera. Estamos ante una realidad que exige prevención, protección efectiva y una sociedad dispuesta a dejar de mirar hacia otro lado. Estas cifras corresponden a valoraciones médico-legales y no representan necesariamente la totalidad de los hechos ocurridos, pues no todas las agresiones llegan a conocimiento de las autoridades.
Cuesta imaginar el miedo de una mujer que ha llegado a la vejez y que, en lugar de encontrar seguridad, se encuentra con la violencia. Una mujer que quizá dedicó décadas a cuidar de sus hijos, a sacar adelante una familia, a trabajar en silencio y a resolver los problemas de todos, y que ahora debería poder vivir con la serenidad de quien ya ha entregado tanto. Ninguna historia de vida, ninguna edad y ninguna circunstancia pueden justificar que alguien atente contra su cuerpo, su voluntad o su dignidad.
La dignidad de una mujer no caduca con los años. Su cuerpo no deja de merecer respeto, su voz no pierde valor y su derecho a vivir sin miedo no disminuye con la edad. Parece una verdad elemental, pero los hechos nos recuerdan que todavía tenemos mucho que aprender sobre el respeto, los límites y la humanidad. Envejecer no significa volverse invisible, perder autonomía ni renunciar al derecho de decidir sobre la propia vida. Mucho menos significa quedar expuesta a quienes confunden la vulnerabilidad con una oportunidad para hacer daño.
Y ese cuidado no puede limitarse a nuestras madres o nuestras abuelas. No podemos indignarnos únicamente cuando la víctima lleva nuestro apellido, cuando conocemos su historia o cuando logramos imaginarla sentada a la mesa de nuestra casa. La dignidad humana no depende del parentesco. Cada mujer merece la misma protección, la misma consideración y la misma oportunidad de ser escuchada. La solidaridad pierde su sentido cuando solo nos conmueve aquello que nos toca de cerca.
Como sociedad, necesitamos recuperar algo que parece sencillo, pero que a veces olvidamos, mirar al otro con humanidad. Preguntarnos si estamos pendientes de quienes viven solos, si escuchamos de verdad a las mujeres mayores que nos rodean, si les creemos cuando expresan temor o incomodidad y si estamos dispuestos a actuar responsablemente cuando sospechamos que algo no está bien. No se trata de convertir el miedo en una forma de vida, sino de construir entornos en los que ninguna mujer tenga que sentirse desprotegida. También necesitamos instituciones capaces de responder con diligencia, investigaciones rigurosas, atención digna y mecanismos efectivos para prevenir nuevas agresiones.
Debemos entender, además, que acompañar a una víctima exige sensibilidad y responsabilidad. No convertir su dolor en espectáculo, no buscar detalles que no necesitamos conocer, no poner en duda su dignidad ni hacerla cargar con la vergüenza de lo que otra persona pudo haberle hecho. La vergüenza jamás debe recaer sobre quien sufre la violencia. La respuesta debe ser escuchar, proteger, investigar con rigor y garantizar que la justicia actúe. Ninguna mujer debería tener que soportar, además del dolor de una agresión, la indiferencia de quienes debieron tenderle la mano.
A las mujeres que han vivido estas experiencias les debemos respeto, escucha y justicia. No necesitan que las convirtamos en símbolos de sufrimiento ni que hablemos por ellas sin conocer sus historias. Necesitan que su voz sea tomada en serio, que sus derechos sean protegidos y que ninguna circunstancia se utilice para restar importancia a lo ocurrido. La edad no puede convertirse en una razón para dudar de ellas, minimizar su sufrimiento o relegarlas al olvido.
Y a quienes todavía tenemos la oportunidad de cuidar, nos corresponde entender que los pequeños gestos también pueden proteger una vida. Una llamada, una visita, una conversación sin afanes, la disposición de escuchar y la valentía de actuar cuando algo nos preocupa pueden marcar una diferencia enorme. A veces creemos que cuidar es estar presentes en los grandes momentos, cuando también significa prestar atención a lo que alguien no se atreve a decir. Significa no dejar sola a una persona que necesita compañía y comprender que el afecto también se demuestra estando pendientes, preguntando, escuchando y protegiendo.
Hay mujeres que han pasado la vida cuidando de todos. Han sido madres, abuelas, hermanas, compañeras y amigas. Han sostenido hogares, secado lágrimas, acompañado enfermedades y encontrado fuerzas incluso cuando la vida les ha puesto las pruebas más difíciles. Muchas han renunciado a sus propios sueños para ayudar a cumplir los de otros. Ahora, cuando merecen recoger los frutos de tantos años de entrega, lo mínimo que debemos garantizarles es una vida tranquila, rodeada de respeto, afecto y seguridad.
Pensemos por un momento en nuestras madres y abuelas, en sus manos marcadas por los años, en sus historias, en sus sacrificios y en todo aquello que hicieron por nosotros cuando todavía no sabíamos cuánto significaba su presencia. Pensemos en el miedo que sentiríamos si alguien les arrebatara la tranquilidad, si una de ellas tuviera que enfrentar una agresión y, además, guardar silencio por vergüenza o temor. Ninguna mujer debería vivir ese dolor. Ninguna debería sentir que, después de una vida entera, el mundo le ha dado la espalda.
No podemos devolverles los años que dedicaron a cuidar de nosotros, pero sí podemos hacer que los años que les quedan estén llenos de cuidado. No podemos borrar todas las heridas que deja la violencia, pero podemos impedir que la indiferencia las haga más profundas. Y no podemos conformarnos con lamentar estas historias cada vez que aparecen en las noticias, porque la verdadera solidaridad comienza cuando el dolor deja de ser una noticia y se convierte en una responsabilidad.
Que ninguna mujer llegue al final de su vida sintiendo miedo de vivirla. Que ninguna madre tenga que pedir protección cuando debería recibir cuidado. Que ninguna abuela tenga que guardar silencio cuando merece ser escuchada. Y que nunca olvidemos que, detrás de cada mujer mayor, hay una vida entera de esfuerzos, amores y sacrificios que merece respeto. Porque ellas ya han entregado demasiado al mundo como para que el mundo les responda con violencia. Lo mínimo que les debemos es la tranquilidad de sentirse seguras, el abrazo de saberse acompañadas y la certeza de que jamás estarán solas.

