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Columna

Cortesía

“Tal vez por eso convenga defender la cortesía como resistencia, saludar no resuelve la violencia, pero se opone a tratar a los demás como cosa...”.

Enrique Del Río González

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Hay situaciones que nos ayudan a concluir que un gesto sencillo, para bien o para mal, puede cambiarle el día a otra persona. A veces basta un saludo, una sonrisa, alguien que se detiene a preguntar si el otro necesita ayuda, detalles pequeños, casi imperceptibles, pero capaces de decir mucho sobre la manera en que nos relacionamos con los demás. Pero, también es común notar el lado contrario, o sea, personas ensimismadas, atrapadas en su propio afán, que avanzan sin mirar alrededor y, muchas veces, sin detenerse siquiera a reconocer al otro.

Y no hablo de quien atraviesa un mal día, lleva un problema o responde mal porque está distraído, me refiero a quienes han hecho del desprecio una conducta habitual, a los que parecen sentirse más importantes cuando ignoran a alguien y dejan un saludo en el aire; cuando esa actitud se vuelve costumbre, ya no estamos ante una falta de educación, sino ante una forma negativa de relacionarnos que alimenta la sociedad de odios, como si reconocer al otro implicara rebajarse.

Lo extraño es que el comportamiento no se limita a la calle, también aparece en reuniones y eventos donde uno se encuentra con conocidos con quienes ha conversado, pero que actúan como si jamás hubieran oído nuestro nombre y, por supuesto, no se trata de exigir intimidad ni de obligar a nadie a ser amigo de todo el mundo, sino apenas de admitir que el otro existe, por eso desconcierta que alguien finja no habernos visto aun cuando la realidad es que sí nos reconoce.

En criminología se ha hablado de la otredad para explicar cómo una persona deja de mirar a otra como semejante y empieza a verla como cosa, alguien que puede ser usado o apartado, pero quizá hemos llegado más allá, porque ya no solo convertimos al otro en objeto, ahora lo volvemos invisible, basta con pasar junto a alguien conocido y comportarse como si fuera transparente.

Las redes sociales han ayudado a fabricar esa ilusión, allí parece admirable contar con miles de seguidores, pero no seguir a tantos, porque se celebra ser admirado, aunque uno no mire a nadie, dando a entender que la popularidad se mide en cifras y la reciprocidad termina siendo una molestia, así confundimos la atención con el vínculo y el reconocimiento con la superioridad, mientras la vida se convierte en competencia de egos.

Tal vez por eso convenga defender la cortesía como resistencia, saludar no resuelve la violencia, pero se opone a tratar a los demás como cosa, gestos tan simples como una sonrisa, devolver una palabra, sostener la mirada o recordar a quien conocemos son actos modestos que restituyen la bondad; me niego a creer que existe un Alzheimer colectivo, en el que convenientemente algunos recuerdan solo a quienes pueden servirles y olvidan al resto, por eso la salida es negarnos a esa amnesia y decidir que nadie será invisible mientras dependa de nosotros reconocerlo.

*Abogado.

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