Columna

La moda de los malecones

“Tal vez la enseñanza que dejan Montería y Barranquilla no es que todas las ciudades necesiten un malecón. La verdadera lección es que las obras transformadoras son aquellas que responden a las necesidades particulares de cada territorio”.

Jaime Bonet

Compartir

Las políticas públicas también tienen sus modas. Durante años fueron los centros de convenciones. Después llegaron los coliseos multipropósito. Hoy pareciera que la obra indispensable para cualquier alcalde que tenga un río, una ciénaga o una franja costera es un malecón. En Cartagena y Magangué están en construcción, mientras que en Quibdó acaban de anunciar uno sobre el Atrato, y en Valledupar otro sobre el Río Guatapurí. La pregunta es si estamos frente a una verdadera estrategia de transformación urbana o ante una tendencia que lleva a replicar la misma solución en territorios distintos.

Los malecones tienen dos antecedentes exitosos en el país. La Ronda del Sinú, en Montería, transformó una ribera degradada en más de seis kilómetros de espacio público y recuperación ambiental. Años después, Barranquilla llevó el concepto a otra escala con el Gran Malecón, que logró reconciliar a la ciudad con el Magdalena y se convirtió en uno de los espacios públicos más visitados del país.

Ambos casos demostraron que una intervención bien concebida puede transformar la relación de una ciudad con sus fuentes de agua, generar actividad económica y fortalecer el sentido de pertenencia de sus habitantes. El cuestionamiento surge cuando los malecones dejan de ser la respuesta a un problema específico y se convierten en la respuesta para casi cualquier problema.

Montería necesitaba recuperar la relación con el Sinú y Barranquilla volver a mirar al Magdalena; pero no todas las ciudades enfrentan los mismos desafíos. En muchos municipios colombianos las necesidades más urgentes siguen siendo el acceso a agua potable, el saneamiento básico, el mejoramiento de vivienda o la mitigación de riesgos para familias asentadas en zonas vulnerables.

Los defensores de estas obras tienen argumentos válidos. Los malecones generan espacio público, atraen visitantes y pueden dinamizar la economía local. El Ecoparque del Río Guatapurí, en Valledupar, fue concebido precisamente con ese propósito; sin embargo, existe una diferencia entre los beneficios visibles y los beneficios medibles. Es relativamente fácil encontrar cifras sobre turismo, visitantes o actividad comercial. Mucho más difícil es hallar impactos significativos sobre pobreza, desigualdad o mejoramiento de las condiciones de vida de los hogares más vulnerables.

Tal vez la enseñanza que dejan Montería y Barranquilla no es que todas las ciudades necesiten un malecón. La verdadera lección es que las obras transformadoras son aquellas que responden a las necesidades particulares de cada territorio. Además, que las ciudades deben identificar con claridad sus prioridades y orientar los recursos públicos hacia aquellas intervenciones capaces de generar el mayor bienestar posible para sus ciudadanos.

Siga las noticias de El Universal en Google Discover
Únete a nuestro canal de WhatsApp
Reciba noticias de EU en Google News