¡A cacharrear!

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A veces era la curiosidad, otras veces la necesidad de procrastinar, otras veces simple rebeldía y en otras la incipiente morbosidad que se desarrolla cuando te das cuenta que hay cosas “prohibidas” que pueden desafiar la moralidad y ética que tus padres (o relativos familiares) han intentado inculcarte desde que empezaste el rápido desprendimiento del vientre materno (tanto emocional como físicamente).

No sé cuál fue el punto de inflexión, pero mi fascinación por las computadoras y los videojuegos siempre estuvo ahí desde que tengo uso de razón y alcanzó niveles tan altos que mis padres tuvieron que establecer restricciones muy estrictas frente a cualquier dispositivo electrónico.

Esas restricciones me frustraban y aunque en líneas generales era un niño que hacía caso y muy poco berrinchudo, la preocupación de mis padres solo aumentaba cuando notaban que no había dormido en toda la noche, no comía y cuando fruncía el ceño ante la idea de realizar actividades más saludables para mi edad, como jugar fuera de la casa, socializar, leer un libro o estudiar.

No reprocho ninguna de esas decisiones porque al final me ayudaron a ser una mejor persona y profesional (lo cual agradezco infinitamente) y de paso me impusieron un reto que hoy agradezco un montón.

Es posible que esto suene como una alegoría a la desobediencia, pero muchas veces el ímpetu juvenil que desafía la autoridad maternal y paternal lleva a grandes avances en el desarrollo de la personalidad y búsqueda del conocimiento. Simplemente debemos aprender como padres a guiar mejor estos instintos de libertad y hambre de información que parecen escritos con tinta indeleble en las fibras más profundas de nuestros genes.

Ante las restricciones, tenía que ingeniármelas para seguir leyendo mis blogs de conspiración, divertirme con juegos flash o de computadora (DOOM en especial), escribir en mi blog personal, leer noticias de tecnología, aprender trucos de programación y chatear con completos desconocidos a través de Latinchat o Windows Messenger.

Confieso que muchas veces escapaba de mi cuarto a las 10 de la noche con los pies descalzos y una almohada en la mano. Me escabullía al escritorio donde estaba ese computador de sobremesa Hewlett Packard que se me asemejaba al trono monolítico de alguna raza alienígena dispuesta a compartir todo el conocimiento del universo conmigo.

La luz azul de la torre gris cobraba vida y de inmediato desconectaba los parlantes para evitar cualquier ruido estridente del sistema operativo.

Desde adivinar las sencillas contraseñas de mi papá, hasta un pequeño script en un disquete, pasando por ejecutar la línea de comandos de Microsoft en la pantalla de inicio de sesión, fueron algunas de las técnicas que aprendí para lograr mi objetivo.

No tardaba mucho en darme cuenta que no tenía acceso a Internet. Miraba el router completamente apagado y al tratar de encenderlo notaba que mi papá se había llevado el cable telefónico y el adaptador de energía a su cuarto para evitar lo inevitable. Afortunadamente mi madre tenía un adorno luminoso en la sala que usaba un adaptador de energía del mismo amperaje y armado con el otro cable telefónico del teléfono fijo de mi casa estaba listo para cometer el “crimen perfecto”. Daba clic al botón “Conectar” en una ventana gris de Windows 98 y ponía la almohada sobre el router para evitar que el mítico sonido “dial-up”, que iniciaba la comunicación entre dos routers, despertara a mis padres. Tal vez algunos no sepan de qué hablo pero a continuación dejo un audio para quienes no conozcan el dulce sonido de este concierto electrónico.

Algunas veces era mi torpeza de pies la que despertaba a mis padres, otras alguna risa descuidada mía y muchas otras veces la costumbre de mi abuela de ir al baño o a la cocina a medianoche, pero nunca me delataron mis métodos para acceder al computador.

Todo esto lo logré sin el miedo a “dañar” la computadora y a lo que uno de mis profesores de la universidad muy sabiamente profesaba como estandarte en sus clases: ¡A Cacharrear! (Gracias, Edison). Es algo que adopté como mantra en mi estilo de vida y me ha funcionado a muchos niveles.

Sin embargo, el “cacharreo” en sí implica cometer muchos errores y dañar las cosas para obtener un aprendizaje. ¿cómo piensas ser experto en algo o ser mejor persona sin antes cometer errores y aprender de ellos? La computadora de mi casa pasó la mayor parte de su vida útil sin funcionar porque constantemente estaba “neciando” archivos de directorios a los que se supone el usuario final no debía tener acceso. Ver a mi papá pagando un café internet o enojado porque había borrado accidentalmente toda su colección de música MP3, era un motivo más para seguir aprendiendo y yo mismo reparar la computadora. Muchas veces logré ahorrarle dinero a mi papá haciendo arreglos y ajustes sin que se diera cuenta.

Hoy los invito a cacharrear y a que no le tengan miedo no solo a la tecnología si no a cualquier reto que les presente la vida. Exploren los límites y llévenlos al extremo y con esto no solo me refiero a dispositivos electrónicos o informáticos. Con cacharrear me refiero a explorar los límites de nuestra biología y lo que podemos hacer con el conocimiento adquirido a través del ensayo y el error.

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