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Columna

El 7 de agosto de 1819 no se selló la independencia de Colombia

“Por fortuna la historia de Henao y Arrubla hace décadas que dejó de ser única. Gracias al auge de la denominada Nueva Historia de Colombia ya tenemos innumerables historias (...)”

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Profusa, diversa, colorida, apologética, elogiosa y, por supuesto, exaltada, ha sido la promoción de la conmemoración de los doscientos años de la batalla del puente de Boyacá, ocurrida el 7 de agosto de 1819 en las cercanías de Tunja, hoy capital del departamento de ese mismo nombre.

Desde la inauguración de la Feria Internacional del Libro en Bogotá, a fines de abril de este año hasta los días que corren, numerosos y variados han sido los eventos que han celebrado y celebran la victoria del ejército comandado por Simón Bolívar sobre las tropas realistas al mando del brigadier español José María Barreiro.

En efecto, en el acto de inauguración de la FILBO la Vicepresidenta de la República, Marta Lucía Ramírez, invitó a todos los colombianos (a unirnos...) a visitar el pabellón Colombia dedicado a la conmemoración del Bicentenario de la Independencia. “Tenemos que conocernos más, valorarnos más, tenemos motivos para sentirnos orgullosos de lo que somos los colombianos...”, dijo entre otras cosas la vicepresidenta.

La inauguración de la Feria y la invitación a visitar el Pabellón Colombia fue ampliamente difundida por los medios de comunicación nacionales e internacionales. La propia agencia española de noticias EFE en una nota del 26 de abril afirmó en uno de de sus apartes que “Colombia conquistó su independencia definitiva con la victoria del ejército Libertador sobre las tropas españolas en la Batalla de Boyacá que tuvo lugar el 7 de agosto de 1819”.

Así y con natural orgullo patrio, este año (2019) fue declarado oficialmente el año de la conmemoración del bicentenario de la independencia de Colombia y así fue asumido por los medios, como también por un gran número de columnistas de opinión del país y por ende por la inmensa mayoría de la opinión pública. Pero, ¿Fue ciertamente la batalla de Boyacá la que consolidó definitivamente nuestra independencia de España? ¿Ese día comenzó plenamente nuestra vida republicana? ¿Se debe asumir el 7 de agosto de 1819 como el día que en que se selló nuestra independencia?

Un breve repaso sobre la situación militar que tenía el territorio de la Nueva Granada el 8 de agosto de aquel año nos mostraría que, a pesar de la desbandada que tuvieron las tropas españolas luego de su derrota en el puente de Boyacá, gran parte de la geografía neogranadina seguía bajo su control, y lo seguiría hasta que paulatina y sistemáticamente fueran desalojadas por completo de ella a comienzos de octubre de 1821, con la capitulación firmada por el Comandante General Español de la Plaza de Cartagena de Indias, Brigadier Gabriel de Torres, y el Comandante en Jefe de las Tropas de la República de Colombia, Coronel Mariano Montilla.

El triunfo del ejército comandado por Bolívar fue sin duda de la mayor importancia militar y política, como lo fue desde luego la posterior ocupación de Bogotá y la consiguiente huida del Virrey Sámano, empero afirmar que el 7 de agosto de 1819 se selló la independencia de Colombia no se corresponde con la realidad histórica. Vista en retrospectiva y a la luz de los hechos que antecedieron y acontecieron con posterioridad a esa fecha, lo apropiado es señalarla como la del comienzo triunfante de la campaña libertadora que habría de culminar el 10 de octubre de 1821 en Cartagena, en lo que hace al territorio de la actual Colombia.

Aunque si tuviésemos que ser más precisos en identificar la primera porción del territorio de la actual Colombia en ser liberada en forma definitiva del dominio español, lo tenemos que ubicar en el corazón del mar Caribe: Providencia, el 4 de julio de 1818 de manos del corsario francés Luis Aury.

De la misma forma, si nos ubicamos en el contexto político y militar de esos años y no en el presente en el que se difunde la versión oficial del proceso, la independencia de la república de Colombia — que ya existía al menos como aspiración en la ley fundamental de Angostura del 17 de diciembre de 1819 —quedó sellada, igualmente en el Caribe, con la batalla del lago de Maracaibo el 24 de julio de 1823, fecha en que las fuerzas navales al mando de Prudencio Padilla, procedentes de Riohacha, derrotaron a las españolas al mando del oficial Ángel Laborde.

No sería, sin embargo, sino hasta el 8 de noviembre de ese año con la liberación de Puerto Cabello que se sellaría definitivamente la independencia de Colombia. Así se lo comunicó Santander el 10 de diciembre a Bolívar: “Al participar a V. E. que no queda un solo súbdito de la España en toda la extensión de Colombia, que prosiga la guerra, debo felicitar a V. E. por un suceso tan importante que presentará a Colombia delante del mundo con la dignidad y gloria que merece”.

Asimismo es interesante anotar que el propio Bolívar era consciente de que con el triunfo militar del 7 de agosto de 1819 se liberaban tan solo unas provincias de la Nueva Granada, ello se deduce del encabezado de una comunicación a Santander el 2 de noviembre desde Pamplona, en la que se dirige a él como Vicepresidente de las Provincias Libres de la Nueva Granada.

No hay duda entonces de que no corresponde a la realidad histórica referirse a la batalla del puente de Boyacá como el acontecimiento que selló nuestra independencia de España, como tampoco el día fundacional de nuestra república. La pregunta que hoy nos hacemos es si ello es relevante en nuestro devenir histórico como pueblo.

El elusivo sentido de nación y patria

El débil sentido de nación que tenemos los colombianos ha sido un tema y una preocupación recurrente en los forjadores de opinión del país. Quizás exagerando un tanto, pero muy representativo de lo que piensan muchos columnistas, Juan Esteban Constaín escribió en El Tiempo, en septiembre de 2018, que “En Colombia está muy claro que el único ‘proyecto de nación’ que ha funcionado y funciona es la Selección Colombia de fútbol”.

Esta opinión, con diferentes matices, es reiterativa por la verdad que ella encierra: la reconocen los innumerables documentos oficiales que le sirven de diagnóstico a políticas públicas, está en el centro de gran parte de los acuerdos de La Habana, ha sido - y lo sigue siendo - estudiada y analizada por la comunidad académica desde los comienzos de la república (Libros clásicos de la historiografía colombiana se ocupan en profundidad y desde distintas perspectivas del tema, como los de Alfonso Múnera, “El fracaso de la nación”; Eduardo Posada Carbó, “La nación soñada”; y David Bushnell, “Colombia una nación a pesar de sí misma”). Esa pareciera también ser una de las principales conclusiones del reciente libro de Jorge Orlando Melo, “Historia mínima de Colombia”, cuando afirma que en Colombia hemos formado país pero no nación.

Ahora bien, carecer de un arraigado proyecto nacional no ha imposibilitado que hayamos logrado construir, en medio de toda clase de obstáculos, dificultades y violencia, un estado que ha impulsado el desarrollo y el progreso de sus habitantes y puesto en vigencia, así sea en forma precaria en grandes extensiones de su territorio, una constitución democrática y un estado de derecho. Es evidente, no obstante, que la ausencia de un relato o narrativa que nos cohesione como ciudadanos de un proyecto compartido de nación es uno de los factores, sino el que más, que nos impiden avanzar con más decisión en el largo y tortuoso camino de la civilización.

Construir esa narrativa o relato que nos una como comunidad, “que unifique voluntades, que nos cuente qué somos, de dónde venimos y que nos diga hacia dónde vamos”, es el gran desafío que tiene el país escribió acertadamente en julio de 2018 el exdirector de Planeación Nacional Santiago Montenegro; “un relato que unifique a todos los colombianos, a hombres y a mujeres, a ricos y pobres, a costeños, paisas y a pastusos, a jóvenes y personas mayores”.

Y razón no le falta. Pero para que una narrativa así tenga esa capacidad de convocatoria debe partir de hechos históricos reales, en especial si se trata de los hechos que se quieren tener como fundacionales de la nación, como es el caso de aquellos que sellaron nuestra independencia de España. Erigir la batalla del 7 de agosto de 1819 como el “momento definitivo de consolidación de nuestro proceso fundacional”, o como el día en que comenzó nuestra vida republicana, no se ajusta a los hechos objetivos y explica el porqué del desgano y hasta apatía con que se conmemora esa fecha en diferentes regiones del país.

En un muy lúcido discurso titulado “El peligro de la historia única”, la joven escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, nos advierte de los peligros disolventes que puede llegar a tener un relato único de los hechos históricos, pues priva a las personas de su dignidad. Y cita al poeta palestino Mourid Barghouti, quien señala que “si quieres desposeer a un pueblo, la forma más simple de conseguirlo es contar su historia y empezar por ‘en segundo lugar’.

Quizás desde el momento mismo en que se creó la Nueva Granada en 1832 y se decidió que Bogotá fuera la capital, se empezó a construir una historia única de Colombia cuyos principales hechos tenían siempre lugar en su jurisdicción y en segundo lugar los que ocurrían en las regiones.

Ese fue el caso de la batalla de Boyacá como quedó consagrado en el texto Historia de Colombia, de Jesús María Henao y Gerardo Arrubla, que habría de adoptarse en 1910 como oficial para la “enseñanza de la historia nacional” en las escuelas secundarias, y el Compendio en las escuelas primarias. En dicho texto, al referirse a la batalla de Boyacá y su significado, se lee: “Tal fue la gran victoria que nos libró para siempre del dominio de España y cuyo aniversario conmemoramos todos los años. Boyacá no puede considerarse como una gran batalla, ni por su duración, ni por el número de combatientes, ni por la sangre derramada, sino por sus consecuencias; es decir, porque selló la independencia del país”.

Por fortuna la historia de Henao y Arrubla hace décadas que dejó de ser única. Gracias al auge de la denominada Nueva Historia de Colombia hoy disponemos de innumerables historias escritas desde las regiones que reivindican su importancia en la construcción del país. Hoy ciertamente nos conocemos más y mejor, sabemos que en nuestra historia no hay ni hubo primeros ni segundos lugares, ni mucho menos actores principales y actores de reparto.

No obstante, es preciso señalar que el discurso desde el gobierno central sigue siendo excluyente y sesgado en cuanto al significado de ciertas fechas relacionadas con el proceso de independencia. “Las historias importan” anotó en el citado discurso Chimamanda, y añadió “Muchas historias importan. Las historias se han utilizado para desposeer y calumniar, pero también pueden usarse para facultar y humanizar. Pueden quebrar la dignidad de un pueblo, pero también pueden restaurarla”.

Si queremos un relato de nuestra historia que nos una como comunidad y de veras contribuya a construir un sólido proyecto de nación, debemos empezar por restaurar el 7 de agosto de 1819, no como el día que selló nuestra independencia y fundó la república, sino como el día que comenzó triunfante la campaña libertadora de Colombia y que habría de culminar en Cartagena de Indias el 10 de octubre de 1821.

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