Columna


La vida entre los cables

ORLANDO OLIVEROS ACOSTA

07 de abril de 2021 12:00 AM

En frente del apartamento donde vivo, a escasos metros de la ventana de la cocina, dos pájaros construyen su nido entre los cables de un poste. Llevan varias semanas haciéndolo y yo, que soy un hombre aficionado a perder el tiempo mirando lejos, los he visto avanzar en su empresa cada día. Se trata de un par de cucaracheros chupahuevos, según he podido comprobar. Todas las mañanas agregan ramas y hojas secas al nido. También utilizan jirones de bolsas plásticas o algodones sucios que recogen de la calle, y aquellos nuevos cimientos otorgan al nido un aspecto de cometa enredada, de barrilete capturado por la trampa de los postes.

Siempre he admirado esta costumbre de empollar los huevos en los cables de alta tensión. En cierto modo me resulta inspirador, pues veo cómo la vida se abre paso en los lugares más inhóspitos y el canto es posible incluso sobre un infierno de voltios letales. “Un mundo que sufre bajo un manto de flores”, reza un haikú del poeta japonés Kobayashi Issa. Las aves criadas en los peligros de la electricidad parecen invertir esta fórmula: con ellas el mundo puede reír aunque esté envuelto en una colcha de alacranes.

En el Centro de Cartagena hay un árbol de papaya que me produce un sentimiento similar. Creció en una pequeña grieta de la Calle de la Moneda, completamente rodeado de cemento. Nadie lo ha talado todavía. Cada vez que paso por su lado lo reverencio con la cabeza. Es un árbol digno de respeto que se irguió con la lluvia y las goteras de los aires acondicionados, que respiró el sol reflejado por las vitrinas de las tiendas y sobrevivió en las noches a los gargajos y orines de los borrachos. Desconozco si su fruto tiene un sabor delicioso, pero estoy seguro de que es un fruto sagrado.

Sagrados son, de igual manera, los pájaros que fraguan su vida entre los cables. Cuando alcanzan la madurez aparecen y se esfuman de improviso en el follaje como si hubieran adquirido algo del relámpago y de la muerte. Luego, después de esa vida dedicada a los misterios del cielo, regresan a los postes. Allí preparan su nido a imagen y semejanza de una corona de espinas en cuyos bordes se asoma el abismo de la tumba. A partir de ese momento están más cerca de la metáfora que de su existencia como pájaros. Todo para que la gente como yo, que gasta sus horas mirando lejos, pueda descifrar la enseñanza de su aventura eléctrica. Y que es la misma que mencionó García Márquez en su discurso de recepción del Premio Nobel: “Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte”.

*Escritor.

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