Hoy celebramos la primera declaración de independencia absoluta contra el reino de España en el territorio nacional.
Precisamente en el barrio donde el 11 de noviembre de 1811 los hermanos Piñeres, Pedro Romero y otros patriotas iniciaron el levantamiento para declarar territorio libre al Estado Soberano de Cartagena en un día glorioso, hoy en Getsemaní comenzarán los actos protocolarios para conmemorar los 209 años del grito de independencia en sesión solemne del Concejo Distrital y, posteriormente, mediante la presentación y depósito de la tradicional ofrenda florar a los mártires en el Camellón que lleva ese nombre.
Las celebraciones de este año son atípicas: los jolgorios se trasladarán a las residencias privadas donde se valore el espíritu novembrino, y el escenario de múltiples eventos será el mundo digital. Tal vez, para lo que pueda servir esta experiencia de compartimiento impersonal, una de las lecciones será comprender la magnitud de lo que se conmemora cada año para estas calendas. La nueva realidad nos está mostrando el valor que tienen las Fiestas de la Independencia para la cultura ciudadana y la identidad del ser cartagenero.
Esta vez nos vamos a privar de la alegría de los preludios, los disfraces, las comparsas, las gaitas, papayeras, los cabildos, fandangos, bandos y desfiles, y demás eventos privados, barriales o masivos, sin reinas populares y nacionales; y, lo peor, sin los saludos, besos o abrazos jubilosos, de los encuentros con amigos y hasta con desconocidos.
No pocos se quejan de las fiestas, pues rechazan la bulla, el uso de maicenas, espumas, buscapiés y demás especies insufribles para algunos pero forzosas para otros; pero no tenerlas, como nos pasa en estos tiempos surrealistas, nos prueba que son necesarias pues le agregan un valor inestimable a la esencia de la que estamos hechos, a la naturaleza de lo que somos, como hijos de la historia que heredamos.
Por supuesto que no todo puede ser parranda y goce; sin la dosis de interés por la historia local, enmarcada dentro de los acontecimientos nacionales, no es posible suscitar el sentimiento patriótico y la identidad necesarios para pretender constituirnos como un solo pueblo con miras a la construcción de un destino común.
El ritual de los símbolos y el despertar de las tradiciones sustentan las naciones fuertes, pues sin un orgullo mínimo por lo que se es, como pueblo, el ego colectivo desciende a sus mínimos, vapuleando el sano amor propio y, más grave aún, el comunitario.
Fechas como estas no pueden pasar, incluso en situaciones excepcionales como las que vivimos, sin pena ni gloria. Por el contrario, son propicias para procurar encontrar las razones por las que trabajar unidos, y para preservar valores fundantes, como los de libertad e independencia.
Celebremos con precaución y reconozcamos que, sin las fiestas novembrinas, no somos los mismos.