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Editorial

La agitación social

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En los últimos 4 años, varios países del mundo sufrieron una explosión social de ciudadanos en las calles exigiendo un Estado más igualitario y más respetuoso de sus derechos.
Desde el Magreb, en el norte de África hasta las marchas de los indignados en España, más las manifestaciones de estos días en Brasil, los ciudadanos protestan y comparten una esencia común, aunque cada país tiene sus características: rechazan un modelo democrático pervertido por la corrupción y la codicia, que cada día incrementa la brecha entre ricos y pobres.
En Brasil, un reclamo por el alto costo y la mala calidad del transporte, en pocas semanas se extendió a todo el país y amplió las exigencias.
La respuesta de algunos políticos tradicionales a la motivación de esta cadena de protestas, es la más simple y ciega: que la gente se acostumbró a tener todo regalado por el Estado y ahora piden hasta lo imposible.
En realidad es al contrario, la gente que marcha y se manifiesta quiere que el Estado los controle menos y que cumpla su función de proteger a sus ciudadanos y permitirles prosperar en igualdad de condiciones. No reclaman lo imposible, sino lo que tienen derecho a recibir.
Brasil es el mejor ejemplo de este reclamo que empieza espontánea y desorientadamente, pero que se encausa en una aspiración coherente a vivir mejor.
Cuando Luiz Inácio Lula da Silva era presidente, Brasil vivió un momento de júbilo de prosperidad, que le permitió estar entre los países más desarrollados del mundo y relacionarse con ellos sin complejos, al tiempo que se ponía en marcha el más voluminoso sistema de generosidad estatal con los pobres.
Lula justificaba la política de subsidios y el asistencialismo sin límites en su propósito de convertir a Brasil en un país menos desigual, cuyo éxito tuvo sustento cuantitativo en la Encuesta Nacional de Hogares (PNAD) que mostró una disminución de la tasa de pobreza en el 11% en 2007, principalmente a través del programa “Beca Familia”, similar a nuestro “Familias en Acción”, que ese año atendió a más de 13 millones de familias con un estipendio para cubrir sus necesidades básicas.
Por supuesto, los millones de pobres brasileños no querían fiesta con Lula, como un niño idolatra al papá que lo llena de juguetes. Pero un día crece y se da cuenta de que su padre no le enseñó a conseguir sus propios juguetes, y ningún otro se los va a seguir regalando.
Ahora los brasileños quieren recibir del Estado todas aquellas cosas a las que tienen derecho, sobre todo, oportunidades, no regalos. El sociólogo Julio De Assis dice: “Se trata de una sociedad civil brasileña renovada, más informada y educada, que continúa teniendo que vérselas con instituciones del siglo pasado, anacrónicas, que no atienden las necesidades de la población”.
Es muy útil conocer a fondo estas experiencias, para ayudar a encausar el futuro de Colombia sin más traumas.

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