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Editorial

La agonía del Teatro

“El listado de daños, deterioro y necesidades es tan largo que no cabe enunciarlos en este breve espacio, pero pasan por las bombas para (...)”

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Dieciséis años duró la restauración del Teatro Heredia (Adolfo Mejía) desde que comenzó su desmonte en 1982 para construir una nueva estructura porque los viejos muros habían perdido su capacidad portante. En ese lapso se cuentan cuatro años de suspensión total de obras durante el período de gobierno del presidente Betancur y numerosas parálisis, porque los dineros para la restauración, cuya consecución en varias fuentes costó Dios y ayuda, llegaban a cuentagotas y bastante espaciados. Eso sí, quedó dotado de los mejores equipos técnicos que había en ese tiempo, algunos de los cuales siguen funcionado hoy.

El Teatro, que había cambiado su nombre de Municipal a Heredia en 1933 para conmemorar los 400 años de fundación de la Ciudad, cerró sus puertas en 1970 después de una obra de teatro en la que actuó Fanny Mickey, pues los pisos se caían a pedazos. Se había arruinado porque el Municipio nunca apropió los dineros suficientes para mantenerlo. Así pues, el Teatro Heredia estuvo clausurado 28 años.

Hoy, parece repetirse la historia: el IPCC, a cuyo cargo está el Teatro, le niega los recursos para mantenerlo en buen estado y en las mínimas condiciones técnicas que exigen en la actualidad los directores de teatro, de orquestas sinfónicas y otros espectáculos.

El listado de daños, deterioro y necesidades es tan largo que no cabe enunciarlos en este breve espacio, pero pasan por las bombas para mantener la presión del agua, que se remplazaron en 2018 por un equipo ruidoso que irrumpe en el auditorio perturbando a artistas y público; o la consola de sonido instalada hace un año, que es un equipo doméstico y con precarios micrófonos; o la consola de luces escénicas, que está en mal estado y desactualizada. Hay que impermeabilizar las terrazas, hacer mantenimiento en el sistema de bombas sumergidas de aguas servidas, y así en la tramoya, en los pisos de mármol, en los de madera de todas las plantas, en los del atrio, en las divisiones de los palcos porque hay piezas de madera desprendidas y dañadas por el maltrato del público; en la yesería porque los vándalos se roban las rosetas enchapadas en laminilla de oro o les arrancan el recubrimiento para comprobar si de verdad son de oro, y en las puertas de madera de las fachadas principal y posterior... ¡Y un largo etcétera!, que llega hasta el grave problema estructural en la zona de los camerinos y baños, que los ha afectado seriamente.

Todo lo anterior, a pesar que el arrendamiento del Teatro genera ingresos suficientes para atender todas estas necesidades. Solo en bodas y otros eventos se pueden recaudar más de mil doscientos millones de pesos; pero el Teatro no dispone siquiera para las compras más elementales.

La recuperación del Teatro Heredia fue un anhelo de los cartageneros que se lamentaron por años del estado de ruina que impedía su funcionamiento, pues fue el espacio en el que la ciudad aprendió la cultura de las artes escénicas.

Hay que salvar al Teatro antes de que sea tarde, comenzando por quitárselo de las manos al IPCC y entregarlo a expertos que sepan administrar este templete de las expresiones humanas.

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