Sea quien fuere el candidato que se quede con la Casa Blanca, es muy poco lo que puede cambiar para Colombia en sus relaciones atávicas con EE. UU., pues desde el presidente Marco Fidel Suárez el camino que tomó la diplomacia interiorana fue privilegiarlas sobre cualquier otra nación o grupo de naciones, incluidas las latinoamericanas.
Incluso, en los pocos temas en los que tomábamos distancia, como nuestras consuetudinarias condenas al embargo económico contra Cuba o la acostumbrada elección de un latinoamericano en el BID, bajo el mandato de Duque, rompimos con esas posiciones de tradicional independencia y también nos alineamos con los dictados de Washington.
Por eso, los cambios que puede haber si queda Joe Biden o si triunfa Trump para Colombia serán apenas de matices.
Ya sabemos que si el elegido es Biden las relaciones entre la comandancia de ambos ejércitos se mantendrán incólumes, pues el exvicepresidente considera que la seguridad y la prosperidad de este hemisferio dependen de una alianza cercana y eficaz entre su país y Colombia, al que siempre ha considerado un aliado inestimable. No en vano fue animador del Plan Colombia y ha jugado un papel de liderazgo en la visión bipartidista del apoyo a nuestra nación por el Congreso de EE. UU. Por lo tanto, y a pesar de la imprudente intromisión de la derecha colombiana en aquel debate electoral, en la Florida, es previsible que el interés de su gobierno y de los empresarios que lo apoyan no decrezca en su atractivo por Colombia y, de paso, que mejoren las perspectivas del tratamiento a nuestros compatriotas migrantes en aquel país, a los que tendría que irles mejor con Biden que con el actual presidente.
A Trump ya lo conocemos, y las variaciones que pudiera haber, favorables, estarían centradas en el nuevo programa Colombia Crece, del que se esperan hasta USD$5.000 millones en créditos para los inversionistas interesados en desarrollar proyectos estratégicos en zonas de conflicto. Las negativas todas provienen de su carácter cambiante, del cual se puede esperar cualquier cosa.
Sin embargo, si algo ha probado aquella nación es que no importa quién sea su presidente, esa descomunal máquina de inventiva, producción, poder y consumo no se detiene, y que es superior a quien está al frente del Salón Oval.
Por supuesto que la crispación social que padecen los EE. UU., y que nos impacta a todos, se exacerbaría con la continuidad de Donald Trump; pero también es cierto que este solo ha acelerado una confrontación inevitable entre dos visiones diversas de un mundo desorientado, sediento de liderazgos clarificadores, que sepan llevarnos a un punto común, en el que retornen las discusiones de fondo sobre los temas que son pero que aún no se asumen, como el capitalismo salvaje, el globalismo, el individualismo neoliberal, la corrección política y el progresismo hegemónico y totalizante.
Es claro que, por ahora, no habrá término medio.