¿Qué habrá pensado el nuevo presidente de Ecopetrol cuando le informaron que sus declaraciones le agregaron razones a la caída de la valoración de la acción de la empresa, que hoy es su máxima responsabilidad profesional y el mayor patrimonio empresarial que tenemos los colombianos?
Debe ser extraño que uno contribuya, con sus afirmaciones, al deterioro de la compañía que le ha sido encomendada para mantenerla y para mejorarla.
Informa la prensa nacional que la acción cerró en Wall Street a US$9,82, lo que supuso una caída de 15,41% en comparación con el lunes, lo que se reflejó en la colombiana, con una depreciación de 6,2%. Mejor dicho, una magnitud de caída equivalentes a la de la crisis del crudo en 2020.
Por supuesto, las razones de esa caída en la valoración del precio de las acciones se deben también a factores externos, que afectaron a la mayoría de las empresas petroleras.
No se entendió, por supuesto, su alegato de que no planeaba acabar con la compañía, pero que no firmaría nuevos contratos de exploración. Es, ni más ni menos, que una incomprensible contradicción.
Si no hay más búsqueda de nuevos pozos que garanticen la soberanía energética del país, no quedará más remedio que comprarle petróleo a Venezuela. ¿Es eso lo que se quiere?
No se entiende esa radicalización de quien, se pensaba, llegaría a poner en concreto un buen resumen de la distancia que había entre la ministra de Minas y los hoy exministros de Hacienda y de Agricultura; es decir, ir extinguiendo Ecopetrol en la medida que, con sus ingentes recursos, a los que pretende renunciar su nuevo presidente, se adoptarían medidas y dinero contantes y sonantes para adquirir tecnología, equipos, conocimiento y capacidades para lograr una transición energética fundada en fuentes renovables.
En ocho años, que es lo que nos queda de reservas, es absolutamente imposible lograr esa transición. No lo harán ni las grandes potencias; pretender que nosotros podemos es entonces una falacia incomprensible.
Si lo que se quiere es ayudar a Venezuela a salir de su crisis provocada por los sátrapas que la han gobernado, sería preferible asignar una partida del presupuesto nacional, inclusive de Ecopetrol, para transferirles recursos a nuestros vecinos. Eso saldría más económico que destruir nuestra empresa más importante.
Ecopetrol y su futuro no pueden estar en manos de un gobierno pasajero. Lo que se piense y haga en esa empresa tiene que ser trascendente y transversal a todos los gobiernos en la medida de que no es de propiedad de los funcionarios de turno; se trata de un patrimonio de los colombianos.
Resulta inadmisible que se le piense extinguir, por el prurito de acelerar una transición energética que solo se comenzará a alcanzar en 20 años, si nos va bien, es decir, si tenemos buenos gobiernos.
Es de esperar que el nuevo presidente se entere bien de la realidad y rectifique.
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