El pasado domingo se celebró, de manera virtual, el Día de la Acción Comunal, que rememora las luchas de los líderes comunitarios, y que hoy se expresan institucionalmente en figuras clave de la participación ciudadana, entre las que se destacan, en nuestro medio, las Juntas de Acción Comunal (JAC), las Juntas Administradoras Locales (JAL), y las Veedurías Ciudadanas.
Los primeros, elegidos popularmente en la misma fecha en que se vota por alcaldes y concejales, ejercen funciones administrativas y otorgan facultades a los alcaldes locales para la gestión de los recursos de los Fondos de Desarrollo Local para comunas y corregimientos.
Pero causan mucho más impacto en nuestros barrios los comuneros; finalmente, muchos liderazgos que se expresan en las altas corporaciones públicas provienen del ejercicio del servicio que desde las barriadas y comunas tantos dirigentes formados en sus luchas desde las JAC emprenden sin pomposos títulos universitarios pero sí con un sobrado espíritu de sacrificio por sus comunidades, por el afán de guiarlas en los procesos cívicos de participación a través de los que procuran el mejoramiento de las condiciones de vida de vecinos normalmente acostumbrados a la inercia de las crudas realidades, o al conformismo que empobrece, o al acomodamiento al status quo que se vuelve cómplice de las élites políticas, que necesitan borregos y no ciudadanos.
Porque si el espíritu de servicio y el sacrificio por los demás son virtudes esenciales en un buen dirigente comunal, su contracara es el mediocre servilismo que se pone a la orden del politiquero que no ve al pueblo como el soberano sino como a la masa que paga con votos las dádivas que de cuando en vez se le reparte, comprados precisamente con recursos del erario que se distrae en gastos innecesarios, inútiles o antieconómicos.
Por eso, los procesos de formación de nuestros líderes comunitarios no pueden cejar. Y no se trata de proveerles de capacitaciones ficticias, inanes o mediocres, que se han usado como mamparas para esquilmar los presupuestos de los fondos de desarrollo local o de las secretarías de participación comunitaria. Se requiere identificar, preparar, forjar y apoyar a figuras que, desde las comunas, descollen por su compromiso en unir a sus comunidades para construir procesos positivos, y en los que no se gestionen los recursos para beneficio individual sino en el empeño en superar las adversidades que afectan a las comunidades que representan.
Es necesario enervar modelos caducos de algunas minorías de dirigentes comunitarios que se convierten en vividores o en intermediarios entre la politiquería y los electores.
Hay que defender entonces los modelos de la gran mayoría de ellos que, sin recursos ni facilidades de ninguna índole, se levantan rutinariamente a seguir con la desprendida y azarosa lucha por un mejor mañana para sus comunidades.