A Grisel Marina Chirino González se le entrecorta la voz al recordar Venezuela. Salir de su natal San José de Barlovento, Estado Miranda, no fue fácil. Huyó de la crisis y, además, su éxodo se ‘aceleró’ por una persecución política relacionada con su exesposo. “Esa situación nos perjudicó, a mí y a mis hijos”, refiere.
Migró, como muchos de sus compatriotas. Llegó a Bogotá en noviembre de 2020 y, tras muchas dificultades, viajó a La Heroica, en enero de 2021, con unos cuantos “pesitos” y con un auxilio de la Agencia de la ONU para Refugiados, Acnur.
Tras el deporte
El béisbol, deporte que aman cartageneros y venezolanos, fue un motivo para viajar a la ciudad. El entrenador de sus dos hijos en Venezuela los recomendó con Carlos Ramírez, reconocido caza talentos. Era la única alternativa que tenían para llegar “con confianza” a un lugar desconocido. Sin embargo, ya en el barrio Las Palmeras, donde debían recibirlos, nada salió como esperaban. Carlos Ramírez había tenido que viajar los Estados Unidos.

Grisel Chirino encontró en Cartagena una nueva oportunidad para rehacer su vida. //Fotos: Zenia Valdelamar.
“De allí salimos a arrendar un cuarto. A mi esposo le salió un trabajo con un señor, pero a los 12 días y creo que para no pagarle, salió de pelea con él”, narra. Añade que, en ese punto, ella y sus hijos estaban enfermos y con hambre.
Les recomendaron ir a la Casa de Justicia de Chiquinquirá, donde conocieron a Orlando Castro, coordinador del Centro Intégrate de Cartagena, que atiende a la población migrante. Él los orientó y “fue pieza fundamental para salir adelante”, señala.
Poco a poco, sus condiciones mejoraron. “Érika Martínez y Andrés Revolledo, de Intégrate, fueron mandados por Dios. Nos ayudaron a vincularnos a los programas sociales. Gracias a ellos avanzamos”, afirma.
El cambio
En un principio, a la familia la hospedaron en el Hotel Puerto Vigía. “En el desespero por no saber qué hacer, le dijimos a Érika que nos diera una alternativa y que mi esposo era panadero. Pedimos permiso al dueño del hotel, quien nos permitió comenzar a hacer panes en la cocina”, refiere.
“Érika nos ayudó con los insumos. Vendíamos a los empleados, a los huéspedes y en las calles”, precisó. El tiempo avanza y esta familia sigue creyendo que con gran esfuerzo se va consiguiendo lo que se quiere.
“Todo se fue poniendo a nuestro favor, hasta Carlos Ramírez nos llamó para ayudarnos. Mis hijos comenzaron a entrenar béisbol. El menor, José, de 15 años, está recibiendo buena ayuda. El mayor, de 17, se ha metido tanto en nuestro emprendimiento que dijo que quiere seguir con nosotros y dejar un poco el béisbol. Estudia cocina”, puntualiza Grisel.
