Por un momento prefiere callar. A veces el silencio es el mejor aliado cuando las palabras no alcanzan para describir los dolores que arrugan el alma. Dariángel González detiene su relato por un momento ante una pregunta que prefiere no contestar. (También te puede interesar: Fotos: el colegio Inem de Cartagena le dijo sí a la integración)
No puede recordar aquellas experiencias tan duras de los últimos años sin que el llanto la agobie. “Si te contara todo”, dice antes de guardar silencio, apartarse un poco y limpiar con sus mangas sus mejillas.
Viste de negro, está en un semáforo de Cartagena, en la vía Marginal de San Lázaro, junto al puente Las Palmas, que conduce al barrio Manga. Llega ahí todos los días, incluso en las noches, de ser necesario. En ese mismo lugar me narra parte de su historia.
Hasta hace siete años llevaba una vida común y corriente en la ciudad de Valencia, Estado Carabobo, en Venezuela. No era millonaria pero tampoco vivía aturdida por la necesidades que hoy tiene. Trabajaba en la Refinería de Petróleos de Venezuela (PDVSA), pintando y preparando pinturas.
Además ayudaba a su madre en la venta de perfumes y bisutería. “Se apretaron las cosas en Venezuela, mi mamá tenía una peluquería con una amiga y le tocó cerrarla. A mí me tocó migrar”, narra.
En una buseta de Campestre
A Cartagena llegó sola. Luego se trajo a un hermano. Para ganarse la vida, comenzó a vender chicles, agua, fritos, a limpiar vidrios, hasta que un día uno de sus coterráneos descubrió su talento.
“Fue un invento de un compañero, que me escuchó cantando mientras limpiaba vidrios y me dijo para subirnos a los buses a cantar. Mi primera buseta de fue una de Campestre, no se me olvida nunca. No podía ni hablar, pero me fue bien”, comenta. Desde entonces se dedica a cantar para sobrevivir y ayudar a los suyos.
El mayor propósito de Dariángel es también su mayor frustración diaria, cumplir con la promesa de por lo menos enviar 20 mil pesos diarios para su mamá y su hija en Venezuela. No siempre puede hacerlo y eso le atormenta. “Le cantamos a Dios por todas las situaciones que vivimos y porque tuve la oportunidad de asistir en Cartagena a una iglesia en la que me he sentido muy bien. Mi fortaleza viene de mi hija y de mi mamá que no están acá”, refiere la mujer cuya voz ameniza el ambiente de esa esquina en cada cambio del semáforo. (Lea: Estudiantes de Cartagena firman un pacto por la integración entre ‘vales’ y ‘panas’)
Elba, la compañera de escenario
Compartiendo escenario y con el mismo arte, junto a Dariángel está Elba Andrade. Tiene 20 años. Nació en la ciudad de Cabimas, en el Estado Zulia, Venezuela. Migró a Colombia hace cuatro años porque ni siquiera tenía agua potable.
“Teníamos un bebé de diez meses en la casa que solo sabía lo que era tomar agua de arroz y sopita de pastas. No teníamos alimentos para darle”, recuerda. Así que viajaron todos siguiendo a un hermano que se había adelantado en el camino.
“Pensé que mi vida aquí sería un paraíso, pero nos dimos cuenta que esa no es la realidad, a todos nos pegó duro”, sostiene la joven de ojos verdes y sonrisa amplia.
Al segundo día de llegar a Cartagena, comenzó a trabajar vendiendo galletas en las murallas. “No vendí ni una ese día. Nunca me gustó vender galletas, entonces mi hermano me llevó a Bocagrande, donde había otros venezolanos que cantaban y comencé a cantar con ellos”, refiere.
El canto es el oficio que comparte en el mismo semáforo con Dariángel, a quien conoció por cosas de la vida en Cartagena.
“Nos íbamos caminado”
Elba relata que no pudo seguir estudiando en Cartagena, pese a que era brillante en Venezuela. Todo porque no fueron valorados los resultados de los exámenes que presentó para medir sus conocimientos.
Sueña con volver a su país, pero sabe que no es un camino fácil. Incluso un día, cuando la crisis por la pandemia se agudizó, lo intentó con su familia.
“Tomamos la decisión de devolvernos a Venezuela. Un primo nos regaló 200 mil pesos pero con eso no llegábamos, entonces recogimos todas las cosas y nos íbamos a ir caminando. Cuando íbamos saliendo de Cartagena, cuando llevábamos como 20 minutos, Dios metió su mano. Una persona, que fue como nuestro ángel, nos mandó a buscar y nos alquiló una habitación mientras pasó la pandemia. Uno de mis hermanos sí se fue caminando”, cuenta ahora, sentada en el parque del Reloj Solar, donde espera que las baterías de su altoparlante se recarguen para continuar cantando en el semáforo, con compañera de batallas. Así sobreviven.
-“¿Has podido rehacer tu vida acá de alguna forma?”, le pregunté a Dariángel minutos antes. (Lea también: Con una fábrica de almohadas reconstruyen sus sueños en Cartagena)
Una pregunta que para ella no es nada fácil de responder, porque la incertidumbre por su futuro genera desesperanza y, sobre todo, por todas las cosas que ha tenido que vivir. Dice que el amor de madre la mantiene firme para seguir todos los días en la lucha.
