Existe un mapa imaginario dibujado en las mentes de quienes habitan los Cerros de Albornoz. Estamos en el 27 de Octubre, no en una fecha, es el nombre con el que bautizaron a esta zona de Cartagena de Indias, a estas calles y casas que, apenas, existen hace cuatro años.
Antes solían ser terrenos baldíos, hoy ocupados por familias de varios puntos de la geografía colombiana y venezolana, al tiempo familias a las que el destino les deparó esta como la zona donde asentarse, donde luchar y donde intentar salir adelante comenzando de cero, literalmente, porque cuando llegaron no había más que nada.
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Hoy, este jueves, con nubes oscuras zozobrando en el cielo y un tímido sol contrapunteando el panorama, izan banderas imaginarias de recuerdos y también de esperanzas, están unidos por una hermandad próspera en sus sonrisas y la camaradería de poder tenderse la mano uno a otro, porque somos humanos y esa es la forma más real de demostrarlo: la unión.
No importa de dónde vengas, a dónde vayas o en dónde quieras estar. Aquí hay pesadumbres al tiempo que sonrisas. Porque por más malos que sean los males, siempre hay esperanza y en ella se regocijan para subsistir levantándose todos los días.
En el 27 de Octubre está la calle Venezuela. No es una calle cualquiera de los Cerros de Albornoz. Existen varias cosas que la particularizan. “Aquí hay un poco de todo”, me dicen. Y es real. Todas las casas son de tablas. Todas las casas tienen pisos de tierra o barro amarillo o, en su defecto, de plásticos que acomodan para que sean ‘impermeables’.
Algunas de las terrazas están adornadas con plantas al igual que globos, estos últimos hacen parte de la bienvenida ‘a lo venezolano’ que prepararon para la prensa. No hay servicio de agua potable frecuente o regular. No existe servicio de gas natural domiciliario, pero sí hornillas de carbón. No hay energía eléctrica. “No hay luz”, dirían coloquialmente en Cartagena. Aunque sí la hay. Realmente se surten de energía comunitaria no regularizada.
Buscando un destello de esperanza
Keyla Sánchez no concibe la “luz” de la misma forma que tú, que lees esta historia, ni como yo, el autor que la escribe. Para ella, se trata de algo metafísico, de cierto modo, inexistente.
Lleva ahora gafas negras. Torpemente le pregunto sobre su nivel de ceguera, algo que no parecía tan evidente, pero ante lo cual responde un rotundo: “No veo nada”. Tiene glaucoma congénito.
No termino de formular mi pregunta, “¿Cómo ha sido tu vida aquí?”, cuando ella ya ha empezado a contestar con un rosario de pesares: “Tenemos a muchas personas con diferentes discapacidades aquí, en el barrio. He pasado muchas calamidades, prácticamente no tenemos una buena situación. Hay muchas complejidades”, exclama, al tiempo que un coro de voces vecinales asienten sus palabras.
Aquí, mal que bien, ha podido encontrar un lugar donde vivir, donde darle una mejor vida a su bebé. Llegó a Cartagena con su hijo, con la esperanza de poder sanarlo de una amebiasis severa que, en Lagunilla, su municipio de origen, en Venezuela, ya parecía imposible de tratar. No había médicos, medicinas o dinero para comprarlas. “Gracias a Dios ya está bien”, dice y una sonrisa florece en su rostro.
Aquí también ha podido encontrar la bondad de sus vecinos. Está rodeada de ellos. Aplauden su testimonio, como si se tratara de una función, de un monólogo real. Solo dan ánimos. Los necesita. Es una catarsis, un desahogo frente a un periodista que no conoce pero al que desea hacerle saber buena parte de sus penas. Un desahogo por el que atraviesan o han transitado todos los presentes. O casi todos.
Para ella, por ejemplo, la posibilidad de encontrar un empleo es remota. “En Venezuela vendía café y cigarros, aquí he pasado sacrificio porque era muy difícil cuando yo salía, era incómodo. Con mi discapacidad visual, yo la he visto difícil”, sostiene. (También le puede interesar: La historia de Angelina Sardi y un nuevo comienzo en Cartagena)
Para llegar a su casa, hay que atravesar varias calles sin asfaltar y empinadas, donde abundan desniveles, huecos y piedras... pero en esa misma realidad es feliz. “Me da alegría que estoy con mi madre, con mi hermana... Siempre hemos estado unidas y, gracias a Dios y a la Virgen, tengo mi casita. Hay muchas personas desempleadas aquí, en el barrio y, en verdad, estamos pasando necesidad”, me refiere. En definitiva, la unidad familiar en la Calle Venezuela representa un dossier de sentimientos abrasadores para cada uno de los seres aquí presentes... y para Keyla, en particular, representa el destello fotosintético de la luz que no puede ver.
“Salimos porque no había yeso”
Los niños espolvoreados juegan en la calle con un balón roto, los y las jóvenes quieren conseguir empleo y prosperar, los hombres y las mujeres levantan sus hogares de la nada, los y las adultas mayores luchan por igual. Incluyendo a doña Alba Rosa Rivera. Está a unos pasos de Keyla. Tiene una muleta. Su familia la acompaña, también los vecinos.
“En Venezuela dejé mi casa. Aquí desde que llegamos ha sido lucha y lucha”, cuenta.
Hoy, a sus 71 años, no tiene vivienda, conseguir alimentos no es fácil, se esfuerza todos los días contra los dolores del cuerpo, pero mantiene viva la esperanza de ver mejor a los suyos. A los ‘achaques’ de la edad, dice, se le suman las preocupaciones por un futuro incierto.
Alba es colombiana, de Cartagena, vivió por muchos años en Venezuela, trabajó como conserje en edificios de Maracaibo, Estado Zulia, también como empleada doméstica. Regresó a su tierra por una razón poderosa: su bisnieta. La pequeña venezolana, que hoy tiene siete años, nació con una condición de especial cuidado: pie equino.
“Mi mamá (Alba) y yo no hemos dejado de luchar por conseguir que a mi nieta la operen. Desde que nació tuvo su control en Venezuela, con yesos y tratamientos, pero como la cosa se complicó en ese país, allá todo se detuvo. No había operaciones, tampoco yesos, entonces me la traje, pensé que aquí iba a ser más fácil, pero no ha sido así, por los papeles. Yo soy la abuela y, al mismo tiempo, soy como la mamá de la niña. Su madre, que es mi hija, tiene una condición especial de discapacidad auditiva, a sus 18 meses de nacida me di cuenta que no escuchaba”, ahora quien habla es Inés María Bastista Rivera, hija de Alba Rosa. La pequeña corre y juega junto a otros niños venezolanos y colombianos en la calle destapada y llena de testigos.
Un café en una taza roja ameniza la conversación con vecinos hambrientos de oídos. Alba Rosa, su hija Inés María, su nieta que sufre de discapacidad auditiva y su bisnieta, con pie equino, viven todas en una casa cercana, también de tablas.
“Esta familia da cuenta de una condición muy difícil que pasan muchas personas que llegan de Venezuela en esta zona”, comenta Ada Luz Rojas, una colombiana líder, en condición de discapacidad, quien ayuda a la población migrante, especialmente a niños, con discapacidades, por medio de una organización que fundó: la Asociación Construyendo Sueños para la Vida.
Mientras tanto, las tres mujeres esperan que la salud que han encontrado en Colombia les alcance para cumplir el sueño de ver a la pequeña “caminar bien”. Un deseo que comparten al unísono sus vecinos, porque aquí, reiteran: “Todos somos una familia”.
El día de la génesis
Con una maleta cargada de sueños, Estiven de Jesús Jiménez Pérez emprendió un viaje en 2008 que lo llevaría en busca del “sueño venezolano”, sueño que consiguió en las medidas de sus posibilidades, pero que se transformó en una pesadilla en 2017, cuando la crisis de Venezuela agudizó. Regresó con una esposa venezolana que Dios puso en su camino, a quien ama y con quien tiene ahora tres hijos. Ahora, frente a todos, en la misma calle, se miran y profesan amor.
“Es un excelente padre. Me enamoró su carisma, su dedicación. Es muy encantador, el amor llegó por sí solo, tuvimos la oportunidad, por medio de un familiar, de conocernos y se dieron las cosas”, exclama Yulisbeth González. Ríe tímida y con ella todos ríen.
“Esto era monte y culebra. Tuvimos la oportunidad de levantar nuestros ranchos acá y lo hicimos. Fue algo difícil. Vivíamos en zozobra, en tinieblas, no dormíamos, no pestañeábamos, porque hicieron varios operativos para desalojarnos. Gracias a Dios tenemos nuestro abogado y ya estamos más tranquilos con eso. Dios es tan grande y poderoso que nos dio la tranquilidad de que ahora estamos constituidos por este sector, que es el 27 de Octubre, lo llamamos así porque ese fue el día que comenzó todo”, explica Estiven, quien se reconoce como uno de los fundadores.
“Para mantener la seguridad nos comunicamos por grupos de WhatsApp, tenemos gente buena viviendo aquí en nuestro sector. Nos consolidamos. Para muchos entes públicos, somos personas invasoras, pero aquí hay personas que merecen un espacio digno, una vivienda propia, bien seas colombiano, bien seas venezolano o de donde seas”, precisa el colombiano.
Un mapa imaginario
“Esta calle, el 70% de sus habitantes son venezolanos y el resto son hermanos colombianos. Hay niños que si no tienen el PPT (Permiso por Protección Temporal) y no tienen Sisbén no los atienden en el médico. A la gloria de Dios hemos salido adelante. Tenemos una pileta comunitaria para surtirnos de agua y nos turnamos una manguera, con una motobomba y así vivimos en la medida de lo posible. Somos humanos igual que todo el mundo”. Ahora el turno de la palabra le corresponde a Richard Sánchez, un venezolano, que hace las veces de líder de la zona.
“Cuando nosotros nos mudamos aquí había como seis casas. Ahora hay cerca de 200 en todo el 27 de Octubre. El 27 de octubre de 2023 cumplimos cuatro años”, complementa.
Como él, muchos de quienes lo acompañan migraron cuando hubo un punto de quiebre irreversible, cuando hubo una irrevocable convergencia de necesidades, cuando el eco de las ausencias hizo mella directamente en sus estómagos, en sus pieles, en sus cuerpos moldeados por la frenética y visceral escasez, cuando no había médicos o medicinas posibles. Cuando dolían sus almas y el acongojo del desconcierto los gobernaba.
Hay una pequeña fila de testigos-protagonistas. Hay libretos de vidas forzadas. Hay murmullos y, entre ese bullicio vecinal, el sollozo de un silencio desconcertante aparece. Es la ausencia de las palabras que la vida le cercena a ratos. De todos los rostros de todas las personas allí presente he visto directamente una agonía incipiente en los ojos de Luis Montes, de Maracaibo. “Yo en Venezuela era supervisor de empresas. Allá quedé sin trabajo. Con la plática que me habían dado de liquidación había puesto un pequeño abasto en la casa. Pero, en 2017, entró el apagón que duró como 15 días y se dañaron todos los productos, se dañó la carne. Lo poquito que nos quedó, nos tocó agarrarlo y venirnos para Colombia. Aquí tenemos siete años ya. Ahora trabajo como reciclador”, refiere, llora y calla y, con él, todos callan y aparece aquel silencio que llega cuando las palabras no alcanzan para explicar algo tan grande pero tan grande que no podemos explicar en cualquier idioma. (Vea también: Video: La historia de una familia que resurgió en Cartagena)
La Calle Venezuela hace parte de los tantos sectores donde se han asentado los más de 70 mil venezolanos que han llegado a Cartagena durante los últimos años. Los sistemas de Migración Colombia han expedido más de 64 mil Permisos por Protección Temporal (PPT) para ciudadanos venezolanos en la ciudad Heroica, representados el 64% en mujeres y el resto en hombres, siendo de 18 a 30 años el rango etario con más personas, con al menos 18 mil. En Cartagena, 52 mil de estas personas migrantes han sido registradas en el sistema de salud, 48.800 al régimen subsidiado y 3900 al contributivo, lo que les permite acceso a servicios médicos. Es un vuelco considerablemente alto si se tiene en cuenta que hasta solo cinco años, en diciembre de 2019, solo se encontraban afiliados 1.754 migrantes en el régimen contributivo y 1.627 migrantes en el subsidiado.
En la ciudad, además, hubo 88.601 atenciones en salud a población migrante entre enero de 2022 y febrero de 2024, según el proyecto ‘Comunidades saludables’, de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, Usaid, que incentiva programas de atención y recopila reportes al respecto. Aún así, existen casos como el de la pequeña nieta de Alba Rosa, con su pie equino, que aún espera ser operada y poder caminar bien.
En sí, los Cerros de Albornoz se han convertido en receptores de esa migración, así como otros barrios de Cartagena como El Pozón, Olaya Herrera, Nelson Mandela, Policarpa y Villa Estrella. Contrario a esos sectores, en la Calle Venezuela, la oferta de instituciones estatales para ayudar a la población migrante venezolana y colombianos que han regresado, no llega de la misma forma. La dinámica propia de la supervivencia les obstaculiza incluso estar bien informados de alternativas como el Centro Intégrate, una iniciativa conjunta de la Alcaldía y la cooperación internacional, para brindar asesoría en varios aspectos: educación, identificación, salud y empleo, primordialmente.
Hay una bandera amarilla, azul y roja, con siete estrellas, ondeándose imaginariamente en la Calle Venezuela. La real fue quemada por antimotines en un operativo de desalojo. Fue como si se quemase la esperanza misma pero también como sí en la misma hoguera la esperanza naciera con mucho más ímpetu y fuerza. Ahora la bandera vive izada siempre.
El olor a casa
Venezuela está calcada en ese mapa imaginario de esta calle del recién nacido sector o barrio 27 de Octubre. Es un mapa sin fronteras que se cruza, une y yuxtapone, a los puntos geográficos de Colombia. La docente Marta Dacaire dibuja en el aire de las palabras la fantástica casa abandonada que en Venezuela dejó, un contraste de altibajos con su nuevo rancho. Registros de la Federación Venezolana de Maestros, reportan que, entre 2015 y 2020 más de 100.000 profesoras y profesores, como ella, abandonaron el sistema educativo, para emigrar del país o para emplearse en otras actividades. Ello significa también una brecha que crece en Venezuela, la orfandad de docentes que sufre ese país.
El Observatorio de Educación FundaRedes reseña que un número significativo de los migrantes son profesionales, muchos de ellos de este gremio. Otros, son de otras profesiones, como la ingeniería, carrera que Yaneth Pérez esperaba ejercer al graduarse. Ella, también residente en la Calle Venezuela, recuerda las noches bajo bolsas negras mojadas de lluvia entre las que durmió los primeros días en que llegó a esta zona y cómo sus vecinos, entre todos, le ayudaron a levantar un rancho, con donaciones. Donaciones en la escasez.
Ingreso a la casa de una familia colombiana donde veo a un adulto mayor con una enfermedad que le produjo estragos neurológicos y lo tiene postrado en una cama. “Es un tipo de sífilis, no puede caminar, es muy difícil sacarlo de aquí, pero entre todos nos ayudan cuando hay que llevarlo al médico”, refiere su hija.
Aquí, Caracas se encuentra con Barranquilla, Maracaibo con Cartagena, Valencia con Montería. Es una vecindad vivencial, hay rastros marcados de Ciudad Ojeda, La Guaira, La Guajira, incluso de Amazonas.
He visto desde una de sus cúspides una línea de pequeñas montañas y ella irremediablemente me recuerda la vista del panorama desde mi casa, desde las alturas encrespadas del barrio Vista Alegre, en Guarenas, en Venezuela. Mi casa de bloques rojos desnudos está aún en la esquina de una colina. En ella vive la soledad del abandono, pero también la solidaridad de vecinos que aún la cuidan, después de tanto, tanto tiempo. Es una solidaridad también presente en el 27 de Octubre.
Richard nos invita a pasar a su casa en la Calle Venezuela. Es igual a todas, paredes de madera, piso de arena recubierto de plástico y un pequeño patio donde cuece en carbón el picadillo de carne que luego se convertirá en hallacas. Las prepara para compartirlas con sus vecinos. Entonces descubro en el bondadoso Richard un reflejo de mi padre.
Alfredo Agámez Mendoza vivía solo en aquella casa y, ocasionalmente, solía cocinar cantidades generosas de comida para repartir entre sus vecinos de Vista Alegre, una zona con muchas similitudes de necesidades a las de la Calle Venezuela.
Incluso, poco antes de intentar un infructuoso viaje de regreso a su natal Colombia, mi padre preparó una cena para compartir con esos vecinos, en medio de una agrandada escasez. Planeaba volver a Colombia después de casi 40 años de vivir de las riquezas venezolanas, pero en la víspera del periplo de retorno sus planes se arruinaron. Un 21 de diciembre de 2017, de madrugada, un crimen, un asalto hasta ahora perfecto, impidió el viaje y dejó aquella casa venezolana vacía.
En la Calle Venezuela son tantas las necesidades por atender pero el duelo por migrar no apaga las ganas del optimismo. “Aquí, por ejemplo, así como hoy nos reunimos pusimos globos y carteles, tratamos de entre todos celebrar los cumpleaños de los niños, para que ellos sientan esa alegría que vivían en Venezuela, que era un poco distinta pero que permanece aquí, con nosotros”, explica Karina Gómez Atencio, una ama de casa venezolana.
Huele a café, a leña, a comida, a la lluvia que se acerca sobre la montaña, huele a casa. En aquellos pequeños jugando en el polvorín, me he descubierto a mí mismo; en sus huellas, veo mi propia huella marcada en el cemento fresco hace más de tres décadas, aún visible en el piso del baño de mi casa en Vista Alegre. La huella de un niño que hace más de 20 años, cuando aún no existía tal crisis, salió hacía otro país, Colombia, la nación de sus padres, también para comenzar una nueva vida.
Cartagena, cuidad receptora
Colombia ha recibido más de 2.800.000 personas migrantes provenientes de Venezuela, desde que la crisis social estalló en el país vecino, según reportes de Migración Colombia. Cartagena, aunque no es una ciudad fronteriza, sí ha recibido a una parte de esa población migrante que se ha asentado mayormente en las zonas periféricas o de estratos bajos.