A finales de la década de los años 80 del siglo pasado el país estaba en medio de una de las peores crisis que jamás haya vivido, a causa de la violencia de las guerrillas, los nacientes grupos paramilitares, el narcotráfico y la falta de fe en un Estado que parecía no actuar ante semejante situación.
Colombia presenciaba cómo eran asesinados varios candidatos presidenciales. La gota que pareció derramar el vaso (aunque la violencia y los magnicidios continuarían) cayó un viernes fatídico, el 17 de agosto de 1989, cuando asesinaron casi simultáneamente a tres personalidades: al coronel Valdemar Franklin Quintero, comandante de la policía de Antioquia; al magistrado de la Sala Penal de la Corte Suprema Hernando Baquero Borda y al candidato presidencial Luis Carlos Galán. Especialmente con esa muerte, el país parecía perder las esperanzas.
Sin embargo, en las universidades el espíritu de los estudiantes se resistía a ceder ante el miedo y la violencia.
La figura que canalizó ese sentimiento fue el joven Fernando Carrillo, quien posteriormente se convertiría en uno de los constituyentes y más tarde Ministro de Justicia. En ese momento era profesor en la Javeriana, en la Santo Tomás y en los Andes, universidades de Bogotá.
“Una semana después del magnicidio de Galán se decidió organizar la marcha del silencio, salí liderando la marcha desde la Javeriana, en la séptima con 45; desde el Rosario salieron Marcela Monroy y Camilo Ospina; del Externado otros líderes; Fabio Villa desde la Nacional y nos encontramos en el Cementerio Central como a medio día, era una marcha de silencio absoluto, era un poco el tema de la rebelión pacífica. A partir de eso tomaron mucha fuerza las mesas de trabajo en la universidad privada y pública” cuenta Carrillo.
Las mesas eran sobre reformas sociales, económicas, a la justicia, a la política, de cómo luchar contra el narcotráfico y contra el crimen organizado. Los estudiantes se unieron bajo el lema: “por todo lo que nos une, contra todo lo que nos separa”.
Recuerda Carrillo que fue la primera vez que hubo una marcha estudiantil de universidad pública y privada buscando el mismo objetivo.
“Así transcurren tres meses. Después, comenzamos a pensar en cómo reformar la Constitución. En clase yo había planteado algunas ideas, en el marco de que como se iba a acudir a las urnas el 11 de marzo de 1990, cuando había elecciones (fue la última elección en la que se votó con papeleta), teníamos la oportunidad de que la Registraduría contara una más cuando se votara para elegir senadores, representantes, diputados, concejales, alcaldes y consulta popular del Partido Liberal”.
“Así que dijimos: metamos una papeleta nueva”, recuerda Carrillo. Se trataría de la séptima, con la cual los ciudadanos solicitaban la convocatoria de una asamblea nacional constituyente.
“Era profesor de derecho constitucional y me puse en la tarea de hacer toda la fundamentación jurídica de por qué era viable la séptima papeleta, luego fui a El Tiempo y al subdirector, el actual presidente Santos, le gustó el cuento y me dijo escríbase una columna y se la mandé el sábado 2 de febrero del 90”, recuerda Carrillo.
En dicha columna sustentaba por qué era necesario que Colombia tuviera una asamblea que renovara una Constitución que había sido creada en 1886 y que ya no se ajustaba a la realidad en la que se encontraba el país.
La columna salió publicada el martes 6 de febrero del 90 en El Tiempo, y se convirtió en una bola de nieve. A los 15 días Juan Manuel Santos escribió un editorial apoyando la séptima papeleta y todos los grupos políticos comenzaron a subirse a ese bus.
El mismo presidente de la República cuenta el episodio: “Fueron a mi oficina unos muchachos liderados por Fernando Carrillo y me dijeron vamos para esta idea de la séptima papeleta a una constituyente, me fui donde el presidente López (Alfonso, liberal que había gobernado entre 1974 y 1978) y escribimos una editorial entre él y yo, mi padre y mi tío estaban por fuera (el Director y el Editor de El Tiempo, Hernando y Enrique Santos). Cuando regresaron me regañaron muchísimo, pero ya estaba escrito. Luego los muchachos fueron a pedirme que si imprimía las papeletas y también les autorice la impresión de las papeletas, eso llevó a la carta que hoy nos rige”.
Por su parte, el exconstituyente y hoy director del Centro de Estudios Constitucionales Plural, Armando Novoa, cuenta que la llegada de la séptima papeleta fue producto inicialmente de la idea de los estudiantes, pero a su concreción y a su apoyo masivo concurrieron muchas voces, los medios de comunicación, los partidos políticos, la academia y un peso determinante tuvo el apoyo que se le dio con la desmovilización de grupos guerrilleros.
La lucha de los estudiantes no cesó allí, una vez la sociedad acogió la adopción de la séptima papeleta, fueron estos jóvenes quienes se encargaron de informar a los ciudadanos a través de los distintos medios de comunicación de la época la forma como se tenía que votar.
Tampoco se logró que la Registraduría distribuyera dichas papeletas; era responsabilidad de cada ciudadano acudir a la urna con su propia papeleta y depositarla. Carrillo cuenta que ya eran mediados de febrero y las elecciones eran el 11 de marzo, “entonces tocó organizar comités estudiantiles por todo el país, y enseñar a la gente a hacer las papeletas”.
Los estudiantes acudieron a las radios contándole a la gente cómo podían hacerlas. Finalmente muchas de las depositadas en las urnas terminaron siendo manuscritas. Los jóvenes en muchas ciudades realizaron un escrutinio informal que arrojó como resultado que más de dos millones de personas depositaron la séptima papeleta.
“La Registraduría nunca las quiso contar, pero para los efectos, algún día dentro de sus actas tendrá que estar contabilizado como ese elemento extraño que entró a las urnas el once de marzo”, manifiesta Carrillo
La lucha de los jóvenes por un país moderno que le diera herramientas al Estado, particularmente a la justicia, para luchar contra la violencia había dado su primer paso, ya no había marcha atrás. Se produce entonces un reconocimiento del presidente Virgilio Barco (liberal 1986-1990), hubo un hecho político, se expidió un decreto (de Estado de Sitio) y se obligó a la Registraduría a contar lo que sería la segunda papeleta, que fue la incorporación en el tarjetón de la elección presidencial de 1990 de la pregunta sobre si se quería o no la constituyente.
La Corte Suprema reafirmaría la decisión y dejaría la puerta abierta para crear no una reforma a la Constitución, sino una Asamblea Constituyente. A ella acudirían los sectores políticos más disímiles y contrarios, desde 25 liberales hasta 9 conservadores, pasando por 19 de la Alianza M- 19, algunos de ellos desmovilizados del grupo guerrillero y 11 representantes de Salvación Nacional, movimiento disidente del conservatismo, de grupos indígenas, de la UP (que había salido de las Farc) y de otros sectores nacionales.
La Asamblea fue un evento histórico. Ver cómo el líder conservador Álvaro Gómez Hurtado se sentaba a debatir al lado de quienes en el pasado habían sido sus secuestradores, era un hecho sin precedentes.
Cuenta Armando Novoa que el proceso constituyente los cambió a todos. “A unos que teníamos un discurso más radical de cambio político y social nos hizo entender que eran necesarios los consensos y la concertación y que eso implicaba acercarnos al centro político, a quienes tenían un discurso conservador, los hizo entender que el país no cabía en los moldes de ese viejo esquema de la Constitución de 1886 y que por consiguiente había que abrir la política a nuevos actores y a nuevos escenarios y ver que la constitución anterior no era suficiente para garantizar la democracia en Colombia”.
Todo el mundo llegó con sus propuestas y el proceso de la Constituyente obligó a buscar consensos; eso implicó renunciar a algunas cosas para llegar a acuerdos y defender unos principios y unas orientaciones que cada partido consideraba que eran imprescindibles para que se anexaran a esa Constitución. “Por eso es una Constitución de todos”, afirma Novoa.
Incluso dicen que el espíritu de acuerdo de aquel entonces fue tan grande que Álvaro Gómez, al llegar, dijo abiertamente que él iba a nombre de Salvación Nacional, para defender la Constitución del 86, pero poco a poco se fue convenciendo de que había que luchar era por la nueva Constitución y terminó siendo uno de los más importantes impulsores, formando parte de la presidencia tripartita, junto al liberal Horacio Serpa y a Antonio Navarro, del M-19.
En el Centro de Convenciones Gonzalo Jiménez de Quesada se trabajó en jornadas que iban de 8 de la mañana hasta las 3 de la mañana del día siguiente. Allí sucedió de todo, incluso cuenta Carrillo que desaparecieron todos los archivos unas semanas antes de la expedición de la Constitución. “Entonces la pregunta era quién tenía finalmente el texto de la Constitución, hay quienes dicen que el texto que se firmó no es el mismo que apareció más adelante, precisamente por las dificultades tecnológicas que había en ese momento, era como el descubrimiento de una gran cantidad de cosas al tiempo, fue inventarse una nueva forma de trabajar”.
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