Política

Carlos Gaviria Díaz, una mirada a la persona detrás del político

Compartir
COLPRENSA
01 ABR 2015 - 12:39 PM

Antes de entrar, aparece una obra Jean Baptiste Camille Corot. Al fondo, una pintura de Joan Miró. A la izquierda, una foto de Jorge Luis Borges. A la derecha, la imagen del filósofo Ludwig Wittgenstein. Y en medio de todo eso, una sonriente mujer en pantalón de sudadera y camisa que dice en tono paisa: "bienvenido, siga". Es la casa del senador y ahora candidato a la presidencia Carlos Gaviria Díaz y su esposa María Cristina.

El aire tiene aroma a papel antiguo y frutas. A pocos metros, en un comedor redondo de madera, un hombre de corbata termina su desayuno, que incluye pastelitos con mucha miel de maple. También se presenta: "mucho gusto, Juan Carlos Gaviria, el hijo". El departamento es pequeño, o tal vez luce así por la cantidad de libros que hay: tomos de arte, vinos, filosofía, poesía, en fin, de todas las clases, nuevos, antiguos, en inglés, español, alemán y otros idiomas.

Y entonces asoma Carlos Gaviria. El abogado y ex magistrado nacido en Sopetrán, (Antioquia), de 69 años, cabello y barba de extremo color blanco, gafas delgadas, ademanes despaciosos y pacientes, cuerpo robusto y una voz, entre gruesa y aflautada, que dice: "cómo estás, un placer, ya estoy contigo".

Y de inmediato vuelve a refugiarse, como lo hace cada vez que puede del bullicio, la tensión, las prisas y la responsabilidad para "reflexionar", "fantasear" e "irse de la realidad", acompañado por las notas de Franz Schubert, Johannes Brahms, Ludwig Van Beethoven y Johan Sebastian Bach, sus compositores favoritos.

A Carlos Gaviria, quien el 12 de marzo le ganó sorpresivamente y por estrecho margen la candidatura a su rival Antonio Navarro, no le da temor decir que disfruta quedarse solo en el estudio para perderse del mundo con un buen libro y notas de música clásica en el equipo de sonido.

"Hoy añoro la tranquilidad y el ambiente donde esté solo, o con las personas que yo elija. Todo el tiempo requiero de una pausa para dejar que la imaginación vuele", expresa mientras recuerda ese día hace más de cuatro años, cuando decidió romper su tendencia a la tranquilidad.

Una oferta política

La transformación de Gaviria, el sereno profesor y magistrado padre de cuatro hijos; en el contestatario senador Gaviria que ahora busca la Presidencia de la República, fue culpa de tres hombres: Luis Eduardo Garzón, Enrique Borda y Daniel García Peña, quienes querían conformar el Frente Social y Político, a la postre embrión de Polo Democrático.

"Yo estaba muy renuente, quería participar pero como un soldado raso. Estaba a punto de terminar mi periodo en la Corte Constitucional (1993—2001) y ya era conocido por ese oficio, entonces me pidieron encabezar la lista a Senado, acepté, y tuve la quinta votación más alta del país", recuerda.

Desde ese momento, la vida se transformó. Adiós a la tranquilidad de la literatura, y bienvenida la vida agitada del Congreso, una institución en la que, confiesa, debe hacer enormes esfuerzos por mantener el equilibrio del hombre que ha creado en medio de filosofía, novela y poesía, mientras comparte al lado de avezados ‘animales políticos’.

"Yo siempre hablo de respeto y no de tolerancia, porque son muy diferentes. En el Congreso debí consolidar el respeto cuando difiero de las opiniones de un colega pero también la tolerancia, por ejemplo cuando el senador Moreno de Caro incurre en conductas a veces humorísticas, pero grotescas en otras ocasiones".

Luego de cuatro años de debates, largas discusiones y la consolidación de su imagen como representante de la oposición, aparece un nuevo salto hacia otro sitio aún más atípico para su personalidad reposada: la plaza pública y el dilema de enfrentarse a un público ajeno a la academia o a los salones de conferencias. "¿Cómo hablará, como profesor o político?" Se preguntaban su esposa y sus hijos mientras esperaban, hace dos semanas, que iniciara un mitin el parque Berrío de Medellín.

Y la respuesta fue: "usó ambas". "Soy renuente al histrionismo y un muy mal actor. Por eso, trato de encontrar un punto medio entre el lenguaje emocional, el gesto, y un lenguaje reposado. El grito no es vehículo de las ideas", comenta.

Y aunque confiesa que no lo trasnocha el poder y que nunca ha sido su sueño ser Presidente de la República, cree que en este momento es necesario presentarse para defender lo que llama "su ideal principal de vida": la libertad "entendida como autonomía de decidir y hacer lo que se quiere".

Ahora, Gaviria está allí, parado en una tarima, listo a exponer su plataforma política. Pero en su interior añora regresar a alguna de sus dos casas en Medellín o Bogotá y refugiarse de nuevo en la soledad y el reposo de un buen libro, como en los tiempos de su infancia, entre la capital de Antioquia y Sopetrán.

El síndrome de abstinencia

Eran los años 40. Su padre, Carlos Gaviria Arango, se dedicaba al oficio de periodista en medio de un mundo bohemio del que escapó una vez y para siempre, mientras su madre, la maestra de escuela María de la Paz Díaz, le leía en voz alta al futuro senador "Los miserables", de Víctor Hugo. De ahí que incubara desde niño el contagioso germen de la literatura. Y ese ‘mal’ luego se hizo patológico cuando tuvo en sus manos el primer libro que leyó en su vida: ‘Príncipe y mendigo’, de Mark Twain.

Lector compulsivo hasta altas horas de la noche, confiesa que cuando las ocupaciones no le permiten abrir un libro antes de dormir, sufre una especie de síndrome de abstinencia. "Me acuesto desconcertado y me siento muy mal, con una desazón grande, como si dejara de hacer algo muy importante", revela.

Por eso, para calmar esos síntomas inevitables de la adicción a las letras, decidió desde los 7 años cultivar y atesorar uno a uno todo tipo de libros. Y el resultado es que entre Medellín y Bogotá se da el lujo de ostentar una biblioteca de más de seis mil tomos donde abundan las obras de Borges, su autor preferido, así como historia, filosofía, sociología, derecho constitucional, política, poesía, ficción y mucho más.

Su filósofo de cabecera es Ludwig Wittgenstein y por eso el cuadro que ocupa un lugar de honor al lado de Borges en el estudio de su casa de Bogotá.

"Ese filósofo me gusta porque llevó una vida apasionante y dolorosa. Parecía difícil de unir ese temperamento apasionado de su existencia con el sereno que revela en sus escritos. Yo a veces me debato entre la serenidad y la pasión arrebatada, porque mi carácter tranquilo fue una conquista que logró superar un temperamento emotivo".

Las neurosis y un edificio enfermo

Son las 9:30 de la mañana del jueves 16 de marzo y comienza el último período de Carlos Gaviria como Senador. En su oficina lo recibe Liliana, su secretaria, quien se toma unos minutos para hablar sobre la agenda del día. Después se refugia en su lugar de trabajo, presidido por una foto del filósofo Bertrand Russell, quien inspira su tendencia religiosa.

"Soy agnóstico como él. Eso significa que cuando uno tiene la convicción de que sólo el conocimiento racional y empírico son confiables, se concluye que ni la experiencia o la razón dan cuenta de la existencia o inexistencia de Dios. Puede que exista, pero puede que no, y por eso uno debe ordenar su vida de acuerdo a una ética no teísta (sin Dios), pero con profundo respeto por las creencias de los demás", explica con paciencia de profesor.

Pero además de sus creencias, revela que sufre lo que llama "neurosis", que algunas veces se ven acentuadas por las largas jornadas de trabajo legislativo. Por ejemplo, es un fanático del aseo y se siente sumamente incómodo cuando debe comer de afán en su curul y no puede después "asearse como es debido". "¿Usted recuerda una película llamada Mejor Imposible, con Jack Nicholson? Yo soy parecido, pero sin todos sus extremos".

Por eso, donde quiera que esté, carga un trapo para limpiar sus zapatos, porque si los nota un poco sucios, "de inmediato creo que mis pies están igual y comienzo a encogerlos, a recogerlos y me pongo sumamente tenso". Además asegura tener una enorme vocación por el orden, pero una absoluta incapacidad para ser ordenado. "Cuando tengo muchos objetos, no sé dónde están las cosas, eso me crea un angustia terrible", comenta con una sonora carcajada.
Y a causa de esa concepción que tiene del orden y el aseo, afirma no sentir nostalgia alguna por dejar el Senado, pues el edificio donde están las oficinas de los congresistas es un medio absolutamente hostil para su personalidad.

"En realidad esta edificación es enferma, no es amable. El edificio está sucio, los baños son terribles. Al llegar se advierte de inmediato el cambio de ambiente porque la gente no te mira, ni te saluda y por el contrario, es agresiva. Es curioso ver cómo el ambiente físico determina un comportamiento frente al otro", se queja con vehemencia.

Aunque no extrañará la edificación, asegura que echará de menos a sus colaboradores y a los cuatro senadores que más admira: el conservador Roberto Gerlein "por la fuerte defensa de sus ideales"; el uribista Luis Guillermo Vélez, "por sus conocimientos económicos"; el liberal Víctor Renán Barco y "su destreza en temas financieros" y a Jorge Robledo, su compañero de tendencia política y uno de sus mejores amigos.

Son las 10 de la mañana y como es un obsesivo con la puntualidad, se apresta a irse al recinto del Senado, donde comenzará la sesión plenaria. Por eso, con paso cansino, camina hacia su curul para sentarse en silencio, como añorando sus tiempos alejado del vórtice político en el que está inmerso. Entonces, con voz lenta remata: "no puedo decirle que soy muy feliz, pero tampoco soy desgraciado". 

El abogado y ex magistrado Carlos Gaviria Díaz nació en Sopetrán, (Antioquia), COLPRENSA

Únete a nuestro canal de WhatsApp
Reciba noticias de EU en Google News
Publicidad