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Regional

¡Mandinga sea San José de la Montaña!

Este corregimiento del municipio de Mahates (norte de Bolívar) está cansado de suplicar que le instalen eficientes redes de agua potable y se le elimine una planta de tratamiento, que es poco lo que ha servido.

¡Mandinga sea San José de la Montaña!

Por su topografía pedregosa, el corregimiento tiene todas sus calles en buenas condiciones, aunque no estén pavimentadas. // Fotos Julio Castaño - El Universal

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Al corregimiento de San José de la Montaña, a pesar del hermoso nombre que tiene, nadie le llama así.

Le conocen como “Mandinga”, vocablo relacionado con una etnia africana llamada “Los mandingos”, que seguramente tuvo algo que ver con la creación del palenque San Basilio; y cuya cultura se inclinaba férreamente hacia los asuntos mágico-religiosos, lo que podría ser la causa de que a la susodicha palabra se le tome como uno de los tantos apelativos que suelen colgarle al diablo.

San José de la Montaña (o Mandinga, si se prefiere), al igual que Palenque, está metido entre cerros; y también pertenece al municipio de Mahates.

La diferencia consiste en que los mandingueros, en su mayoría, son de piel clara, cabellos rubios y ojos de varios colores, características que los acercan un poco más a los pueblos de la subregión de los Montes de María, la alta.

Para llegar a Mandinga solo hay que desviarse de la carretera Troncal de Occidente por un sector que llaman La Manga, del cual se desprende una vía de acceso, que, aunque no está asfaltada, se ve en buenas condiciones, a lo mejor por el empedrado liso que sobresale y hace ver la tierra áspera, pero resistente al tráfico y las lluvias.

El pueblo es pequeño, de clima moderado y rodeado de cerros eternamente verdes, pero también está dividido por sectores enmontados atravesados por la misma carretera que se desprende de La Manga.

Lo primero que se encuentra son las instalaciones de un colegio, una cancha de microfútbol, varios postes de palo fungiendo de alumbrado público, una tienda-ferretería, un descansadero para turistas, un salón de baile y una planta de tratamiento de agua potable, que tiene varios años que no funciona.

Más adelante de la planta de tratamiento construyeron un pedestal para adorar la efigie de San José, a unos pocos metros de un camino arenoso y penoso, que conduce a Mahates. Más al fondo, se ven las instalaciones de una casa solariega donde funciona el puesto de salud.

Pero se habla siempre del agua potable. Es ese el tema que más se revuelve en las bocas de los habitantes, cuando se les pregunta sobre necesidades y expectativas.

“Lo que queremos es que nos pongan un acueducto con todas las de la ley –dicen--, así como en Mahates y San Juan Nepomuceno, por ejemplo”.

En la zona enmontada hay un humedal de diámetro regular, el cual fue designado por la Alcaldía de Mahates, para dotarlo de planta eléctrica y unas redes que llevaran el agua hacia la planta de tratamiento, que está a un lado de la carretera, pero en la segunda sección del pueblo.

Ese engranaje (al cual le dicen “La represa”) que se supone llevaría el agua a unos colosales tanques de plástico, de donde los usuarios extraerían la cantidad que necesiten, funcionó durante algún tiempo en el que los efectos del calentamiento global se suponían lejanos y poco amenazantes.

Pero ahora, el humedal permanece con escasa agua e invadido de una taruya y de ramificaciones fluviales que sobrenadan en su escasa liquidez. No obstante, los pobladores aún lo usan para extraer el agua que servirá para bañarse y resolver los oficios domésticos.

“Aunque –dice Richard Ballesteros Ballesteros, el presidente de la Junta de Acción Comunal-- lo de la bañada estamos por eliminarlo, porque resulta que esa agua quieta como que ya está criando quién sabe cuáles micro organismos, y a algunas mujeres se les está afectando la piel y a los niños les está dando diarrea”.

Ballesteros está entre quienes creen que la obtención del agua potable podría solucionarse solo con que el pueblo se conecte a las redes que llevan el líquido a San Juan Nepomuceno, las cuales pasan por uno de los costados de la carretera Troncal de Occidente. De ahí en adelante, cada vivienda tendría sus propias tuberías y llaves funcionando 24 horas.

David Ballesteros, el inspector del corregimiento, recuerda que, en mejores tiempos, principalmente en el invierno, la represa duraba hasta cuatro meses proporcionando agua. Pero, con el paso de los años, sus niveles se han ido reduciendo, tanto que ni con la cruenta ola invernal del 2020 ha retomado sus primigenios bríos.

En la parte alta de la planta de tratamiento hay dos piscinas donde se procesaba el agua que llegaba a los grandes tanques, instalados en puntos claves del pueblo. Pero ahora (tanto como La represa) son generadoras de los enjambres de zancudos que aparecen en la tarde, o muy temprano en la mañana.

Al parecer, la recomendación de las autoridades sanitarias, respecto a lavarse las manos constantemente para reducir las posibilidades de contagio con coronavirus, en Mandinga muy poco eco ha tenido, empezando por las dificultades con el agua y por la tranquilidad (¿o irresponsabilidad?) de los lugareños, quienes se desplazan por todas partes sin tapabocas, además de que nadie les exige que se apliquen alcohol o gel cuando van ingresar a cualquier aposento.

Mientras se cumple el sueño de conectar las redes de San Juan Nepomuceno, al pueblo llegan carrotanques enviados por el Municipio, lo cual parece atenuar un poco la necesidad de agua para una ingesta más higiénica y decente.

“Otro problema serio –coinciden lugareños— es el puesto de salud. El médico viene cada ocho días, pero lo que necesitamos es que labore con día de por medio, porque el día que viene atiende 25 personas: doce son de control; y los demás, de consulta externa. Eso no se compadece con una población que ya alcanza los 600 habitantes”.

Tampoco se compadece con el aspecto de ruina que tiene el inmueble. Más que centro médico, se asemeja a un cuarto de San Alejo donde penan una camilla desvencijada, unas cuantas sillas, paredes y piso sucio, y carteleras amarillentas que hablan del cuidado de la salud infantil.

Por asuntos como este, Richard Ballesteros afirma que “Mandinga está declarado en abandono, porque Mahates no tiene que ver con nosotros. Ni para prestarnos vigilancia: el otro día, en la madrugada, se metieron en el colegio, rompieron la puerta, se llevaron el equipo de sonido, un congelador nuevecito, las estufas y las dotaciones para el Programa de Alimentación Escolar (PAE)”.

Y hablando de alimentos, Mandinga se caracteriza por el cultivo del ñame, el maíz y la yuca, pero ya no en las condiciones de cincuenta años atrás, cuando el mercado agrícola no era tan competitivo. Por eso, los agricultores dicen requerir de asesorías técnicas y dotaciones como bombas de regadío, plaguicidas, guadañas, cuartos de almacenamiento y tractores, entre otros elementos, que los pongan a la altura de los grandes cultivadores del departamento.

A pesar de erigirse en un territorio hondo, que recibiría las corrientes de agua que bajan de los cerros con cada ola invernal, Mandinga no se inunda. Sus calles no se convierten en barriales; y, por lo contrario, el terreno mojado aporta una pincelada más de belleza a la ya venturosa arquitectura residencial.

Las piscinas de la planta de tratamiento, por falta de funcionamiento, generan zancudos.
Las piscinas de la planta de tratamiento, por falta de funcionamiento, generan zancudos.
La comunidad quiere la eliminación de estos tanques, que poco servicio prestan.
La comunidad quiere la eliminación de estos tanques, que poco servicio prestan.
A este humedal le llaman “La represa”, pero cada vez menos genera agua para la planta de tratamiento.
A este humedal le llaman “La represa”, pero cada vez menos genera agua para la planta de tratamiento.

El agua de la represa solo sirve para bañarse y hacer los oficios domésticos, pero ya está produciendo afecciones en mujeres y niños”.

Richard Ballesteros

Presidente de la JAC

Los habitantes

de esta población piden a las autoridades

que les

construyan

un puesto de salud.

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