Ariel Vásquez, un campesino curtido, nacido y criado en El Piñique, corregimiento del municipio de Clemencia, norte de Bolívar, no quiere morirse sin ver asfaltada la vía que los une con la cabecera municipal y Villanueva.
Este sembrador de yuca, plátano, ñame, piña, ají, naranja y maíz dice que el olvido gubernamental es evidente, porque desde hace años sus coterráneos vienen haciendo esa solicitud, pero no les han prestado atención.
“Nosotros sufrimos mucho porque es difícil vender nuestros productos a un mejor precio, ya que debemos pagar el flete que cobran los camiones que se atreven a llegar hasta acá, sobre todo en épocas de lluvias, cuando el camino se vuelve más agreste”, dijo.
Ariel hace parte de una asociación de campesinos que lleva años pidiendo apoyo para que arreglen la vía de manera definitiva.
“Mire --prosigue--, esta vía puede unir a Arroyo Grande con La Línea, y eso nos traería progreso a nosotros, porque muchos viajeros pueden ahorrar bastante tiempo de un lado a otro”.
Como Vásquez, muchos labriegos de la zona, quienes habitan en las veredas El Califa, Aquí Me Paro, El Coco, San Isidro, Franco y Los Cerros, hacen la misma petición.
“Esta es una zona agrícola que produce yuca, plátano, maíz y muchos otros productos, que a veces terminan perdiéndose a falta de compradores. Fíjese que ahorita mismo hay más de cien toneladas de yuca sin arrancar, porque el precio está por el suelo y no vale la pena pagar para arrancarla. Pero si la carretera estuviera asfaltada, ya la hubiéramos vendido sin ningún problema”, considera Vásquez.
De igual forma, otros pobladores de la zona rural de Clemencia solicitan más inversión social de parte del Estado, para tecnificar los cultivos y sacarle más provecho a la tierra.
Podría considerarse que Clemencia es uno de los municipios más pavimentados de cuantos están a la orillas de la carretera de La Cordialidad, pero cuando se trata de visitar los corregimientos y veredas que se esparcen entre las montañas, el pavimento se extingue y se inician unos salvajes trazados de una tierra amarilla y fina, que podría calar hasta en lo más recóndito de los visitantes.
Entre las nubes doradas que levantan las camionetas de los grandes finqueros, se ven las efigies de hombres y niños en burro, cargando algún gajo de plátanos, sacos de yuca o de ñame. Otras veces no son las bestias sino las motos las que sirven de transporte de carga a través de esas vías ondulantes y ásperas como enormes láminas de lija.
Ahora mismo, los arroyos están secos, estado que aprovechan los obreros enviados por la administración municipal para canalizar esos cuerpos de agua, los cuales, a pesar de su aparente indefensión, se vuelven feroces cuando llega el invierno.
“Cuando cae un aguacero de esos bien berracos --cuentan los labriegos--, los arroyos se vuelan los puentes y nadie se atreve a cruzar, ni siquiera en carro, porque las corrientes podrían voltearlos y sacarlos de la vía”.
Pero no es ese el único temor que circunda la memoria de los lugareños cuando arrecia el invierno. También está la casi que imposibilidad de subir y bajar de un corregimiento a otro, de una vereda a otra o de una parcela a otra, por cuando los caminos empinados se transforman en un lodo jabonoso que hace patinar hasta las llantas de los carros con más agarre.
Para colmo de males, en caso de que se presente una emergencia, las ayudas podrían no llegar tan rápidamente como se quisiera, pues, en cuanto los viajeros se internan en las montañas, se desvanecen las señales telefónicas y debe esperarse a que alguien en bestia se devuelva y dé el aviso de auxilio.
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Raúl Cabarcas, alcalde de Clemencia, advierte que se une a la petición de los campesinos, en cuando a la necesidad de asfaltar la vía a El Piñique:
“Nosotros venimos desde el año anterior haciendo mantenimiento a esa vía y a las que conducen a las demás veredas, porque sabemos lo que sufren nuestros campesinos para sacar sus productos. En esta anualidad tenemos contratada maquinaria que está arreglando las vías veredales, con el propósito que cuando llegue el invierno no tengan tantos problemas para transitar. A este programa lo llamamos ‘Revolución Vial’”, cuyo objetivo es mejorar el acceso a todas las veredas”.
Dice que son más o menos 30 kilómetros de vías los que están siendo intervenidos con material y zahorra, lo que permite que sean transitables; y de paso anuncia que, con recursos de Gestión del Riesgo, se construirá un puente sobre el arroyo Chiquito, que en invierno se desborda y provoca inundaciones.
“Ya se ha realizado la canalización de un largo tramo y se espera iniciar pronto la construcción de este puente. El principal renglón de nuestra economía lo constituye el campo. Por eso realizamos esta inversión. En los últimos años, se preparó la tierra y hay cultivadas más de 300 hectáreas de plátano que ya están produciendo. También hay cultivos de mango, que en el mes de mayo dan la producción”.
Sostiene, además, que los campesinos son muy importantes para su administración: “No los hemos dejado solos, y no lo haremos. Estamos comprometidos con este sector y seguiremos apoyando y acatando sus solicitudes”.
A su vez, Yamil Coneo Tafur, secretario de Planeación de Clemencia, señala que, además del mantenimiento de las vías, existen proyectos de electrificación rural para mejorar las condiciones de los habitantes de las veredas: “También estamos adecuando varios jagüeyes para garantizar el acceso al recurso hídrico a los cultivadores en toda la zona rural”.
Tras estos anuncios, las expectativas de gente como Ariel Vásquez vuelven a expandirse como en el pasado. Solo que esta vez esperan que las montañas por fin se vean más elegantes tras el adorno asfáltico.