Los Montes de María, compartidos entre los departamentos de Bolívar y Sucre, conforman uno de los territorios más biodiversos y culturalmente vibrantes del Caribe colombiano.
Esta región es un sistema de colinas, bosques tropicales, quebradas y zonas de vida que se extienden entre 200 y 1.100 metros sobre el nivel del mar. Su ubicación estratégica —entre la costa Caribe y la Depresión Momposina— ha convertido a este corredor en un punto de encuentro natural entre especies, culturas y economías que evolucionan de manera conjunta. (También te puede interesar: Chepacorina y María Luisas: galletas tradicionales de los Montes de María)
Un corredor ecológico clave para Colombia
Los Montes de María hacen parte del ecotono Caribe - Andes, un territorio de transición que permite la coexistencia de especies de ambos sistemas. Por eso, aquí se encuentran bosques secos tropicales, uno de los ecosistemas más amenazados de Colombia, con su riqueza de aves, mamíferos y plantas que sobreviven en parches de montaña.
También prosperan cultivos como cacao, aguacate, ñame, yuca y cítricos, impulsados por la fertilidad de los suelos y por proyectos comunitarios que apuestan por la sostenibilidad.
En años recientes, iniciativas campesinas, organizaciones locales y proyectos internacionales han trabajado en la restauración ecológica, la reforestación y la protección de fuentes hídricas, fundamentales para el equilibrio ambiental del Caribe. Los Montes de María son, hoy, un laboratorio vivo de reconciliación entre la naturaleza y quienes la habitan.

San Juan Nepomuceno: la puerta verde de los Montes de María
San Juan Nepomuceno es conocido como la “capital ecológica de los Montes de María”, no solo por sus reservas naturales, sino por el liderazgo comunitario en la conservación. Aquí se ubica la Reserva Forestal Protectora de Los Colorados, hogar del mono tití cabeciblanco (Saguinus oedipus), una especie en peligro crítico de extinción y símbolo de la biodiversidad de la región.
El municipio es un punto de partida para caminantes, investigadores y viajeros interesados en senderismo, avistamiento de aves y educación ambiental. A esto se suma una tradición gastronómica particular, representada por productos locales como la galleta María Luisa, elaborada desde hace décadas en panaderías familiares y convertida en un sello del pueblo.
San Jacinto: la memoria viva del Caribe colombiano
San Jacinto es sinónimo de cultura. Este municipio es reconocido en Colombia y el mundo por sus gaiteros, sus tejedoras y su tradición artesanal ligada a la identidad montemariana.
En sus calles se escucha el sonido profundo de la gaita larga y la tambora, herencia indígena y afrodescendiente que fue declarada patrimonio cultural del país.
Además, San Jacinto es uno de los mayores productores de hamacas tejidas a mano, elaboradas en telar tradicional por mujeres que han transmitido esta técnica de generación en generación. Su diseño único y su carga simbólica hacen que cada hamaca sea una pieza de memoria y resistencia.
En el ámbito productivo, San Jacinto impulsa el cultivo de cacao fino de aroma, reconocido por su calidad y aroma frutal, que ha abierto puertas en mercados nacionales e internacionales.

El Carmen de Bolívar: corazón cultural y agrícola de los Montes de María
El Carmen de Bolívar es el municipio más poblado de la subregión y un punto de referencia histórico, comercial y cultural. Aquí nació la emblemática Chepacorina, la galleta tradicional creada hace más de ochenta años por Josefa Corina Ríos Torres, hoy un símbolo local que representa la creatividad culinaria de la región.
El municipio se destaca también por su producción de aguacate Hass, tabaco, yuca, cacao, miel y otros productos que sostienen a centenares de familias rurales. En los últimos años, El Carmen ha fortalecido sus organizaciones campesinas y sus apuestas por la economía solidaria, lo que ha permitido que cada vez más productores participen en mercados regionales.
Culturalmente, es un epicentro de festivales, música de banda, tradiciones religiosas y narrativas que cuentan la historia de un territorio que ha aprendido a reconstruirse sin renunciar a su identidad.

