Si una persona desprevenida llega un Viernes Santos a Santo Tomás y se encuentra con escenas en las que un hombre de flagela la espalda, una señora carga una copa de vino con el brazo estirado o a un joven cargando una pesada cruz, pensará que esas personas estarán locas o que perdieron la razón.
Y si pregunta qué porqué hacen eso. Las respuestas serán la mismas o parecidas: “lo hago porque ofrecí una manda si mi mamá se curaba”. “Lo hago porque me curé de una enfermedad terminal”. Es una infinidad de respuestas con las que justifican el acto de flagelarse o de recorrer hasta siete kilómetros cargando una pesada cruz.
Santo Tomás, ubicado en la parte nororiental del departamento del Atlántico, es famoso por los flagelantes. Una tradición religiosa o no, que ha puesto a hablar a propios y a extraños sobre este tema que para muchos es denigrante para el ser humano, pero no para los que se han visto “favorecidos” por algún milagro o testimonio de vida.
Uno de esos casos es el de Hernando Pérez, nativo de Santo Tomás, de 21 años edad, que tomó la decisión de cargar una pesada cruz durante tres Viernes Santos. El primero fue este último que pasó.
“Prometió cargar la cruz si su mamá se sanaba. Lo cual ocurrió y él ha empezado a cumplir la promesa que hizo. Se ve que está sufriendo, porque es la primera vez que lo hace. No podemos ayudarlo a cargar porque él tiene que hacerlo sin la ayuda de nadie”, nos cuenta una primera de Hernando, que lo acompaña en el recorrido.
Al joven Pérez se le ve que sufre. Sus pies descalzos se ven que han pasado por un camino lleno de espinas, pues camina pesadamente y arruga la frente cada vez que pisa un sitio duro o pedregoso. La calle es arena y tierra pisada en la que hay una que otra piedra. Eso y el fuerte calor que hace lo ponen caminar incómodo. En su rostro se refleja el cansancio. No puede hablar, sólo se queja.
“Falta poco para llegar”. Le dicen su prima y otros amigos que lo han acompañado en el recorrido.
Llega a la última estación. Cumple con su meta, pero acto seguido se desmaya. Sus amigos y personal de la Defensa Civil lo cargan, lo ayudan y lo colocan debajo de un árbol de mango que está diagonal al lugar donde está la última parada. Lo auxilian, lo hidratan y poco a poco recupera sus fuerzas. Ya cumplió el primero de los tres años de promesas que hizo.
Pero no solamente es Hernando Pérez, son varios los que año tras año hacen este recorrido, que empieza en el Caño de Las Palomas o en el camino del Puerto de San Bartolomé, recorren cerca de tres kilómetros en medio de un camino de herradura, recorren las calles del pueblo hasta llegar a última estación, después de pasar por seis estaciones previas.
Hombres y mujeres, mayores de edad, porque a los menores el Bienestar Familiar y la Policía de Adolescencia e Infancia no se los permite, hacen esto desde hace varios años. Unos llevan hasta 21 años, otros 19 y algunos lo harán de por vida.
Este caso es de un hombre que dice que hizo la promesa de hacerlo de por vida “porque un hermano mío no hablaba y prometí la manda si él hablaba, lo hizo y voy hacer por el resto de mi vida”.
No se quiso identificar. Este año delegó su penitencia a un amigo. “Porque en la empresa en la que trabajo no me dio permiso, entonces mi amigo lo está haciendo por mí. Lo acompaño en el recorrido y luego salgo para el trabajo. Estas mandas también lo pueden hacer otra persona si uno y ella quieren hacerlo”.
Pero no siempre las personas se flagelan, algunas simplemente prometen hacer el recorrido de a pie, nada más con un túnica blanca y caminando descalza. Eso sí no pueden pronunciar palabras y casi siempre en ayunas.
LA IGLESIA CATÓLICA NO ESTÁ DE ACUERDO
La Iglesia Católica no está de acuerdo con este tipo de “sacrificio” que hace la gente. Considera que la fe no debe estar sujeta a este tipo de sufrimiento. Además porque considera que han tomado eso como un mercado, donde la música y el licor pululan a lo largo del recorrido.
El Obispo Auxiliar de Barranquilla, Víctor Tamayo, dijo que esta práctica no estaba permitida por los católicos. Porque según sus palabras, lo toman para “parrandear, cuando esta es una semana para el recogimiento espiritual”.
Pero otra cosa piensan los que están involucrados. “Los que ofrecen las mandas son católicos practicantes, simplemente que ellos creen este tipo de milagros y si se sanan ellos o nuestros familiares es porque también está la fe de por medio. Yo estuve por nueve años flagelándome porque un hijo tenía un problema y se sanó. No ha tenido más nada y lo hizo la fe que puse en el Señor”, sostiene Luis, un nativo de Santo Tomás.
Y así como el señor Luis hay infinidad de casos en los que la flagelación les llevó bienestar a ellos o sus familias. “Y mientras la fe en algo se mantenga es difícil que este tipo de prácticas se acabe”, dice.
“Mire periodista, mientras existan los milagros la fe se mantendrá y esto en Santo Tomás no se acabará porque cada año hay nuevos penitentes y los que están no se van retirar así por así. Si ya el milagro está hecho toca es pagar el favor recibido, ya sea flagelándose o no”, termina diciendo el señor Luis.

