Bolívar

Jesucristo, el gallero de Simití

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LUIS TARRÁ GALLEGO
05 ABR 2015 - 11:58 AM

Una vez salido del sepulcro, después de ser descrucificado y tras los meses de pasión que significó la preparación desde enero, para su papel estelar de Jesús en la última estación de la procesión de Viernes Santo, Máximo Cuéllar Ramírez, el gallero del sector La Bota, de Simití, ha subido, como todas las mañanas, al terraplén anti-inundación de su vecina casa, a alimentar los gallos de su cuerda famosa.

Hace unos instantes era Jesús, y el patetismo con que representaba al Dios hecho hombre, vencido temporalmente por la muerte en la cruz, en compañía de entre otros, de la Virgen María y María Magdalena, ha quedado atrás.

Y don Máximo, como muchos otros simiteños que escenifican con fervor los personajes de la semana más famosa de la historia universal, vuelve a la normalidad de su cotidianidad, que por algunas horas presta a una Semana Santa que respira.

Sí, porque desde el sábado anterior, los actores del mayor drama de insurrección, reafirmación social, traición, tortura, esperanza y reconciliación de la vida humana se encarnan en miles de personas, que desde distintos roles reiteran una historia que se revive por estas calles calurosas desde hace 400 años, de los cuales los últimos 10, según unos, y 20, según otros, han sido de carne y hueso.

JESÚS EL GALLERO
Desde que se bajó de la cruz y orondo salió de la escena tipificada del Santo Sepulcro, a Máximo Cuéllar, este Jesús redivivo con sus 81 años a cuestas, los gallos de su cuerda le han cantado muchísimas veces más que las tres con las que anatemizó la negación de su discípulo preferido Pedro.

Para él, meterse en esta representación “significa, carajo, ser el hombre más grande de Simití. Aunque el fervor de la Semana Santa ha ido decayendo por la falta de plata, producto de la poca pesca que hay y a que antes había más respeto por esta tradición religiosa”.

MARÍA MAGDALENA, BUMANGUESA
De igual forma, para Gilma Delgado, ama de casa llegada hace 42 años desde Bucaramanga, quien por algunas horas es María Magdalena, esta ritualidad “es una semana en la que tenemos mucho recogimiento e interés por transmitir este sentimiento para que nuestros hijos y nietos sigan esta tradición. Meterme en el papel de María Magdalena es una experiencia grande, que deja la sensación de estar participando de esos hechos con nuestro señor Jesucristo”.

De igual forma, según el párroco Manuel Zabaleta, “para nosotros como comunidad parroquial es motivo de alegría darle a conocer al mundo una Semana Santa que es del pueblo y para el pueblo, pues es este el que la organiza y la celebra y es eso lo que la hace diferente”.

Por ello, según el presbítero, “el hecho del recogimiento total durante los días de la Semana Mayor es un proceso que se ha ganado desde que se involucró a la comunidad y se hizo protagonista y la siente como de ellos y tratan a través de ella de mostrar la mejor cara de Simití, que es la de su gente religiosa y comprometida, abierta a recibir a todos aquellos que la visitan, hasta llegar a ser una celebración que viven tantos los niños como los adultos”.

“Con la Semana Sántica hay celebración litúrgica para rato, pues los cien niños que la animan le dan ese aire de proyección en el tiempo que la potencian hacia un futuro imperecedero”.

MÚSICOS Y NAZARENOS
Para Rafael Mendoza, músico de conservatorio y simiteño de pura cepa “esta tradición de la música en la Semana Santa se consolida y aunque los que acompañamos estas celebraciones lo hacemos por devoción, el profesionalismo de los ejecutores es auténtico. Su entronización, como se ve ahora, la trajo un músico momposino de apellido Salcedo, que la introdujo por allá en la primera década del siglo pasado. Desde entonces, la tradición musical de la Semana Santa simiteña es un legado que se consolida y proyecta para muchos años”.

Otro elemento de tradición es el estrepitoso sonar de la matraca, que tinosamente administra Luis Presentación Cuéllar, un monaguillo bisabuelo, que desde hace 73 años acompaña misas y actividades religiosas y que es el encargado además de doblar a los muertos de esta localidad desde cuando no podía ni con las pesadas campanas de las Iglesia San Antonio de Padua.

Los nazarenos son otro de los conglomerados que animan esta conmemoración desde hace cuatro centurias, cuando a los curas encomenderos españoles se les dio por trasplantarla en este pedazo de la Serranía de San Lucas, en donde la piedad de muchos trataba de imponerse a la codicia desalmada de los buscadores de oro.

En esta trilla de tradiciones sustentadas por la devoción cristiana, Ismael Larios, un simiteño de 61 años, de los cuales lleva casi 50 de nazareno, advierte con inocultable orgullo:

“Uno de los motivos mayores de orgullo de los simiteños es ser parte de alguna de las cofradías y grupos de trabajo que organizan y realizan la Semana Santa. Es un fervor que nos viene por el convencimiento de la doctrina cristiana y que se ha transmitido por generaciones”.

Prosigue: “En mi caso, desde mi bisabuelo y hasta mis nietos, todos hemos estado comprometidos con su realización y espero que los de mi sangre sigan participando de ella por muchas generaciones más”, apunta con sentido orgullo religioso.

LA DULCE PASIÓN
Mientras, en el otro extremo del barrio Santa Gertrudis y a un lado del apacible intercostal del arborizado camellón que llena el espacio sacro del entorno de la Iglesia San Antonio de Padua, Etilvia María Arévalo, una ama de casa de la población, atiende gustosa a los parroquianos que ávidos se acercan a degustar las almibaradas y tradicionales delicias de los dulces hechos en casa por más de una veintena de mujeres simiteñas, que gustosas contribuyen con su sabor a la financiación de los actos de la Semana Mayor, que se nutre, parcialmente, con la venta de estas delicias.

“Los sabores aquí degustados son los de los dulces de guandú, ñame, cocadas, panelitas, arroz de leche, natillas, chicha de capote y de arroz, productos que tienen su salida, pues en Semana Santa a nadie parece importarle la dieta”.

Y así, de paso en paso y de dulce en dulce, la Semana Santa de Simití (Bolívar) continúa consolidando una tradición que está profundamente arraigada en las creencias religiosas de una comunidad, a la que año tras año más foráneos la acompaña con inocultable devoción.

Aspecto de una calle de Simití. FOTOS CORTESÍA: LUIS TARRA

FOTOS CORTESÍA: LUIS TARRA

FOTOS CORTESÍA: LUIS TARRA

Máximo Cuéllar Ramírez, el gallero del sector La Bota, de Simití, de 81 años, que cada Viernes Santo, durante muchos años, ha tipificado a Jesés, el hijo de Dios.

Máximo Cuéllar Ramírez en el legendario papel de Jesucristo.

Luis Presentación Cuéllar, un monaguillo bisabuelo, que desde hace 73 años que acompaña misas con el estrepitoso sonar de la matraca, elemento de tradición en Simití. FOTOS CORTESÍA: LUIS TARRA

Rafael Mendoza, músico de conservatorio y simiteño de pura cepa. Tradición musical de la Semana Santa simiteña.

Manuel Zabaleta, párroco de Simití. FOTOS CORTESÍA: LUIS TARRA

Ismael Larios, un simiteño de 61 años, de los cuales lleva toda una vida de nazareno, casi 50 años.

Semana Sántica con los niños de Simití, devoción para rato.

La cripta de Jesús, el santo sepulcro.

FOTOS CORTESÍA: LUIS TARRA

Gilma Delgado, ama de casa que por algunas horas del Viernes Santo es María Magdalena.

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