Bolívar


Las tejedoras de Mampuján y su arte para sanar

Contando historias a través de la tela, las tejedoras de Mampuján no solo han logrado sanar sus heridas sino que también han hallado un propósito para vivir.

JULIE GONZÁLEZ ORTEGA

12 de octubre de 2020 12:00 AM

“Si no hubiese sido por este arte, no podría contarte la historia que te voy a contar, porque seguramente estaría allá afuera llorando. Cuando yo estoy cosiendo, me pierdo. Es como si me fuera a los cerros de Mampuján Viejo y comenzara a plasmar en la tela todo lo que veo (...)”.

Pabla López tenía apenas 15 años cuando vivió el desplazamiento forzado de Mampuján en los Montes de María. Fue el 11 de marzo del año 2000 cuando los paramilitares obligaron a más de 300 familias a abandonar su territorio, en un hecho que indudablemente partió su vida en dos, aunque en ese momento no lo supiera.

“Cuando me dijeron que teníamos que salir de Mampuján por 10 o 15 días, como niña estaba alegre, solo pensaba en que iba a ir a María La Baja. Pero pasaron los días, pasaron meses y luego fueron años. Y fue muy triste para mí no poder volver. En medio de todo eso mi familia paterna también pasó por unos casos que a mí me traumaron. A los tres meses de desplazados las AUC mataron a un hermano de mi papá, y cinco años después al hijo de ese tío. Yo vivía muy triste. De pronto estábamos hablando aquí normal y yo salía llorando de pronto sin pasarme nada, era muy horrible”, dice Pabla, al paso que da unas puntadas a un tapabocas que está confeccionando mientras conversa.

Eso lo aprendió de su madre, quien hizo parte de las tejedoras de Mampuján primero que ella también para sanarse de sus propias heridas, y fue allí, que finalmente pudo comenzar su proceso personal.

“En esos tiempos hicieron unas capacitaciones, me invitaron y yo fui. Me tocó contar y dibujar la historia que me había marcado, y recuerdo que yo lloraba porque sentía que esa era una de las peores cosas que me habían podido pasar. Pero hubo un momento, cuando me tocó plasmar la historia en una hoja de bloc y pasarla a la tela en que me di cuenta que ya no tenía ganas de llorar y que a través del arte podía sacar todo ese trauma que tenía”, dice.

Ahora Pabla teje un colorido tapabocas en el que se ven unas niñas cerca de un arroyo, y al preguntarle de qué se trata simplemente responde: “aquí estoy transmitiendo un poco de mi alegría cuando era niña, porque quiero que los demás lo vean y sepan de eso. Porque nosotros vivíamos en Mampuján Viejo y teníamos límites de muchas cosas, pero a pesar de eso éramos felices, con lo más mínimo conseguíamos para jugar y eso ya era felicidad para nosotros”.

Es esa la esencia del trabajo de las tejedoras. Poder pasar de las historias de llanto y de horror que les ayudaron a canalizar sus sentimientos en algún momento, a las historias de esperanza y resiliencia, que ahora demuestran que es posible levantarse aún del peor de los dolores.

“Yo quería aprender primero que todo para ayudarme a mí y después, para ayudar a los demás”, sentencia Pabla.

Sanar el dolor

Mampuján Viejo. Con ese apellido recuerdan al territorio del que violentamente las sacaron hace veinte años, de esta manera se diferencia de lo que ahora se conoce como ‘Mampujancito’, el lugar donde fueron reubicadas las familias y donde comenzaron a darse las primeras puntadas para sanar por parte de las tejedoras.

Juana Ruiz, líder social y representante de la Asociación de Mujeres Tejiendo Sueños y Sabores de Mampuján, explica que la idea nació precisamente con el fin de curar ese duelo, de recordar sin rabia y sin dolor, y de plasmar la memoria de lo que pasaba en la década del 2000 en los Montes de María.

“Tres años después nos organizamos y decidimos que había que parar la guerra, que había que detener el ciclo violento y que teníamos que sanar nuestros espíritus, entonces nos reunimos a hacer cosas y una de esas fue tejer lo que estábamos sintiendo, lo empezamos a hacer en tela sobre tela y al experimentar esa tranquilidad comenzamos a vincular a otras mujeres”, explica Juana, que en todos estos años ha sido testigo de la evolución de las tejedoras y de la capacidad de este arte para sanar, no solo las heridas de la guerra, sino muchas otras que a veces también pasan desapercibidas.

“Nosotras nos dimos cuenta de que este era el camino para empoderarnos. Solo en medio de este trabajo yo le pude decir a mi mamá que me abusaron sexualmente. Fue un miedo que tuve toda la vida, un estigma que sentía. Siendo una niña de seis años abusaron de mí y yo solo le pude decir a mi mamá cuando empecé a coser”, dice Juana.

“Esto me ayudó a empoderarme y a pensar en cuántas personas no habrán pasado por lo mismo y están calladas porque no tienen confianza para decirlo. Pero esta es una manera de sanar y de hablar sin palabras”, agrega.

Es así que a través de este arte Juana le apuesta a seguir ayudando a más personas a que se liberen tal como ella lo hizo, no solo en el marco de la guerra sino también en otros aspectos que así lo ameriten, como lo es la violencia intrafamiliar, un fenómeno que en su criterio aumentó en Mampujancito como consecuencia del hecho del que fueron víctimas.

Imagen masacre
Mediante la técnica de cosido de tela sobre tela las tejedoras comenzaron a contar sus historias.

De llorar a cantar

Keyla Maza también era una niña cuando ocurrió el desplazamiento y fue entonces cuando se aferró a su mamá para seguirle los pasos en lo que tenía que ver con el tejido. “En su momento fue complicado porque ellas cosían y lloraban, era un contraste muy fuerte, yo también era muy llorona y lloraba con ellas”, dice. Sin embargo con el tiempo fue entendiendo el poder transformador que tenían las historias que allí se relataban.

“Si nos vamos a nuestros inicios yo creo que podemos mandar un mensaje de resistencia, de empoderamiento, de resiliencia y de una u otra manera de esperanza. Podemos decir con esto que la paz es un proceso que se construye desde nosotros mismos como individuos, no es que el presidente o el Estado desde allá van a construir la paz y una manera para que los hechos no se repitan es haciendo memoria. Ahora contamos historias alegres y el hecho de tejer una historia que sabemos que va a llegar a muchas personas y que es una manera de contar lo que nosotros vivimos y nuestra cultura se siente chévere”, manifiesta Keyla.

Su madre, Gledis López, también está de acuerdo, porque si bien el desplazamiento le trajo una de las épocas más amargas que puede recordar, ahora, tejiendo, ha encontrado un propósito.

“Nosotras de pronto en el desconocimiento creíamos que para que las cosas no nos hicieran daño teníamos era que echarles tierra y olvidarlas sencillamente, no estábamos empoderadas en ese entonces. No sabíamos que no es que olvidemos sino que más bien vivamos las cosas y que aprendamos a manejar las situaciones que se nos presentan. Luego de coser, de recordar lo duro y lo amargo, efectivamente como dijo mi hija comenzamos a llorar, no estábamos sanas, sentíamos que nos habían quitado todo y que nos dejaron con las manos vacías, que estábamos desprotegidas y que necesitábamos algo para volver a creer.

“Comenzando nosotras a hacer el arte descubrimos que nos estaban preparando para algo muy bueno y que no solamente era para que cambiáramos el rumbo y ser más productivas sino para que pudiéramos tener en nuestro interior una sanidad de todos los traumas y del estrés que estábamos viviendo en ese momento.

“Fue así como cosiendo, puyándonos, llorando, comenzamos a reconstruir todas las partecitas que estaban dispersas cada una por su lado, y comenzamos a construir las historias que hoy después de todo contamos con orgullo y entusiasmo, porque no solo es nuestra historia, sino que también hemos ayudado a mucha gente a que salga de las diferentes situaciones difíciles que esta vida tan dura nos ha llevado a afrontar”, explica Gledis.

Agrega que fue este mismo arte el que sin darse cuenta le ayudó a reponerse de los estragos que había vivido, a tal punto que también pudo perdonar a sus victimarios.

“Pude entender algo y es que el beneficio del perdón le hace más bien a quien lo da que a quien lo recibe, porque en el momento en que entendí que había perdonado, descansé. Antes yo estaba con una carga interior muy grande, y cuando uno siente que está cargado uno no se siente cómodo. En el momento que sentí que perdoné a los victimarios descansé y entendí lo que significa perdonar. Ya hablo del tema y no lloro como al principio”, dice.

-“¿Y entonces ahora cómo teje?”,-le pregunto-.

-“¡Cantando!, porque aunque no soy cantante, ¡me fascina cantar!”.

Imagen tapabocas
Las tejedoras ya no cuentan historias de dolor sino de esperanza.

Lo que viene

Gracias a estas historias es que cada vez más mujeres, se han ido sumando a este grupo, en el que además de apoyo también han encontrado una fuente de sustento estable para ella y para sus familias.

“Yo tejo desde hace como cinco años. Me motivó sobre todo el entusiasmo y el anhelo que yo vi en ellas, lo que el tejido hizo en sus vidas. Eso fue lo que a mí me ayudó. Antes me dedicaba era a mi casa y ahora me encontré con lo que es mi vocación. Ha sido una experiencia muy linda en la que he aprendido muchas cosas y he logrado transmitir a otras mujeres y comunidades sobre todo alegría, resiliencia y esperanza”, dice Janiris Pulido, otra de las tejedoras que ahora se alegra de que hasta su esposo se haya animado a coser.

En esto coincide con Ana Isabel Ortiz, otra tejedora de María La Baja que se sumó al proyecto. “Para mí aportar en el hogar es un orgullo. Es una alegría sentirme útil. Ha sido una alegría y muy significativo que a través de este desplazamiento de Mampuján podamos ser reconocidas nacional e internacionalmente, que nuestros trabajos donde llegan dan un impacto y son bien vistos, eso lo llena a uno de satisfacción y le dan ganas de seguir”, comenta, porque el arte no solamente les ha cambiado la vida sino que más bien se las ha salvado.

“Yo apenas comencé en enero de este año. Admiraba mucho la dedicación de las tejedoras y ahora hago parte de ellas. Esto me ha dado libertad”, dice Laudith Navarro, quien gracias al proyecto también ha ganado independencia económica.

Es así como la asociación de tejedoras se ha ido consolidando y ha ido creciendo y ahora la apuesta es por perpetuar ese arte y seguir adelante con las nuevas generaciones, para las cuales ya se están dictando talleres de transmisión de saberes con el fin de aprendan la técnica y puedan exorcizar sus propios dolores.

“Esta asociación ha crecido a tal punto que vamos a ser los administradores del primer Museo de Memoria a las Víctimas de los Montes de María, ya estamos a punto de que se aprueben los recursos y vamos a estar dirigiendo ese museo donde vamos a recibir personas de todas partes del mundo. Queremos hacer una réplica de lo que fue nuestra sanación a través de los colores, de los sabores y de la percepción de sentir agua en el cuerpo, que la gente que tenga un trauma de cualquier especie pueda llegar allí y ver lo que pasó, pero que salgan llenos de esperanza. Que haya un restaurante con la comida deliciosa que sabemos hacer y podamos compartir, que se queden con nosotros y lo experimenten”, puntualiza Juana Ruiz.

Imagen GRUPO
En el tejido, muchas mujeres desplazadas han podido encontrar, además de una terapia, una forma de sustento.

Epílogo

Dice Juana que antes de que Mampuján fuera desplazado había una profecía que rondaba por el pueblo: “A Mampuján le van a pasar cosas duras, pero no teman, no van a perecer, van a pasar por momentos difíciles, pero van a ser reconocidos en otras partes del mundo”.

En el año 2000 ser reconocidos por ser los protagonistas de uno de los desplazamientos más crueles del Caribe no parecía alentador, pero eventualmente ella y sus compañeras, que intentaban sanar a través del arte fueron comprendiendo el verdadero sentido de aquellas palabras.

En 2015 las tejedoras de Mampuján ganaron el Premio Nacional de Paz, en un hecho dignificante que les otorgó el reconocimiento de una labor silenciosa de tantos años.

Hoy a Mampuján han llegado estudiantes y personas de todas partes del mundo, intrigadas por conocer como el tejido de tela sobre tela logró remendar las heridas que el pasado les dejó. Pero más allá de eso lo que le emociona a las tejedoras es la posibilidad de que la gente ahora llegue a Mampuján a sanarse. Que conozcan su historia pero que también se sientan libres de contar y sanar las suyas.

La reinvención con la pandemia

Las tejedoras de Mampuján plasman su arte en tapices, bolsos, cartucheras, ropa, y en general, en diversos productos que hasta entonces acostumbraban a vender en las ferias donde las invitaban, o también al turismo académico que llegaba a Mampujancito, por lo que indudablemente la llegada de la pandemia también les afectó.

Sin embargo en medio de eso, también se reinventaron, y ahora añadieron los tapabocas a su canasta de productos, con los cuales también lograron abrir su primer canal de ventas en internet.

“Ha sido un proceso largo, bonito y de mucho aprendizaje y provecho. Cuando empezamos habían alrededor de 20 personas trabajando y ahora hay más de 70 porque no damos abasto para cubrir con la demanda”, comenta Juana Ruiz, representante de la asociación de tejedoras.

Si usted desea adquirir sus productos puede ingresar a la página www.latiendadelaempatía.com y ver el catálogo.

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