Su figura esbelta, sus ojos brillantes, su alegría y su resiliencia harían pensar que jamás ha conocido la palabra tristeza o depresión, pero decidió abrir la caja de Pandora para poner en evidencia una situación que muchos, sin distingo, puede vivir.
Su decisión por cambiar esa realidad que la rodeaba desde niña, por carencia de cosas materiales, hicieron de ella una mujer exitosa. Su padre siempre la negó, nunca aceptó que fuera su hija y solo a los 16 años, a la fuerza, le dio su apellido, pues hasta ese momento siempre había ostentado el de su madre, una mujer que vivía en la más absoluta precariedad, hasta el punto que tenía que lavar ropa ajena para poder darle lo mínimo.
Desde los siete años empezó a trabajar para poder comer, fue empleada doméstica, atendió niños, trabajó en almacenes y en todo lo que dignamente le pudiera generar ingresos para cambiar su realidad, pues considera que la pobreza se lleva en la mente.
Con esa maleta cargada de sueños, se fue desde Montería hasta Barranquilla a estudiar Comunicación Social. Tenía apenas 16 años, era ingenua, pero intrépida. No le temía a nada, pues la vida le había demostrado que, con ganas y verraquera, se podía cambiar el mundo.
En esa ciudad conoció a un hombre que deslumbró su inocencia. Resultó embarazada, situación que la obligó a suspender sus estudios. Empezó un nuevo calvario, que hizo aún más fuerte su coraza, pero también empezó a rodar con un hijo en brazos, a quien su padre le había pedido que abortara o que entregara en adopción, pero por quien luchó hasta convertirlo en el profesional que es hoy.
Ella es Alexandra Flórez Cantero, una administradora de empresas, con especialización y maestría, quien se desempeña como asesora de asuntos religiosos de la Gobernación de Córdoba, la mujer de sonrisa plácida, de temple, de palabras bonitas, de buen gusto y, sobre todo, la mujer de profunda fe.
Planeó su muerte
Nadie creería que ella hubiera sido capaz de planear su muerte. “El Viernes Santo de este 2022 decidí acabar con mi vida. Hubo un punto de quiebre que me hizo pensar que no valía la pena seguir en este mundo terrenal. Me sentía sola y afloraron en mí todos esos maltratos sicológicos que me hizo el papá de mi hijo, durante muchos años y la depresión postparto que tuve y a la cual jamás le presté la atención merecida”.
Ese día se arrodilló en el apartamento en el que reside, en el norte de la capital cordobesa, y le dijo a Dios que se quería ir con él y además le pidió una señal divina.
Cuando se disponía a ejecutar el plan que pondría fin a sus días, entró una llamada telefónica de una vieja amiga que había conocido en Barranquilla. Era la hija de un reconocido fotógrafo, a quien había visto cuando era apenas una niña. Esa fue la señal.
Ella le insistió que se vieran, pero Alexandra le sacaba una y otra excusa, que su amiga no validaba. No hubo otra alternativa, sino pensar “bueno, ¡qué más da! Voy a aplazar mi muerte unas horas más”.
Se vieron, recordaron cosas del pasado y la sonrisa que siempre le habían conocido, empezó a transformarse en lágrimas.
Esa señal, que ella atribuye al Dios que ama, la mantiene viva. “Entendí que cuando una persona sufre de depresión tiene que hablar y tiene que buscar ayuda. No podemos tragarnos el dolor porque eso afecta. La depresión es una realidad y le puede ocurrir a cualquier persona, de cualquier estrato y de cualquier nivel académico”, señala Alexandra, quien insiste en que debe dar testimonio de lo ocurrido para ayudar a otras personas que pueden estar pasando por la misma situación.
La importancia de hablar
Cuando empezó a hablar del problema, se consolidaron los grupos de apoyo. La sostuvieron de la mano los pastores de la iglesia donde ella se congrega, sus amigos y la fe que siempre ha profesado. No hubo nadie de la familia que le tendiera la mano, pero aún así encontró a personas que se convirtieron en los ángeles que ella necesitaba.
“Hay que buscar ayuda. Si hablamos, podemos encontrar la solución, hay que ir al sicólogo, al siquiatra, a nuestros asesores espirituales para que nos ayuden en esos momentos en que creemos que nuestra vida no vale la pena”, manifiesta, indicando que en su caso ella recibió terapia psicoespiritual.
Los dolores del alma aún no han desaparecido, pero cree que cada día es una oportunidad que recibe para seguir luchando y para seguir ayudando a las personas que lo necesitan, pues los índices de suicidio en Córdoba son desbordados y tal vez muchas vidas se pueden salvar, si hay una mano amiga que escucha los gritos de auxilio.
De estos, 309 han sido mujeres, según los datos suministrados por el siquiatra Jorge Luis Muñoz, quien forma parte del consejo de salud mental de la Secretaría de Salud.
La situación es más grave aún si se tiene en cuenta que más de 200 niños y adolescentes han intentado quitarse la vida en lo que va de este año, con edades que oscilan entre los 12 y 19 años y se reportaron 4 casos entre los 6 a 11 años.
El profesional de la salud insistió en que las estrategias de prevención no están impactando a la comunidad y por eso es necesario que las autoridades inviertan recursos en el tema de salud mental, para garantizar la vida y la integridad de las personas que tienen problemas, que pueden ser resueltos.
Esa situación fue la que motivó a Alexandra a abrir su caja de Pandora, en la que los dioses habían escondido todos los males, pero que finalmente en el fondo de la misma quedó la esperanza, esa que ella quiere transmitir a las personas que sufren de depresión y que ven en la muerte, la única salida.
