Regional


Juan Chuchita se llevó sus canciones

Lamentan sus familiares y colegas que en la memoria de Juan Fernández Polo se quedaron más de veinte canciones, que nunca hubo tiempo de escribir ni de grabar, aunque fuera en un teléfono celular.

RUBÉN DARÍO ÁLVAREZ P.

31 de julio de 2021 12:00 AM

El día que Juancho se muera/no lo vayan a enterrar/de él alguien se conduela/y mándenme a embalsamar”.

Esta cuarteta, al parecer, pertenece a alguna de las más de veinte canciones que Juan Fernández Polo, más conocido como “Juan Chuchita”, se llevó a la tumba, sin que ninguno de sus familiares hubiera sacado el tiempo para escribirlas o grabarlas, aunque fuera en la memoria de un teléfono celular.

Eso relatan Emérita y Marelbis Fernández Mercado, dos de los diez hijos que tuvo Juancho Fernández, (como también le decían) y quienes desde el jueves en la mañana, cuando se conoció la noticia de su muerte, no se cansaban de recibir visitantes, que iban desde el alcalde de San Jacinto, Montes de María, pasando por artistas y vecinos del barrio Torices, donde residió por muchos años.

Tanto Emérita como Marelbis imaginan que a estas alturas Juancho Fernández ya debe estar reunido con su tío Toño y los hermanos Lara, pero también con María Magdalena, su hija mayor, quien murió hace seis años de un paro cardíaco, mientras lavaba ropa en el patio de su casa.

Ellas cuentan que en los últimos días, el gaitero, a pesar de su hipertensión y su artrósis, andaba pletórico de felicidad, porque el próximo 6 de agosto cumpliría 91 años, y la familia le estaba preparando una celebración descomunal, tal vez mejor que la del año pasado.

Sin embargo, el miércoles en la noche, después de ver una sarta de videos de corralejas de toros (que era otra de sus pasiones), pidió que lo acostaran, porque se sentía inaguantablemente cansado. Pero siendo las 2 de la madrugada de su boca emanaba un sonido quejumbroso mientras las lágrimas le corrían por las mejillas resecas por la vejez.

El médico en casa anticipó que tal vez ya eran sus últimos minutos en la tierra, pronóstico que se cumplió a las 7 de la mañana del jueves. Casi de inmediato se inició una romería incontenible, entre la que venían varios conjuntos de gaitas, que se aposentaron a un lado de la cancha de microfútbol Torices y bajo la sombra de tres árboles de nim, que, pese a su frondoso ramaje, no pudieron contener la lluvia menuda y persistente que el cielo arrojó hasta la mañana de ayer.

En la terraza de tierra de la casa de Juancho Fernández el barro ya no podía estar más blando al influjo de las innumerables pisadas de conocidos y no tan conocidos, quienes seguían acercándose a dar el pésame a Arnulfa Helena Mercado Guzmán, la esposa de Juancho, quien permanecía sentada a un lado del féretro y con los pies metidos en un balde con agua fría, intentando reducir la hipertensión que se le alborotó tras la mala nueva que logró enlutar la música folclórica del norte de Bolívar.

De Bogotá vino su nieto José Vicente Díaz Fernández, ejecutor de tambora y tambor alegre, a unirse con los músicos del costado de la cancha, entre los cuales estaban dos hijos de Juancho: Javier, quien toca la tambora; y Miguel, cantante y compositor.

Había mucha gente joven de Cartagena, Barranquilla, Bogotá y municipios vecinos, que también estaba pendiente del cumpleaños 91 de Juancho Fernández, para quien sus hijas pensaron reproducir una enorme cantidad de suéteres con el pecho adornado con una foto del gaitero y la espalda cantada con este verso: “Aquí estoy pa’ que me manden/los hombres y las mujeres/yo soy el Juancho Fernández/pa’ el que no me conociere”.

Así de vibrantes estaban los preludios de ese nuevo cumpleaños que las hijas no dejaban de recordarle, a lo que él siempre les respondía: “¡Que suene el bombo de aquí pa’ abajo!”.

Pero lo único que sonó fue su último suspiro. Casi enseguida, a Emérita le entraron ganas de buscar las maneras de cumplirle el sueño de embalsamarlo, pero después consideró que ese cuerpo cansado de tantas correrías por más de veintes países y de tantos talleres didácticos en Bogotá se merecía un confortable descanso por el resto de la eternidad.

Siendo las 12 del día sacaron el cajón hacia el costado de la cancha, donde estaban los conjuntos de gaita, para que la voz y el acordeón de su paisano Carmelo Torres trajeran a colación el paseo sabanero La pensión, que le grabara hace muchas décadas el juglar de Marialabaja Enrique Díaz y por el cual solo recibió, según Emérita, dos aportes de la Sociedad de Autores y Compositores de Colombia (Sayco).

Ahí estaba la secretaria de Cultura de San Jacinto, Lina Tapia, recordando que Juancho Fernández era uno de los pocos artistas retirados que se hicieron acreedores de un aporte monetario por parte del Estado colombiano, que para el gaitero era solo de 500 mil pesos que le llegaban cada dos meses.

“Eso se iba pagando los servicios y la comida”, advierte Emérita, quien también recuerda que su padre se hizo acreedor del premio Vida y Obra, del Ministerio de Cultura de Colombia; y del premio Grammy a la música latina, cuando publicó, con Los gaiteros de San Jacinto, el disco compacto Fuego de sangre pura.

Otro fuego de lágrima y música pura rodó por las calles principales de San Jacinto siendo la una de la tarde de ayer, cuando el féretro fue llevado a la iglesia católica y posteriormente al

último agujero, que ya no sería el de una gaita sino el de la puerta que se expande hacia la otra vida. ¡Réquiem por el último gaitero!

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