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“Mi padre fue un maestro de lo que no se debe hacer”

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LA PATRIA
26 NOV 2009 - 12:01 AM

Perdido en medio de la sala llena de espectadores. Con una camiseta negra Lacoste por fuera de sus pantalones oscuros y las gafas de sol pendiendo del cuello. Un reloj plateado y su anillo de matrimonio como únicos accesorios y una credencial colgando en la que se lee Sebastián Marroquín –Acreditación 24 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Así, como un asistente más. Sin ningún afán ni inquietud. Como el que disfruta al máximo el día de hoy sin pensar mucho en el mañana. Como el que agradece a la vida la oportunidad de estar vivo. Como el que “hace 16 años está viviendo horas extras”, como él mismo lo cuenta con cierta ironía. Así se presenta ante la gente. Y es que a sus 32 años, el hijo de Pablo Escobar ya no tiene más miedo. Ya no quiere seguir siendo la otra persona que le tocó ser para poder sobrevivir. Es consciente de que no puede quitarse de encima la marca de ser el primogénito del que fue el hombre más buscado del mundo, pero sabe que tenía que dar ese paso para tratar de recomenzar una historia diferente a la que le tenía marcado el destino desde antes de nacer. Por eso aceptó contar su vida y la de su tristemente célebre progenitor en el documental Pecados de mi padre, que se presentó en el Festival de Cine de Mar del Plata (Argentina), el cual finalizó el domingo pasado, y que se estrenará el 10 de diciembre en Colombia. Un comienzo en animación da cuenta del colorido y la riqueza del país y se va metiendo entre las montañas para llegar hasta lo más profuso de la selva y encontrarse con una representación de lo que son, porque siguen siendo, los grandes laboratorios de procesamiento y producción de cocaína. Entonces aparece el “capo de capos”, “el señor de la droga”, “el zar de la cocaína” o, para Sebastián, simplemente su papá. Aparece el hombre que, como la mayoría de padres, quiere lo mejor para sus hijos y su familia, el padre que se subía a las montañas rusas de Disneylandia sólo por complacer al pequeño, así se muriera del pánico; el padre que cantaba con su mejor entonación La donna è mobile o que le leía muy inspirado el cuento infantil de Los tres cerditos. Y Sebastián, que desde 1995 vive con su madre en Argentina con otra identidad y trabaja como arquitecto, reconoce un poco desconcertado que todavía no logra entender a ese hombre que al mismo tiempo era capaz de mandar a matar a decenas de personas en un atentado terrorista y asesinar políticos en plena plaza pública. “Mi padre fue un maestro de lo que no se debe hacer”, puntualiza. “Si dicen que yo era un niño rico y malcriado tienen toda la razón. Mi papá me enseñó a jugar fútbol, a montar en moto y en elefante”, admite este hombre de contextura gruesa, unos 105 kilos de peso y 1,73 metros de estatura, para el que nunca ha sido un problema ser un poco gordo. “La imagen es lo de menos”, comenta mientras se prepara para otra foto al lado del cartel de la película a la salida de la sala, como cualquier estrella de cine. Pero luego de ese paso por la intimidad del hijo de Escobar, de meterse en sus más íntimos recuerdos, entre fotografías y grabaciones de video y de audio, en el documental Sebastián comienza con su catarsis, con una expiación que quería hacer desde hace muchos años, con una búsqueda de perdón por delitos que no cometió pero de los que no puede despegarse. Y lo hace mediante una carta, sensible, elocuente, certera, concisa. Una misiva dirigida a los hijos de dos de las víctimas quizá más notorias del capo: Luis Carlos Galán y Rodrigo Lara Bonilla. Como sostienen no sin cierta resistencia Juan Manuel, Carlos y Claudio Galán y en un tono un poco más receptivo Rodrigo Lara –“vamos es pa’lante, repite varias veces el hijo del ex ministro de Justicia–, la carta es “un gesto noble” en el que Sebastián les pide perdón a ellos y a las miles de víctimas que dejó la ola terrorista de Escobar en Colombia. Amante de todo tipo de música, desde la ópera y el jazz hasta el tango y el vallenato, Sebastián no puede esconder, sin embargo, una cierta tristeza que lo embarga, y que se percibe en su voz pausada, pensativa, conciliadora, y en su mirada reflexiva y por momentos ensimismada. Esa voz que tal vez fue la última que escuchó Pablo Escobar, pues estaba hablando con su hijo por teléfono sólo unos segundos antes de que las autoridades ingresaran a la casa donde se ocultaba y lo abatieran el 2 de diciembre de 1993 en Medellín. Hincha del Atlético Nacional y de la selección Colombia, y pese a vivir en un país tan futbolero como Argentina, Sebastián señala que ya no le gusta mucho el fútbol porque “se ha convertido en una excusa para entretener; mientras que debería ser un espectáculo es algo muy violento”. Y precisamente lo que espera Sebastián es contribuir con ese acercamiento a los hijos de Galán y Lara Bonilla a acabar con la violencia en Colombia. “Tenemos que iniciar una reconciliación de todos los colombianos; que hagamos la paz y no la guerra. Todos fuimos víctimas, y no es un proceso sencillo”, puntualiza, mientras se abraza con su madre y su esposa. En cuanto a volver al país Sebastián afirma que por ahora su vida está en Argentina, donde pudo estudiar y prepararse, y que piensa que tal vez más adelante pueda aportarle algo a Colombia desde su carrera. “La arquitectura es una herramienta para mejorar la sociedad. Tal vez lo haga desde ese camino y no desde la política”, sostiene al hablar de una hipotética aspiración política. Y sobre su nombre, señala que el antiguo Juan Pablo “pertenece al pasado”, y que tanto su identidad como este documental, le ayudaron a liberarse.

Sebastián Marroquín Santos, un hombre que lucha cada día para ser reconocido como un ciudadano del común, como un arquitecto apasionado, como un hombre de familia, y no como el hijo de Pablo Escobar Gaviria, una referencia que le ha costado persecuciones, amenazas, exilio, miedo, escándalos y hasta meses en prisión. (Fotos Cortesía – El Colombiano)

Sebastián Marroquín Santos, un hombre que lucha cada día para ser reconocido como un ciudadano del común, como un arquitecto apasionado, como un hombre de familia, y no como el hijo de Pablo Escobar Gaviria, una referencia que le ha costado persecuciones, amenazas, exilio, miedo, escándalos y hasta meses en prisión.

Sebastián Marroquín Santos, un hombre que lucha cada día para ser reconocido como un ciudadano del común, como un arquitecto apasionado, como un hombre de familia, y no como el hijo de Pablo Escobar Gaviria, una referencia que le ha costado persecuciones, amenazas, exilio, miedo, escándalos y hasta meses en prisión. (Fotos Cortesía – El Colombiano)

Sebastián Marroquín Santos, el hijo de Pablo Escobar, es un hombre reflexivo que comienza esta catarsis pidiendo perdón a los hijos de Galán y de Rodrigo Lara y a las miles de víctimas que dejó la ola terrorista de Escobar en Colombia.

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