Sucesos

La tragedia que tocó a dos naciones: desplome en Blas de Lezo

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WILSON MORALES GUTIÉRREZ
01 MAY 2017 - 12:00 AM

Ricardo Marín decidió dejarlo todo en Venezuela y empezar una nueva y mejor vida junto a su mujer, Kelly Mendoza. Ella dice que no aguantaban más la difícil situación que vivían en el vecino país, donde nacieron, y por eso vinieron a Colombia en busca de trabajo y un mejor futuro.

En enero llegaron a Cartagena y se establecieron en el barrio Nelson Mandela. Solo unos días después de su llegada, en los primeros días de febrero, Ricardo, de 26 años, empezó a trabajar en un edificio en construcción, en la tercera etapa de Blas de Lezo: Portales de Blas de Lezo II.

Allí lo llevaron varios compatriotas que trabajaban en esa obra. Las cosas marchaban bien para la joven pareja de venezolanos. La suerte empezaba a sonreírles.
Por ello, el hermano mayor de Ricardo, Régulo Marín, decidió dejar Venezuela y venir a Cartagena. Llegó a La Heroica a principios de abril y Ricardo lo recibió con los brazos abiertos. Pero una tragedia separaría a los hermanos para siempre, lejos de su tierra.

Régulo empezó a trabajar en el mismo edificio que Ricardo, pero el jueves de la semana pasada, mientras trabajaban, la edificación se desplomó, cuando el reloj marcaba las 10:30 de la mañana. Ricardo quedó atrapado entre escombros, pero pudo salir rápidamente, sufriendo solo golpes leves, milagrosamente.
Para su hermano, la suerte fue otra. No aparecía, y como podía, Ricardo quitaba rocas y escombros para tratar de hallarlo, mientras las lágrimas no paraban de correr por su rostro.

“Una vecina me dijo que estaba preocupada porque se enteró que un edificio acababa de desplomarse y su esposo estaba por esos lados. Luego, la esposa de un compañero de trabajo de Ricardo vino a avisarme de lo que había pasado”, relató Kelly Mendoza. La angustia era grande y de inmediato alertó a la esposa de Régulo.
Unidas, atadas por una misma tragedia, las dos mujeres llegaron al lugar del desplome. Una romería se apostaba en los alrededores del lugar. Las dos venezolanas no dejaban de llorar y Kelly se calmó un poco cuando un conocido le indicó que Ricardo estaba vivo y que estaba ayudando a las autoridades en las labores de rescate, porque quería hallar a su hermano, de quien no había señales.

Kelly se abrazaba con la mujer de Régulo, mientras observaban a mediana distancia las labores de rescate. Las horas fueron pasando y solo hasta llegada la tarde Kelly pudo ver a su marido, quien salió por un momento de la zona del desplome. Se abrazaron fuertemente. Sus lágrimas se cruzaban y se escurrían entre los besos que se daban en la boca. Pero Régulo estaba decidido a encontrar a su hermano. Así es que pocos minutos después se fue a los escombros y siguió buscando.

Las horas pasaban y Régulo no aparecía. Llegó la noche y luego el viernes, y Régulo no aparecía. Cerca de la medianoche de ese día, rescatistas lo encontraron. Pero no fue el reencuentro que Ricardo soñaba: no tenía signos vitales. Fue uno de los 20 obreros que murieron en el desplome, que además dejó 23 heridos, uno de ellos grave.

La tragedia que tocó la puerta de los venezolanos, también afectó a los Ortega, una familia cartagenera enraizada en el sector Central de Olaya Herrera.
Allí residen Alberto José y Joner Ortega Velásquez. Su padre, Adalberto Enrique Ortega Pérez, les enseñó cómo trabajar la albañilería y con ese oficio se ganan la vida.
Con este trabajaban desde hace varios meses en la construcción del Portales de Blas de Lezo II y el día de la tragedia estaban en el segundo piso.

“Estaba con mi hermano Yoner en una habitación, repellando una pared. Mi padre estaba cerca y de pronto sentimos un tremendo estruendo, cuando el edificio se caía. Eso no dio tiempo de nada, mi hermano y yo solo pudimos agacharnos. Nos salvamos porque una columna quedó aguantada en un tanque de doce latas que estaba en el centro de la habitación, que hizo como una especie de domo subterráneo. Yo grité ‘Yoner dónde estás’. Y él me dijo ‘aquí hermano’. Llamé varias veces a mi papá, pero no me contestó”, relató Alberto, quien sufrió golpes leves.

Yoner tenía heridas en la cabeza y los hombros. Los hermanos estaban atrapados entre los escombros, pero en medio de la oscuridad, a lo lejos, vieron un pequeño rastro de luz. Los hermano gritaban y llamaban desesperadamente a su padre, a su maestro, pero este no respondía. Por ello, se arrastraron y se hicieron paso por una especie de túnel lleno de varillas retorcidas y pedazos de cementos que los raspaban.

Los apartaban como podían, pero la luz aún estaba lejos y los “túneles” por los que se arrastraban crujían. Luego de muchos esfuerzos, lograron llegar a la luz y salir del montón de escombros en el que se había convertido el edificio. Los gritos de los vecinos del sector eran muchos.

A Yoner lo socorrieron y en una ambulancia lo llevaron a la Clínica Blas de Lezo. Alberto se quedó en el sitio buscando a su padre, pero luego llegaron rescatistas y lo sacaron del lugar del desplome. Solo podía observar y esperar pacientemente a que su padre saliera.

Las horas pasaban y su padre no aparecía. Llegó la noche y luego el viernes, y Adalberto no aparecía. Cerca de la medianoche de ese día, rescatistas lo encontraron, pero estaba muerto. La familia Ortega está adolorida, igual que los Marín. Dos familias arropadas por la mala hora. Dos naciones tocadas por una misma tragedia: Colombia y Venezuela.

Kelly Mendoza (de blusa roja) estuvo en el lugar de la tragedia junto a la esposa de su cuñado Régulo Marín, quien fue encontrado muerto. Su marido Ricardo Marín sobrevivió y al encontrarlo se trenzó con este en un largo abrazo.

Yoner Ortega, sobreviviente.

Alberto Ortega, sobreviviente.

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