Revista dominical

El ran chan – chan

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RICARDO CHICA GELIS
23 MAY 2010 - 12:01 AM

El día del pico y placa cogí una buseta del Centro a mi casa. El sparring manipulaba el dial de la radio hasta que apareció una champeta de cuyo nombre no quiero ni acordarme. El chofer subió el volumen. La propuesta musical era una carrilera con una truculenta historia de amor donde un hombre invita a una mujer a tener sexo. Hasta ahí todo normal. Digo, para los términos de los usos amorosos de hoy. De repente, en una inesperada transición revienta el ran - chan – chan de la champeta. Antes de seguir, permítanme una aclaración: este escrito no es una crítica a la música champeta, ni mucho menos. A mi juicio la champeta se constituye, nada más y nada menos, que en el eje estructurante de buena parte de la cultura popular de la sociedad cartagenera y sus sectores populares. Más que música es un estilo de vida donde subyace cierto esquema de valores. Ahí es donde veo la cosa crítica. A mí me gusta la champeta, pero, la vieja. La africana. La que llegó a Cartagena hace treinta o cuarenta años atrás. Desde que tengo uso de razón siempre ha sido una música mal vista socialmente; claro, que eso a mí me importa un pepino. En un lejano recuerdo infantil aparece una vecina que cambiaba el dial de la radio cada vez que aparecía una pieza musical de Miriam Makeba, por ejemplo, para evitar malas influencias en los hijos. Por el contrario, en la radio que mi tía Deya tenía en la cocina explotaba “Ahuyama no es calabazo” del grupo haitiano Les Shieu – Shieu. Hasta el día de hoy me arrulla esa melodía que parece brisa. Con la brisa de los domingos por la tarde me llegaban los sonidos de los picós que sonaban en La Quinta y cruzaban el patio de la casa de mi abuela. Pura champeta africana de la efectiva. Con el tiempo aprendí que se trataba de ritmos como el zouk, la makossa, el compa haitiano y otro ritmo más que los conocedores de aquel tiempo conocían como “el embolador” que venía de Sao Tomé y Príncipe: un par de islas frente a las costas de Gabón. Mi sospecha apunta a que desde los años sesenta la programación musical de los picós y la programación de radio formaron una alianza para ofrecer un repertorio de temas, en un circuito ambiguo entre lo que se aceptaba en la calle y lo que se filtraba a la radio. Ello fue generando un saber musical popular, que para los años setenta estaba muy consolidado. Un saber que tenía en cuenta la geografía del Caribe la cual va de Nueva York hasta Brasil. Del Golfo de México hasta las costas africanas y en el corazón están las Antillas mayores y menores. Y si uno mira bien el mapa Cartagena forma parte del centro. Hasta que un día de los años ochenta llegó el Festival Internacional de Música del Caribe. Mejor dicho, en los años previos nos estábamos preparando como público para un espectáculo medular, capaz de aglutinarnos con los significados del Caribe. El festival se acabó comenzando los noventa y entonces vino la champeta criolla cuya historia debe andar entre unos veinte a treinta años. Tiempo en que han aparecido piezas interesantes: “El liso en Olaya” para mencionar un emblema y una herencia capaz de conectarnos con el universo del Caribe. Con el tiempo apareció el ran chan – chan. El circuito de distribución de la música champeta se ha sofisticado gracias a la tecnología. La alianza entre radios y picós está mediada por una oferta musical de fácil acceso en la calle. Al medio día del domingo pasado estaba comprando media docena de botones en el Colmenar en Bazurto y contemplé los ventorrillos estacionarios de música y video, al pie del carril del solo bus. Para mí son unos altares sonoros. No son un exotismo, ni corresponden a la imagen y al lugar fantástico y tropical donde nos quieren poner los medios de Bogotá o los relatos de viajes e incluso los libros de texto escolar. Relacionar cultura y economía en los sectores populares de Cartagena va más allá de los moldes, las etiquetas y los mitos. Lo que aquí me interesa señalar es que aquel saber musical caribeño que se moldeó en la radio y en los picós de los años setenta, se perdió. Y es una inmensa lástima, porque se trata de un aprendizaje difícil de adquirir en estos tiempos. Mi propuesta es que en las escuelas de toda la ciudad se enseñe la geografía de la música del Caribe, pues, es una buena forma de reflejarnos en la historia y en la cultura. Ya está bueno de estar mirando hacia los Andes. Toca reinventar el ran chan – chan y replantear los valores sociales. ricardo_chica@hotmail.com

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