Es septiembre. Hay un tremendo calor regado por toda Cartagena. Augusto Martínez Segrera, baja de su volkswagen rojo, en él cruzaba toda la ciudad, llevando siempre una gran vitalidad cosida a su alma, llega con su camisa de color caqui, sudoroso y con un rostro en donde se asomaba sin dobleces una gran placidez, me dice no sabes lo que este libro ha cambiado mi visión del mundo, y me devuelve: La autobiografía de un Monje Zen, del gran maestro Taisen Deshimaru, con una muy cálida dedicatoria.
Augusto, un nombre imperial, hombre fuera de serie, artista integral de estirpe renacentista, se expresó siempre de muchas formas, impetuoso, en el arte, en la vida, excelente cocinero, viajero impenitente, navegante festivo, gran defenestrador de caminos, urdidor de agradables momentos, con un corazón en donde se anidaba un profundo sentido de la amistad y la solidaridad, gran alquimista que encontró y reafirmó a través del Zen, una manera nueva y creativa de entender y vivir sencillamente.
Lector atento, del gran Lin Yu tang, escritor puente entre culturas como la Oriental y Occidental, quien para él, en su obra dejó un gran testimonio personal de su experiencia vital, en donde dio respuestas creativas a las situaciones y hechos que se presentaron en sus viajes, dando un nuevo color a su vida.
Es el día de su cumpleaños, Augusto, grabador de guerrreros rotundos, desfacedor de entuertos y agravios, llegó feliz de Marraquesh, con su chilaba, túnica tradicional árabe, a la Vitrola de María José, en la calle de la Chichería, me dice que ha encontrado en el Zen, una visión de la vida muy original y excepta de moralismos, me gusta el Zen porque es directo, tiene fuerza y humor, sentido de la belleza y del absurdo que me resulta a la vez exasperante y delicioso, pero sobre todo me gusta el Zen, porque no es una cuestión de moral. Es una experiencia vital que tiene como centro, la práctica del Zazen es, decir una meditación sobre el aquí y el ahora, sentado en la posición de Loto que ha sido practicada desde la Prehistoria, es un camino y concepción de la vida, que no es religión, ni una filosofía, es un gran aporte de Asia al mundo.
Augusto lo impresiona una anécdota contada por el maestro Deshimaru sobre un legendario príncipe llamado Satta de quien se cuenta que antes de ser devorado por un tigre dijo: Toda acción es efímera, todo ser viviente está condenado inevitablemente a desaparecer. Nadie escapa a esta ley. La soledad de la muerte debe convertirse en nuestra alegría.
* Texto cedido por el autor para Dominical. Figura en el periódico cultural La Plaza, que acaba de ser relanzado en Cartagena, en homenaje al artista Augusto Martínez Segrera.
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