El día comienza con el color lila. Doy una vuelta temprano el sábado a comprar colores, y me sorprende en portada de una revista de arte, una obra luminosa y en colores lilas, verdes y amarillos del pintor ítalo colombiano Gastón Bettelli (Madena-Itaslia, 1937). Quedo enmudecido ante la belleza de esta obra reciente en la que se privilegia la armonía de la diversidad en el corazón de un jardín. Me asalta la urgencia de llamar al artista. Y encuentro su número celular y lo llamo apenas baja el resplandor del sol. La voz serena del artista está al otro lado, y solo es suficiente decir que lo estoy llamando desde Cartagena de Indias. Un silencio se convierte en suspiro. El artista me dice que está en una iglesia en Boyacá, a pocos segundos de iniciarse una misa. Lo llamo luego y me sorprende con la noticia de su enorme ligazón emocional con Cartagena de Indias, en donde hay un mural suyo y una colección de recuerdos maravillosos al pie del mar y muy cerca de la evocación entrañable y mítica de su maestro Alejandro Obregón, quien alguna vez dijera que su discípulo y más serio competidor era nada menos que Gastón Bettelli.
La primera vez que el artista pisó tierra colombiana fue en Cartagena de Indias en 1958, luego de veintiún días de travesía a bordo del barco Marco Polo, desde Génova. Él me dice que el barco era como un cascarón “una nuez flotante en la cual había encontrado mi primer amor, una bella chica llamada Luciana Tardito. ¿Hoy dónde andará de viejita? Son cosas que nunca se olvidan. Nos despedimos en la Guaira venezolana antes de llegar a Cartagena. No faltaron las lágrimas. Ella iba para Caracas donde la esperaba su futuro marido italiano que se había casado con ella por correspondencia. Se despidió de mí volteándose a mirar el barco venteando un pañuelo blanco, iba montada en un enorme carro descapotado color fresa ostensiblemente norteamericano, era la época de las opulencias importaciones del dictador Pérez Jiménez, el marido manejando sonriente (ojos que no ven corazón que no llora), había llegado al puerto a recogerla trémulo como un púber pero con un sólido Cadillac de la época del timón”. Llegó a Cartagena de Indias con ochenta dólares en el bolsillo, un solo tiquete de ida sin regreso, un juego de prendas y un baúl lleno de libros. Todo tenía en aquel entonces un aroma distinto y natura, el perfume de las flores y los aromas del café en el puerto. “Hoy todo huele a diesel como en cualquier parte. Lástima”, confiesa el artista. Cruzó el paisaje de la ciudad con sus zapatos de cuero de búfalo, ya el tacto había hecho sus milagros como el olfato y el paladar, para intuir que había arribado a un nuevo continente. Se quedó para siempre entre nosotros y en 2005 en el Palacio de San Carlos, le otorgaron la ciudadanía colombiana por decreto ministerial. El patrocinador de este acto fue el ex presidente Belisario Betancur. Y en 2010 concibió la mejor y más destacada exposición pictórica que sobre el Bicentenario de la Independencia se hizo en el país: algo más que una recreación de instantes esenciales de nuestra historia: la rebelión de los comuneros y la muerte de José Antonio Galán, el fusilamiento de Policarpa Salavarrieta, la pesquisa del botánico José Celestino Mutis maravillado ante el esplendor de las flores, la conmoción de 20 de julio de 1810, las batallas emprendidas por Bolívar por la Independencia de Colombia, la expulsión de los virreyes, La batalla de Boyacá, entre otros.
La trayectoria de Gastón Bettelli es intensa y deslumbrante como diseñador, dibujante, pintor, generador de iniciativas culturales. Su obra se encuentra en colecciones privadas en Colombia, España, Italia, Francia, Austria, Brasil, Bélgica, Croacia, Estados Unidos, México, Venezuela, Ecuador.
Fue uno de los decisivos provocadores de los años sesenta en Colombia. Por un lado estaba la influencia inquietante y perturbadora de Marcel Duchamp. “Lunar, gótico balcánico, Duchamp era lo opuesto de Picasso, un tipo solar. No hay misterios con Pablo Picasso, todas las cartas están sobre la mesa. En cambio, Duchamp era el secreto tántrico y cabalístico, de allí su encanto. Como mi amado Franz Kafka. Tanto admiré a Duchamp que en un Salón Nacional hasta le hice una especie de calambour, un “apócrifo altar laico”. En este contexto histórico colombiano empezamos a obrar cinco mosqueteros de cierta aventura estética de antaño: Bernardo Salcedo, Carlos Rojas, Jorge Madriñan y yo con la Valkiria vanguardista”. De aquellos años evoca a Beatriz González, con la que propició “muchos oleajes y borrascas”. Marta Traba y el crítico Pierre Restany acogieron y visionaron la grandeza artística de Gastón Bettellli.
La otra luz que ilumina el corazón del artista es Rembrandt, con sus “sublimes, inalcanzables autorretratos que me estuvieron mirando en los ojos hipnotizándome desde el fondo y eterno ojo. Los culpables también de mi crisis fueron Piero Manzoni, enlatando sus heces para los museos del universo y el vienés del grupo Aktion Rudolf Swarzkogler, amputándose el pene, pensé entonces que no se podía ir más allá en el tremendismo anticonformista de la vanguardia y los dos artistas terminaron ambos suicidándose. Y creo que con ellos se había llegado al límite del así llamado Modernismo y sus pulsiones estremecedoras. Creo también que a partir de ellos, hoy, en la postmodernidad todo es un revival reinterpretaciones basadas sobre partituras ya hechas. Nada nuevo bajo el sol en estos días y tal vez desde siempre”.
Veo con una lupa una foto de 1962 en la que aparecen sentados en una escalera Alejandro Obregón, Gastón Bettelli, Carlos Rojas, Nirma Zárate, Marta Traba en el Museo de Arte Moderno de Bogotá. ¿Qué estará diciendo Obregón en ese instante en que una mujer queda petrificada con su verbo? Bettelli está sonriente, impecable y parece hipnotizar a Marta Traba.
Me detengo a mirar cada una de las pinturas que me permite conocer el artista, luego de este diálogo de varios días. Sin duda, un gran dibujante, pintor y un artista insoslayable en la historia artística de Colombia. Me llega su homenaje a Alejandro Obregón. Me cuenta que conoció en Barranquilla a un torrente humano y artístico que se llamaba Álvaro Cepeda Samudio. Y a otra figura notable del arte pop colombiano; al fabulista y admirable pintor Álvaro Barrios.
El color de Bettelli es como su espíritu: de una independencia que seduce e impacta. “El espíritu santo existe”, me dice riéndose, al recordar la llamada que le hice mientras estaba a punto de escuchar la misa. Los colores llegan como un milagro. Como un púrpura que ilumina el corazón de los jardines.






