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Si estando de prisa veías venir a Émery Barrios lo mejor era eludirlo, de lo contrario quedabas atrapado en su magia y seguro perdías la cita por importante que fuera. Encontrarse con él en cualquier esquina del Centro Histórico significaba entablar una conversación sobre temas culturales de actualidad, escuchar la reseña apretada de alguna obra o un artículo literario que no sé dónde sacaba, comentar la última película que había visto, o un sinfín de tópicos que te mantenían cautivo, sin escapatoria posible.
Paradójicamente, siempre parecía de prisa a la búsqueda de un nuevo proyecto, pero siempre tenía tiempo para la tertulia enriquecedora.
Émery Barrios era la perfecta enciclopedia ambulante en asuntos musicales. Su gusto por los ritmos de nuestro folclor Caribe, y el enorme conocimiento que sobre ellos acumuló, le permitían resolver cualquier consulta solamente acudiendo a su prodigiosa memoria. Bastaba tararearle algunos compases de la canción que nos interesara para que en un santiamén te explicara que orquesta la interpretaba, cuántas versiones se habían hecho, los vocalistas que la cantaron, quiénes componían la agrupación, los músicos que la integraban, la casa disquera que la lanzó y, aquí viene lo bueno, además de ofrecerte un CD con las mejores interpretaciones, te invitaba a su apartamento para que vieras las carátulas de los discos, o te las podía mandar por correo si así lo preferías. Sostuve con Émery muchas de esas citas esquineras e incumplí muchas citas por esa causa.
En la línea conjuntiva de música y fotografía nos acompañó en la Fototeca Histórica en un ciclo de conferencias sobre la música novembrina y nos facilitó varias de las carátulas de los longplays en que aparecían vistas de la ciudad a mediados del siglo pasado. Hicimos tertulias en las que inventariamos los lugares y ángulos preferidos por los fotógrafos, y escuchamos embobados cada anécdota contada sobre las peripecias de los músicos cartageneros, especialmente nos maravilló con sus relatos de las Fiestas de noviembre (cuando no se llamaban de La Independencia), las casetas que vinieron a la ciudad en la década de los años sesenta a ochentas, el sitio donde se montaban, las orquestas que tocaron y las canciones que se pusieron de moda. Todo lo anterior lo exponía Émery de un plumazo. Sin tomar aliento. Como si hubiese estado presente en cada uno y todos los actos a los que se refería. En eso era un brujo de la palabra, que respaldaba con citas, fechas, personajes y evidencias que atestiguaban de su saber. No era carreta, era erudición. Con su fallecimiento ya no será posible verlo con sus alumnos y vivir la experiencia de cómo domaba esos espíritus para conducirlos por los canales de la apreciación cultural hasta que le tomaran el gusto a disfrutar un buen libro, el buen cine y la música popular.
Ahora que ha partido podremos caminar por el Centro sin el riesgo de llegar tarde a nuestros compromisos, pero llegar a tiempo tendrá un sabor desabrido, vacío. 

Émery Barrios Badel en compañía de Enrique Muñoz en el homenaje a Joe Arroyo, 2012.
Émery Barrios Badel en compañía de Enrique Muñoz en el homenaje a Joe Arroyo, 2012.
Visita del escritor Germán Espinosa a la Institución Educativa La Milagrosa, en 2003, en compañía de los profesores Ligia Prada y Émery Barrios Bxadel (f).
Visita del escritor Germán Espinosa a la Institución Educativa La Milagrosa, en 2003, en compañía de los profesores Ligia Prada y Émery Barrios Bxadel (f).
Algunos de los acetatos de la colección musical de Émery Barrios Badel (1953-2012). Fotos: Archivo El Universal
Algunos de los acetatos de la colección musical de Émery Barrios Badel (1953-2012). Fotos: Archivo El Universal
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