A mediados de los años setenta papá era uno de los organizadores de la feria del libro, que se instalaba en los bajos del edificio de la Gobernación de Bolívar, en frente de la catedral de la ciudad. Me ponían a cuidar el puesto de libros. Para entonces el cine se me había convertido en un vicio y cuando se podía, me escapaba para algún teatro. Papá ofrecía cuatro líneas de libros: ingeniería, economía y administración, literatura y los de cultura general. Una clasificación que me fabriqué cuando, por las noches, me tocaba recoger los libros, empacarlos y guardarlos debajo del mesón de madera que papá diseñó a su gusto y mandó hacer a los carpinteros del barrio. Abríamos a las ocho de la mañana. Durante todo el día la gente pasaba viendo libros y, por la vestimenta, sabía qué tipo de libro buscaban.
Los clientes de las dos primeras líneas eran profesionales de las empresas e industrias de Mamonal, de los estudiantes y profesores universitarios. Muchos de ellos iban en jeans y con su casco industrial debajo del brazo. Eran muy raras las ingenieras para entonces. Había mucho universitario, en especial, los de las recién inauguradas universidades privadas: La Tadeo y La Tecnológica. En cambio, los clientes de la literatura y la cultura general eran gentes que vestían sin complicaciones. Sandalias, cabellos largos, moda hippie. No todos, por su puesto, había mucho abogado poeta, novelista o cineasta en guayabera. Un abogado poeta destacable era Argemiro Menco, para entonces estudiante, formaba parte del paisaje. Otro imperdible era Raymundo Gomezcásseres, novelista; recuerdo a un Alfonso Múnera flaco, joven y con el pelo revuelto. Y, también, aparecían un montón de personajes ilustres como Donaldo Bossa Herazo, el dramaturgo Régulo Ahumada, Juan y Manuel Zapata Olivella, Judith Porto, Víctor Nieto; a cada rato veía pasar al papá de García Márquez.
En los libros de cultura general estaban los referidos al tema del cine. Y siempre había un joven universitario muy formal que dedicaba atención cuidosa a aquellos títulos. Recuerdo que de manera espontánea comenzamos hablar y aquel joven en guayabera mencionaba películas y directores que había escuchado en boca de Alberto Sierra Velázquez: otro gran tipo del cine que conocí en el bachillerato del Fernández Baena. Tenía trece o catorce años cuando conocí a Émery y él estaba recién graduado de derecho. Cuando aparecía por el mesón de libros de mi papá, los minutos se escurrían como agua para hablar de tantas películas, historias, personajes, artistas, corrientes y posturas estéticas, de tantos países y lugares: era aproximarnos al mundo, hablar de la vida y soñar con hacer una película algún día. Varias tardes me escapé de la feria a la oficina de Émery donde tenía un montón de libros y revistas dedicados al tema, entre ellos, una enciclopedia de cine de doce tomos de editorial Salvat. Una tarde a las seis Emery me metió a una función del Comité de Cine de la Universidad de Cartagena, para ver una película de espadachines franceses. Un día Émery me inscribió en un seminario de guión de telenovelas con la aclamada libretista Martha Bossio junto a su esposo Hernando Martínez, también en la Universidad de Cartagena. Un par de noches antes de su muerte allí estaba con Émery hablando de cine, treinta años después de conocernos, en la puerta del Claustro de San Agustín. Celebró tanto con una sonrisa cómplice cuando me fui a México a estudiar cine, hace veinte años. Sólo hasta cuando Edgar Gutiérrez lanzó su libro sobre fiestas, en 2004, me vine a dar cuenta de la magnitud de la memoria musical de Émery y pasión por la historia de la cultura costeña en el siglo XX. Por esos mismos años coincidimos como jurados de cortometrajes en el Festival de Cine, en una experiencia inolvidable que terminó en un soberbio sancocho de carne salada, que siempre alabó cada vez que se encontraba con mi mujer. “Este año o el otro –me alcanzó a comentar Émery- me toca subir al escalafón catorce. No voy a estudiar ningún posgrado. Voy a escribir un libro sobre el cine en Cartagena” Le escuché decir y, ante la sola idea, hubo un momento de inmensa felicidad que se prolongó en una conversación de casi dos horas, como siempre ocurría con él. Su insospechada partida, fue una película de final abierto. Igual que su comienzo: sin previo aviso apareció Émery en el mesón de papá, hojeando un libro con los guiones de Pier Paolo Passolini: “El evangelio según San Mateo”, “El Decamerón” y “Saló o los 120 días de Sodoma”. Adiós Émery, te queremos tanto.
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