¿Qué, de los sectores populares, actúa a favor de validar y legitimar los intereses de la élite sobre ámbitos como la economía, la sociedad, la política o la cultura? ¿Por qué nos conformamos con la situación generalizada y la aceptamos con resignación la más de las veces? ¿Por qué admitimos la postergación del equilibrio social y económico, en especial, entre la pobrería más espantosa?
La sugerencia apunta a pensar que es por complicidad con los mensajes que recibimos todos los días a través de los medios de comunicación, de las instituciones, la iglesia, la escuela y las redes sociales. Hay que aclarar que la relación, no es sólo es de complicidad con los mensajes que nos llegan, allí también hay réplica y también hay resistencia. Esa es una de las apuestas dadas en un clásico de las ciencias sociales como es De los medios a las mediaciones de Jesús Martín Barbero.
Complicidad, réplica y resistencia: todo eso actúa junto. Complicidad porque se trata de una colaboración colectiva con los mensajes para extraerles el sentido, comprender lo que nos quieren decir y apropiarnos de sus esquemas, sus estereotipos, sus mitos, sus moralejas y enseñanzas. Réplica porque los mensajes nos ofrecen formas de identidad que tendemos a adoptar y a adaptar a nuestras vidas, con la idea de parecernos a ciertos patrones, perfiles o modelos. Y resistencia, porque también, podemos ser críticos con los mensajes que nos llegan. Intuimos la trampa y el engaño, dudamos, a veces no tragamos entero. Tenemos capacidad para darnos cuenta de cómo son las cosas, aunque quizás ello ocurra lentamente o demasiado tarde o sencillamente nos intimidamos, nos da miedo e impotencia. Precisamente son los actos populares de resistencia los que aparecen mal parados en la agenda de los medios, tanto es así, que la palabra “terrorismo” se convirtió en el estigma contemporáneo para criminalizar la protesta social. De tal manera, pues, que aparece la resistencia silenciosa o también la micro – resistencia. Tener un solo televisor para todos en casa, por ejemplo, puede ayudar reorientar la relación y visión de las cosas en el ámbito familiar. Quizás, también, ayuda desconfiar de la invitación a actualizar el consumo de manera permanente e incesante: ¿Qué bolsillo o capacidad de deuda aguanta semejante ritmo de oferta de todo tipo de mercancías, productos y servicios? ¿Cómo nos va arreglar la vida la última versión de un teléfono inteligente, si aún no hemos sacado el jugo a la primera versión?
En los últimos cinco años he estado metido en una investigación cultural para conocer cómo los cartageneros iletrados entre 1936 y 1957, se apropiaron de la modernidad y sus manifestaciones, es decir, todo aquello que llegó cuando el dinero apareció en Colombia.
Aquellos iletrados vivían en la pobreza más terrible que cualquiera pueda imaginar y el cine mexicano en su época de oro era su única actividad de alivio al agobio cotidiano, porque tanto dolor ajeno –que se relataba en las películas- aliviaba al propio. Además, aquel cine, alimentaba la ilusión de que algún día –podría ser, a lo mejor- las cosas iban a cambiar para bien.
Estaba contando estas ideas a mi amigo Leopoldo Soto, un periodista mexicano, cuando de repente me señaló con su dedo el inmenso mural que está en la fachada del Teatro Insurgentes en la Ciudad de México. En 1950 le encargaron a Diego Rivera la confección de un mural que contara la historia del teatro en México, de hecho, así se llama la obra. Y, allí, hay un episodio donde aparece Mario Moreno “Cantinflas” ocupando un lugar central, con sus manos extendidas. En una mano recibe dinero de los ricos y con la otra mano se lo da a los pobres. Allí me di cuenta que Rivera resolvió magistralmente la pregunta formulada al principio de este texto: Aprendemos a ser pobres a través del cine y sus estereotipos, sus soluciones melodramáticas, de sus mitos, sus lágrimas y sus risas.
“Cantinflas” fue una oferta importante en los estilos de ser pobre según no tomarse nada en serio, su palabrería, su indumentaria. Un antecedente importante fue el personaje de “Charlot” del actor Charles Chaplin. Ejemplo actual fueron los personajes de Jaime Garzón, el embolador especialmente. El desafío es identificar las técnicas de apaciguamiento frente a tanta injusticia que acontece ante nuestros ojos. Y básicamente son dos. Uno. Mantener vigente los mitos mediante nuevas formas, modas, estilos de vida, sensibilidades, costumbres. Dos. Hacernos creer que podemos alcanzarlo todo, algún día. Mientras tanto la realidad es la misma: jodidos pero felices.
ricardo_chica@hotmail.com
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