Don Dionisio Jiménez, el urbanizador de Manga, ni en su peor pesadilla llegó a soñar el estado en que se encontraría el barrio un siglo después de iniciado su desarrollo. Dicen los vecinos del cementerio que en las noches silenciosas se escuchan lamentos y quejidos de alguien que se revuelve apesadumbrado en su tumba y pugna por salir.
No está confirmado que sea el señor Jiménez, pero hay muchas posibilidades de que lo sea. Desde cerca de 30 años Manga ha sido sometido a procesos de ocupación de su territorio por actividades de todo género que han desfigurado por completo su condición de barrio residencial como fue concebido.
Los ataques más fuertes provienen de los constructores ambiciosos que sin ninguna sensibilidad espacial se han dado a la tarea de demoler las viejas casonas, talar los vetustos árboles frutales de sus solares y levantar edificios de apartamentos, sin modificar la capacidad vial ni la infraestructura de servicios públicos. En la medida que se han ido apreciando más las ventajas comparativas del barrio en el contexto de la ciudad por su excelente ubicación, las facilidades de conectividad y el rico entorno paisajístico, la apetencia por localizar en él diversas actividades ha aumentado.
El proceso de crecimiento está en aumento, y a los edificios residenciales se sumaron otras de comercio y servicios. En los últimos tiempos han aparecido bancos, pequeñas clínicas, almacenes de ropa y calzado, papelerías, restaurantes, heladerías, emisoras radiales, panaderías, salones de belleza, colegios, universidades, tiendas de cachacos y proliferan los comederos con sus sillas plásticas y toldas ocupando los antejardines. Casi todos con una característica en común: Muy pocos o ningún estacionamiento para la atención de su clientela. De golpe el barrio asumió el nuevo papel urbano. Se convirtió en destino de ciudadanos que acuden por miles a satisfacer sus necesidades e servicio; con ellos cientos de cuidadores de carros, limosneros, recicladores, locos y no tan locos. En fin, la marea de la población flotante que ha apabullado a los moradores tradicionales que perplejos asisten a la película de terror en la que su otrora barrio tradicional se degrada lentamente. Adiós tranquilidad, adiós caras conocidas, adiós a las tres o cuatro chivas de transporte público. Bienvenidos los ruidos de toda índole, las caras anónimas, los atracos callejeros. Bienvenidas las busetas con su proverbial pitadera y los sparrings que te quieren montar a la fuerza. Bienvenidos las moto-taxistas.
Manga dejó de ser el rincón solariego que soñó Dionisio Jiménez, en el que las familias más pudientes de la ciudad construyeron sus casas para disfrutar de sombreados jardines, ver a sus hijos jugar en los amplios patios y disfrutar de la calidad de vida que el Centro Histórico les negaba, para convertirse en un apretado territorio donde en cada cuadra hay un multifamiliar en altura con cientos de apartamentos, habitado por gente que no se conoce entre sí, con calles llenas de vehículos estacionados día y noche, sin áreas recreativas ni espacios públicos acordes a su población. Se ha convertido en Mangatan. Ridícula caricatura del emblemático barrio neoyorquino.


