Se trata del mural Amanecer en los Andes, un gigantesco acrílico sobre lienzo de una dimensión de 400 x 500 cms, que da la bienvenida en el Hall de Delegados de las Naciones Unidas. Solo los apasionados serán los primogénitos de este mundo, dijo alguna vez el poeta José Martí. Y María Paulina, a la que todos conocen cariñosamente en Cartagena como Pun Pun, es protagonista de esta historia. Ella fue directora del Instituto de Cultura y Turismo de Bogotá bajo el gobierno de Turbay y la alcaldía de Hernando Durán Dussán, y durante su vertiginosa y ejemplar gestión remodeló la Media Torta y propició espectáculos culturales gratuitos para treinta mil personas, cumpliendo el decreto 974 de Virgilio Barco, por el cual todos los artistas extranjeros debían presentarse gratuitamente en la Media Torta, ese escenario concebido por Jorge Eliécer Gaitán cuando fue alcalde. Fue ella quien le propuso a la artista Olga de Amaral hacer el telón del Teatro Jorge Eliécer Gaitán, diseñar la silletería y gestionar equipos de sonidos con la Embajada del Japón, al igual que impulsar escuelas de teatro, ballet, títeres y escuelas de ajedrez en la comunidad infantil de Bogotá. Toda esa intensa y deslumbrante misión como gestora y funcionaria de la cultura le merecieron la Cruz de Boyacá. Y luego, un cargo diplomático como Primer Secretario de Colombia ante la ONU.
Al llegar a Nueva York con su esposo Byron López, pudo descubrir al poco tiempo que en los treinta y ocho pisos de las Naciones Unidas, había señales del arte del continente: pinturas de artistas como Cándido Portinari, de Brasil; Oswaldo Guayasamín, del Ecuador; Fernando de Szyszlo del Perú, para citar tres de ellos, pero no había ningún artista de Colombia. Se le ocurrió solicitar una cita con Pérez de Cuéllar, Secretario General de las Naciones Unidas, y su Sub Secretario Diego Cordobés. Tocó puertas y diligenció la cita para proponer el mural de Colombia en las Naciones Unidas. Aprovechó la visita del presidente Turbay a Nueva York y se le ocurrió inventarse una fiesta para el presidente en su casa, con ciento cincuenta invitados, entre ellos, Pérez de Cuéllar, que no había tratado personalmente. Un día lo vio entrar al ascensor y entró con él. Éra el momento. Lo que tendría que decirle se cumpliría en esos 38 pisos. Pero la propuesta requería del protocolo diplomático de la que ella es experta y de la fluidez contundente con que una mujer dinámica de treinta y dos años, en ese entonces, se le había ocurrido una de las iniciativas culturales que ha abierto una ventana a Colombia ante el mundo. María Paulina le dijo a Pérez Cuéllar que era insólito que no existiera ninguna representación de artista colombiano en las Naciones Unidas. Luego de la fiesta en su casa y de un segundo encuentro, Pérez de Cuéllar la invitó a su despacho. Los nombres que se plantearon en el diálogo fueron Fernando Botero y Alejandro Obregón. En la primera solicitud, Botero no se interesó en la propuestal. “Como buen antioqueño preguntó cuánto le iban a pagar por el mural”, respuesta distinta a la de su amigo Alejandro Obregón que se entusiasmó de inmediato. Y empezó bosquejar el mural. Cuando Alejandro Obregón vino a casa, fuimos a ver la sede de las Naciones Unidas, y dijo al entrar al descubrir el espacio: “¡Esa es mi pared!”. La única condición que pidió era que le dejaran el hall. Y cuando Pérez de Cuéllar lo supo le dijo que esa pared siempre estuvo reservada a Picasso y a Georges Braque. Y Obregón exclamó: ¡Pero sí ellos ya están muertos! Le dejaron la pared que da la bienvenida. Vivió seis meses en mi casa y cada amanecer veíamos el nacimiento de esta enorme maravilla que es su mural Amanecer en Los Andes, del que hizo muchos bocetos. La cancillería asumió los pasajes, la estada y los materiales que requirió el artista. Obregón no cobró un solo centavo. Lo inauguró el presidente Belisario Betancur”.
Alejandro Obregón tenía 53 años. El mural fue un acontecimiento en su vida artística a nivel mundial.
El presidente Belisario Betancur dijo al inaugurar el mural: “Queremos, a manera de contraprestación, que cada vez que alguien mire esta pintura, piense en Colombia; piense en que nuestro país tiene artistas capaces de inventar cosas bellas, de hacer perdurar emociones y, robándole el título al cuadro de Obregón, de producir creadores capaces de ayudar a que todos los días haya un nuevo amanecer, no solo en los Andes, sino en toda América Latina: un amanecer de paz y de justicia”.
María Paulina ha salvado de sus recuerdos esta foto inolvidable en la que aparece abrazado con el artista junto a la obra, y esta noche de apertura del mural en compañía de sus hijos Silvana, Rodrigo y Mateo.
Obregón hizo esta maravilla en nueve meses. No solo Los Andes vibran allí en amarillos y naranjas alucinantes, también el Caribe con sus verdes y azules más intensos. Es un antídoto visual y emocional para intentar ser una mejor criatura en un paraíso amenazado.



