Tres años largos por los laberintos kafkianos de Paloquemao, trajeada como para funeral, con un rictus histriónico de duelo y esas lágrimas salobres empozadas en sus ojos bellos.
Lloró a mares desde su banquillo entre custodios, testigos y severos magistrados de toga, y maldijo la hora en que se le atravesó en el bosque pueril de sus sueños un caballero galante que le prometió hacerse rica con dineros ajenos.
La reinita cándida, deslumbrada ante las caras garantías de su consorte promesero, montó en las ancas de su cabalgadura y se dejó llevar hasta donde los llevara el viento. Y en ese tránsito iluso, con su Campeador sin recelo, se fue de bruces contra las piedras, se aporreó y embargada de dolor y engaño, odió por primera vez mientras blasfemaba y arañaba el suelo. Caída la guapa, el jinete emprendió vuelo.
"La belleza es muy fácil de engañar", dice Óscar Wilde en su ‘Retrato de Dorian Gray’ y está máxima vino a recaer, muchos años después, como una espina envenenada en el ingenuo corazón de Valerie, por culpa de la dádivas terrenales de un príncipe intruso y maquiavélico.
¿Inocente?, ¿hasta dónde da para estirar la fórmula kafkiana? Sólo ella lo sabe en los hondos y lastimados recovecos de su conciencia, cuando el amor, ¿será el amor?, llega a extremos tan ciegos como para firmar un documento que no ha tenido una lectura previa, por más letra pequeña, que no es otra que la caligrafía de los grandes enredos.
Aún con su alivio de luto en su naricilla real, Valerie sabe que el novelón continúa, cuando el Fiscal de turno ha anunciado apelar el proceso. Domínguez tendrá que sacar lo mejor de su histrión para sostenerlo.
Y en este folletín, como mentaban los abuelos, no se sabe quien lleva la peor carga: si el que peca por la paga o el que paga por pecar.
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