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Recto,  empinado  y  magnífico,  ha  caído  Braulio  Henao  Blanco  bajo  el  llameante soplo de la violencia. La fuerza de sus ideas, de sus convicciones ideológicas, de su palabra relumbrante, hicieron de su voz una clarinada que estremecía las consignas arbitrarias.  Desde  el  momento  en  que  la  tierra  de  la  patria  empezó  a  sentir  en  su vientre las raíces desacostumbradas del odio, de la persecución y la muerte, Braulio Henao Blanco salió a la calle con sus lámparas encendidas  a esperar el tormentoso arribo de la niebla.
Ahora, sobre este sitio que sintió en las espaldas el crecimiento de su reciedumbre, ha caído con los brazos tumbados y con la mirada vuelta hacia la gloria. En la misma ciudad  donde  edificó  sus  barricadas  de  justicia,  donde  sus  palabras  aceradas defendieron  a  golpes  de  claridad  la  recia  anatomía  de  la  democracia,  aquí  cayó  su cuerpo derrumbado y se levantó su último grito como una llamarada profética. Sobre sus párpados han empezado a crecer las violetas del espanto, pero en su vientre hay otra violeta de plomo que busca, en la sombra de la noche perpetua, el rumbo de su estatua.
En  la  turbia  comarca  de  la  muerte  lo  veo  adiestrando  sus  pájaros  clarificados. Tiene  la  voz  desatada  y  transfigurada  del  continente.  El  viento  del  eterno  norte sacude  sus  cabellos  eternizados.  Un  aire  frío,  helado  por  el  soplo  continuo  de  la muerte, golpea con puños metálicos su rostro inquebrantable. Está  acaudillando sus ejércitos,  ordenando  sus  legiones  agrarias,  unido  al  grupo  de  los  libertadores  que claman justicia, que piden paz, concordia y comprensión, para que no desaparezcan los hombres de buena voluntad.
Su  nombre  tiene  ahora  sabor  de  piedra.  Braulio  Henao  Blanco,  ciudadano  de  la eternidad.

Gabriel García Márquez, escritor colombiano
Gabriel García Márquez, escritor colombiano
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